De la estética de la molicie
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 14 de Junio de 2021 00:00

altA finales de 2016, hicimos referencia a la tardía lectura de “La ética de la crueldad” del estupendo narrador

español Jose Ovejero, intentando una explicación de la conducta oficialista. Concluimos, por entonces, en la importancia de escarmentar oda inconformidad, forzando una normalidad que nunca fue tal, por lo que luce de interés un par de precisiones.  

De un lado, hay una ética que es propia y excluyente de las camarillas del poder, como no la perfeccionaron las más antiguas que saquearon el erario público, obligadas a acordarla de un modo u otro para sobrevivir en la faena. Constantemente actualizado el código de conducta, hoy dirimen sus diferencias por una suerte de arbitraje de las instancias superiores, apelan a la vía jurisdiccional para medir fuerza en la burocracia del Estado que sólo allí procurará impartir justicia, o se resignan a las consecuencias de una expulsión y persecución implacable.

En constante pugna que cuida de no rozar el ámbito político para asegurar la rentabilidad del esfuerzo, conjeturamos, surgen desavenencias que los jerarcas despacharán como un asunto gerencial, en cada área o actividad deplegada; y, de agudizarse,  concurrirán ante un juez que se esmerará en dictar una decisión ajustada a derecho, porque – subrayemos – lo hay sólo entre quienes concursan directa e indirectamente el poder, negado para el resto de la población. Ésta ha de resignarse a las arbitrariedades que la mortifican, en el terreno de una inseguridad jurídica que le dará alcance a las individualidades desertoras de las mafias establecidas de no huir a tiempo del país para cosechar lo sembrado en los paraísos fiscales. 

Del otro lado, obviamente, esa ética de preservación y desarrollo de las mafias es ajena al resto de los mortales que solo ha de entenderse en una completa relación de sojuzgamiento y humillación. Y, en la molicie,   sólo le cabe la vana ilusión de las consignas disparatadas y contradictorias, diligenciando todas las prebendas posibles, pues, ocurriendo lo contrario, asomando la más tímida disidencia, resultará castigada.

Por ello, la estética de la crueldad y del escarmiento,  aún para los vanguardistas del alacranato, ya que, por muy entendido o sobrentendido que sea el papel teatral acordado, pueden recibir el público, duro y aleccionador latigazo de la advertencia perfectamente materializable, como le ha ocurrido a Enrique Márquez, vicepresidente del ilegítimo organismo electoral. No obstante, confundiendo a la  opinión pública, suscita políticamente alguna compasión, intentando adivinarlo como un hábil estratega. Valga la coletilla y salvando las distancias, lejos de todo ataque personal, como Ovejero comenta respecto a la fascinación de Norman Mailer por Jack H. Abbott, en su ensayo “Escritores delincuentes” (Alfaguara, 2011).

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Última actualización el Domingo, 13 de Junio de 2021 06:49
 
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