Mensaje con destino al desarrollo
Escrito por Santiago Quintero   
Jueves, 10 de Diciembre de 2009 07:28

altUno de los patriarcas de la decencia y la docencia pública en nuestro país, sin duda fue Don Mario Briceño Iragorry. A lo largo de nuestra historia de aula y de nuestra historia de calle, en muy contadas ocasiones hemos podido ser testigos de una querencia tan arraigada con su patria en el corazón de un venezolano como ocurrió sin duda en este trujillano ejemplar, un venezolano sin par, de esos cuya voz retumba en los libros con una resonancia tal, que sus ecos exceden en mucho nuestra miope visión colectiva para fijar un rumbo de país que en él fue tan claro.

¿Por qué no se lee a Mario Briceño Iragorry en nuestras escuelas, en nuestros liceos, en nuestras universidades? ¿Por qué es tan fácil en nuestra nación olvidar a este maestro que dedicó su vida a investigar sobre nuestra nacionalidad, su origen, su geografía, su identidad, su pasado, su presente y su futuro? Si su literatura es un portento de manantial de nueva vida para el espíritu joven de nuestra nación, ¿Por qué le negamos al venezolano desde muy joven la lectura vital de este excelente ensayista del país, que exploró en maravillosa síntesis los colores de nuestro espíritu como nación?

Los grandes árboles, como sin duda él lo fue, aspiran que bajo su generosa copa puedan encontrar un fructífero hogar el pensamiento, las ideas, los sentimientos, el amor a la patria a través del bienestar de los connacionales. Su fronda creó, al unirse a la de otros prohombres colocados como él en el umbral de la palabra transformadora, el ambiente requerido para que las generaciones futuras despegaran. Esos árboles que conversaban con ese Mario lleno de talento descriptivo eran Mariano Picón Salas, Antonio Ramos Sucre, Caracciolo Parra León, Lisandro Alvarado, Diego Carbonell, Jacinto Fombona Pachano. La juventud bullía, pedía su voz y el voto de su acción porque soñaba con el milagro benefactor de las luces que construían.

Sin embargo, algo pasó. Mientras Stalin quemaba en la oscuridad pasional del poder ególatra los sueños heroicos de la Joven Guardia de Fadeiev y Hitler hacía cenizas el nacionalismo llenándolo de odio y rencor, el joven Briceño construía en palabras lo que hacía falta sin destruir lo que había, sino antes bien, dándole un piso a lo afirmativo venezolano, a pesar de la enorme confusión que resultó de la diáspora de la juventud creyente en las ideas inocentes. Encontró Briceño la historia no contada, esa colonia de trescientos años que se negaba secularmente pero que estaba en el fondo del asunto por abordar. Briceño enfocaba tanto el hombre como su circunstancia, a la manera de Ortega, procurando dejar una orientación en el rumbo de la embarcación nacional, propensa a naufragar en una época de tanto desvarío universal.

Luego de la hecatombe de la Segunda Guerra, pisando el primer año de la segunda mitad del siglo XX, el posmodernista Mario Briceño escribe aquel templo de juramentos bien intencionados que llamó “Mensaje sin Destino”, para que fuera tomado por las manos jóvenes que crecieran con sus nuevas plumas y lo rodearan en aquel parque de sombras arbóreas magníficas donde se sembraban luces. Qué bueno sería que alguien plantara sus semillas antidespóticas para plenar de libertad y conocimiento el desarrollo de Venezuela, “por la Ciudad hacia el Mundo”, como fue su último mensaje con destino.

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