La hora de picar trozos pequeños
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | @perezlopresti   
Martes, 24 de Agosto de 2021 00:00

altHace unos años que migré de Venezuela. En general, la experiencia ha sido para bien.

Pude darles mejores oportunidades a personas amadas, me vinculé con otros ámbitos y sus espectros circundantes, pude satisfacer necesidades propias de quien se explaya en cultivar el placer de vivir y por encima de cualquier cosa, he reformulado una y más veces la esencia del arte de existir. A veces, en las noches del sur, mi esposa me pregunta qué saco de conclusión de cada vivencia en otras latitudes y la respuesta se estrella una y otra vez con sus expectativas: “-Nada que no supiera”. Cuando miro hacia atrás solo veo una eterna repetición de lugares comunes y de ingenio, para poderlos hacer trascendentes. En eso más o menos se nos va el tiempo, en la reformulación de experiencias propias de la cotidianidad. 


La carne crudita 

Hay cortes de carne que sería una herejía cocinar, como el hígado de cordero. Estaba recordando esa exquisita carne mientras pensaba que sería una monofonía al infinito si no ocurriesen dos cosas: El cambio de los espacios y la inexorable dimensión del tiempo. En eso más o menos estaba elucubrando, cuando rodeado de mis más cercanos con sus virtudes y con un asado de palanca uruguaya con Corona (la cerveza, no el virus), se me pasó por la cabeza comerme la carne totalmente cruda. No tendría nada de especial excepto que no había probado ese corte de los legendarios vacunos del país suramericano. La cosa es que la dejé cruda y gruesa y cuando con hambre acumulada por los trajines de la jornada, corté un trozo tan ancho como crudo que casi ni mastiqué, el mismo se fue lenta y reposadamente a alojar en la mitad del lugar donde confluye el aire a mis pulmones. Fue una atragantada inédita y reveladora. Inédita porque jamás en mi vida me había atorado comiendo y reveladora porque casi muero. 


Muerte natural 

Hubiese sido una buena manera de morir: Comiendo. Tal vez así le ocurrió a Epicuro en El Jardín, mientras se bañaba en “la piscina”, rodeado de dilectos amigos y seguidores de sus ideas. Lo cierto es que desde hace muchos años cultivo dos disciplinas que me previenen de situaciones impredecibles: 1. El subir cerros. 2. El aguantar la mayor cantidad de tiempo sin respirar bajo el agua. De mi primera afición me quedó una buena condición cardiovascular y una artrosis severa de rodilla por la cual cojeo. De la segunda afición no tenía idea en qué me podía servir. Lo cierto es que eso de andar aguantando el aliento bajo el agua es de extrema utilidad. De hecho, lo voy a seguir cultivando como una disciplina que practicaré a diario. Con el pedazo de carne atravesado en la garganta, recordé mi récord cuando aguanto la respiración, así que el primer minuto pasó sin parame de la mesa. Traté de bajar el trozo con el peso de la gravedad de un buen buche de cerveza y la regurgitación fue inminente, lo cual provocó que quienes comían conmigo literalmente se paralizaban porque se daban cuenta que no estaba respirando y el color de mi rostro había cambiado. Para calmar a mis acompañantes me puse de pie y les hice un gesto de tranquilidad con la mano. Los segundos se hacían una eternidad y el nerviosismo colectivo no iba a más porque yo estaba sereno. “-¿Necesitas que te haga la maniobra de Heimlich.” Me preguntó con mucho respeto y cara de espanto una sobrina que estudia medicina, a lo que le respondí con una ligera negativa. Los segundos iban sumando. 


Resucitación natural 

En muchas ocasiones intentamos aliviar la carga y nos sumergimos en un montón de fantasías para sobrellevar el peso de nuestra existencia: Que si la fantasía de si hubiésemos tomado otras decisiones nuestras vidas serían mejores, que si hubiésemos migrado al norte y no al sur el asunto sería distinto; que si acá la cosa no está bien y allá está mejor. En cuestiones como esas se les va el pensamiento a muchos, como voces vacuas que parasitan mentes. ¡Yo solo quería volver a respirar! Me parecía que el trozo de palanca uruguaya estaba atascado, así que, en un alarde de concentración y autoconocimiento de mi digestión, me concentré para realizar una serie de movimientos que llevasen el trozo de carne al estómago usando la fuerza de mi garganta y mi esófago. En ese momento sabía que no contaba con tanto tiempo, así que la concentración necesariamente fue total, luego de pasearme por la posibilidad de practicarme a mí mismo una traqueotomía. El pedazo fue bajando lenta y muy dolorosamente por toda la longitud del esófago hasta que sentí que llegó al estómago. Aspiré la bocanada de aire más larga que he dado en mi vida y la tranquilidad inundó los espacios en los que me encontraba. Un largo, larguísimo trago de Corona corroboró que por lo menos me había elongado (o roto) las fibras de la parte de arriba de mi aparato digestivo, el color de la vida me volvió al rostro y el susto se fue disipando entre quienes me acompañaban. Abrazos, aplausos y besos me inundaron. Otra vez estaba vivo. 

 

 


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