Historia e infundio
Escrito por Dr. Ángel R. Lombardi | @lombardiboscan   

altLos historiadores somos propensos a los delitos de la imaginación. Lo que no sabemos, terminamos por inventarlo, y lo poco que llegamos a hurgar de un pasado remoto, al que sólo se accede a través de evidencia aleatoria, lo terminamos de explicar a través de una lógica básicamente subjetiva. En suma, los recuerdos no necesariamente reflejan los acontecimientos ya ocurridos. El relato sobre fundamentos fantasiosos, épicos y míticos representa el auténtico tejido de la historiografía, aquí, y en cualquier otra latitud. El disparate histórico cuenta, y mucho.

La única manera de evitar éste incordio, ésta astucia tramposa, es remitirnos a la integridad profesional de quienes escriben la Historia, y aún así, la “verdad histórica” es una mueca. Mientras más versiones contrapuestas sobre un mismo hecho histórico (aunque ciertamente de autores competentes), que uno pueda estudiar, mejor.

La historiografía es un campo de batalla de la propaganda de los Estados, de los Partidos y de las Empresas. Vinculada al Poder es una moral y cívica aséptica y sin utilidad, ya que no inspira prácticamente a nada, salvo el hecho de producir rebaños dóciles y sumisos al poder de turno y al status quo.

Las posibilidades de la Historia y las Ciencias Sociales se encuentran en lo fundamental en los ámbitos de la duda metódica y el pensamiento crítico. Aprender a pensar por cuenta propia y beber en los pozos fecundos de lo mejor de la literatura universal en un sentido amplio, representa todo un reto, y un ambicioso, como provechoso programa para nuestros escolares. El acercamiento al cine artístico y de calidad es un magnifico complemento para recuperar el pasado de una forma grafica y atractiva. Lo cierto del caso, es que los límites que se tienen acerca del estudio de la Historia, son insospechados y amplios.

Metodológicamente la clave es preguntar, más que contestar. Dudar de todo y explorarlo todo a través de una curiosidad humanística tanto intensa como constante. La Historia debe enseñarse bajo el signo de la incertidumbre, bajo la más desconcertante sospecha de lo que se nos presenta termina siendo una media verdad, sólo una opinión. Los historiadores buenos son los que explican el pasado a través de recursos interpretativos convincentes, lo que no significa, que sean veraces.

España toda se emociona con la gesta del Cid Campeador, quien supo arrear, después de la muerte, a su fiel Babieca matando infieles; a Hitler sus enemigos le estigmatizaron bajo la acusación de impotente sexual por la imaginaria premisa de ser portador de un solo testículo; al pobre Colón, de Genovés, ha pasado a nacer en tantos lugares de España que hoy su nacionalidad es un enigma. El glorioso western de los americanos encubre el más brutal despojo y asalto sobre los pueblos indígenas propios. En nuestra “Venezuela Heroica” no hay espacios para la épica de parte de quienes apoyaron la causa del Rey. En fin, el poder del símbolo y de la metáfora por encima de las realidades.

La Historia es la mejor ficción, o como mentira encuadernada, termina siendo literatura dura y pura, aunque nuestros “profesionales en el oficio” repudien éstas afirmaciones que menoscaban un prestigio trasnochado fundado en las convenciones académicas. Es por ello que la buena historia es la que está mejor escrita, entretiene y sabe realizar las adecuadas conexiones entre un pasado que se disipó y un presente latente y vivo.


Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ


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