Luis Herrera Campins
Escrito por Edgardo Mondolfi Guidat   

altEn medio de sus apre ios a l frente de la Mesa de la Unidad Democrática, Ramón Guillermo Aveledo ha encontrado una esquina de tiempo para obsequiarnos una espléndida y bien trabajada biografía de Luis Herrera Campins, editada por la Biblioteca Biográfica Venezolana.



Dada su relación tan estrecha y personal con el ex presidente y dirigente de Copei, se trata de una deuda que Aveledo no quiso dejar librada al olvido. 

El motivo se explica, pues, en estas pocas palabras; sobre lo que en cambio conviene decir algo más es sobre las cualidades en las que el autor detiene su mirada al revisar la hoja de vida de Luis Herrera Campins. 

Curiosamente, a lo que menos quiso dedicarle espacios y palabras es al quinquenio de gobierno presidido por el llanero entre 1979 y 1983. 



Punto interesante si se quiere, puesto que lo difícil, en el caso de los políticos, es no hablar de otra cosa que no sea de sus afanes por alcanzar el poder. 

Pienso que mucho de esta percepción se corresponde a las intenciones del biógrafo, quien ha querido poner de bulto otras facetas menos conocidas. De éstas, salta a la vista una particularmente atractiva: la del temible polemista que incursionó con fuerza en el mundo de la prensa. 



Esa vocación periodística de Luis Herrera Campins, que lo llevó a estrenarse temprano en los diarios de su adoptiva Barquisimeto, lo convertiría, con el tiempo, en acerado columnista en periódicos de circulación nacional y, también, en terco conductor de diversos órganos de prensa partidista. Pero, además, fue como articulista que sobrellevó parte de su forzada residencia en el exilio, colaborando en diarios tan prestigiosos como El Espectador de Colombia y el Excelsior de México. 

Es justa mente sobre su exilio donde el biógrafo explora una intensa actividad que, hasta ahora, reclamaba mayor atención a la hora de abordar la trayectoria del ex presidente venezolano Luis Herrera Campins.



El capítulo en cuestión da buena cuenta de lo que significó la más importante iniciativa de los dirigentes copeyanos en el destierro: el Triángulo Informativo Europa-Las Américas (Tiela), a través del cual Herrera se mantenía ocupado en evitar que el desaliento y la derrota le ganaran la carrera a los cientos de exiliados de la dictadura perezjimenista. Por ejemplo, desde su propio destierro en Nueva York, el propio ex presidente Rómulo Betancourt se confesaría lector asiduo de Tiela. 

Obviamente, la biografía afinca un peso importante pero no avasallante en el gobierno presidido por Luis Herrera Campins. 

Ramón Guillermo Aveledo habla en este caso sin hacer concesiones innecesarias, permitiéndose incluso algunas inf lexiones bastante críticas. 



Pero, como es natural, no deja de detenerse en detalles que desmienten que se tratara de una gestión improvisada, o que en su ejercicio Luis Herrera Campins no se dedicara con esmero al desarrollo de regiones que, como el Oriente venezolano, fueron siempre poco hospitalarias a la prédica copeyana.



Como he dicho, al político lo único que casi siempre le importa es el poder; a Luis Herrera Campins, en cambio, le importaba ­y mucho- construir una pedagogía política desde los predios de la sensibilidad y el intelecto. Por algo se distinguió siempre entre la camada.

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