| Una reflexión sobre “La rebelión de los naúfragos, de Martha Rivero |
| Escrito por Gustavo Coronel |
| Jueves, 06 de Enero de 2011 19:12 |
Mientras leía la interesante obra de Martha Rivero, “La rebelión de los naúfragos”, título tomado del discurso de despedida de Carlos Andrés Pérez al tener que abandonar su segunda presidencia, sentía una extraña mezcla de incomprensión y de indignación
“…debe haber una larga lista de gente que por acción u omisión contribuyó a una situación que terminó tumbando a Pérez…” Moisés Naím, página 129 de “La rebelión de los naúfragos”. Mientras leía la interesante obra de Martha Rivero, “La rebelión de los naúfragos”, título tomado del discurso de despedida de Carlos Andrés Pérez al tener que abandonar su segunda presidencia, sentía una extraña mezcla de incomprensión y de indignación. Incomprensión porque mucho de lo que leía era nuevo para mí y evidenciaba que yo tenía una laguna significativa sobre esta etapa política de la vida nacional, a pesar de su indudable importancia. Indignación, porque en las páginas de la obra de Rivero se describe una sociedad muy mediocre, llena de intereses mezquinos provenientes de muchos sectores de la vida nacional y hasta de una posible actitud poco loable de personas quienes siempre han sido objeto de mi endiosamiento, como Arturo Uslar Pietri. El libro me llenó de un deseo de revisar, (1), que diablos andaba haciendo yo en esa época y si había sido yo uno de los naúfragos a quienes se refirió CAP II en su discurso; (2), cual es la verdad sobre esa etapa de la vida nacional representada por el gobierno de CAP II, y (3), cual fue la responsabilidad de íconos nacionales como Arturo Uslar Pietri en la conspiración que aparentemente existió para sacar a CAP de la presidencia. I. Que diablos estaba haciendo yo en esa época? Fuí acaso uno de los naúfragos de quienes CAP II habló en su último discurso? Lo primero que debo decir sobre el libro de Rivero es que me hizo ver esa época bajo una luz muy diferente a la que yo recordaba. Tanto así, que me obligó a tratar de reconstruír mis actitudes durante esos años. Para ello me dí a la taresa de revisar los centenares de artículos que publiqué en ese período en El Nacional y, especialmente, en El Diario de Caracas. Aprovechando los días postreros de 2010 los examiné rapidamente, sobre todo porque un amigo mío por quien tengo especial admiración y afecto, me había reprochado haber sido muy duro con CAP, de haberlo fustigado injustamente argumentando la corrupción durante sus dos presidencias, sin reconocerle suficientemente sus cualidades. En primer lugar, debo decir que el examen de mis artículos me tranquilizó enormemente. Un buen noventa por ciento está enteramente dedicado a temas petroleros, en especial la defensa de PDVSA, o a temas comunitarios, como presidente que fuí de una organización llamada Agrupación Pro-Calidad de Vida, la cual se dedicó a Educación Ciudadana y a la prédica contra la corrupción por diez años, entre 1990 y 2000. En estos centenares de artículos hay una soprendente carencia de artículos de naturaleza puramente política. Hay pocas menciones de CAP como tal y bastantes menciones sobre el gobierno de CAP II de naturaleza tangencial y casi siempre positivas, en espoecial sobre sus deseos de modernizar la administración pública y sobre su uso de jovenes tecnócratas brillantes y no contaminados de la pequeñez del sector político. Sin embargo, debo admitir que, como presidente de Pro Calidad de Vida, hablé mucho sobre corrupción y, al hacerlo, incluí al entorno de CAP II en mis comentarios críticos, con nombre y apellido. Algunos de mis artículos hablaban de Gardenia Marínez, José Angel Ciliberto, Omar Camero, Orlando García, del Banco de los Trabajadores, de Antonio Ríos y de Eleazar Pinto, de la Sra. Cecilia Matos y su esfera de influencia, en tono bastante condenatorio. Casi nunca aludí directamente a Pérez, excepto para preguntarme porque un hombre tan osadamente modernizante y con rasgos de grandeza y de estadista podía co-existir con un entorno tan mezquino como ese. Más aún, en dos ocasiones me acerqué a su gobierno con ánimo de participar. La primera vez Pérez me invitó a su despacho y casi me nombró presidente del IVSS, ya que le dije que podía limpiar aquello. Sin embargo, alguien del sector sindical, alarmado por mi posible presencia fumigadora en aquél antro de corrupción, le pasó un artículo mío publicado en El Nacional en 1990, titulado “Regreso a un país andrajoso y promisor”. Después de leerlo y prestarle más atención a lo de andrajoso que a lo de promisor, decidió no nombrarme para el cargo. Luego, en Junio de 1992, si acepté la presidencia de un nuevo organismo llamado IDEC, el Instituto de Defensa y de Educación del Consumidor. Cuando Pérez me juramentó me preguntó porque había aceptado esta tarea y le había rechazado el Ministerio de Turismo y le respondí que esa si era una tarea donde pensaba que podía ser una buena labor. En eso duré apenas tres semanas, tiempo suficiente para convencerme de que el ministro de fomento del momento, Pedro Vallenilla, me había embarcado en una tragicómica aventura, en la cual hasta mis viajes al interior tuve que pagar con dinero de mi bolsillo, porque nunca recibí dinero, personal, oficina o teléfonos del gobierno. Esto lo digo, no para criticar a Vallenilla, quien posiblemente me nombró de buena fe, sino para abonar la tesis de que no fuí uno de los naúfragos en rebeldía sino un venezolano deseoso de ser útil, sin poder llegar a serlo. En efecto, hasta un artículo escribí en El Dirio de Caracas, el 13 de Septiembre de 1993, llamado: “El optimismo incondicional”, en el cual hice un recuento de todo lo bueno que teníamos, inclyendo la acción gubernamental de privatizaciones, de ajustes económicos, de PDVSA y de inversiones foráneas. Al final de ese artículo sugería que “estabamos dejando atrás el subdesarrollo” y que debíamos ver hacia adelante “con optimismo, confiando en nuestros líderes”. Es cierto que mi postura anti-corrupción, como parte de las actividades de Pro Calidad de Vida, me dió cierta fisonomía de opositor. En efecto, muchos de mis escritos hablaban de una corrupción sistémica en el país, de un tejido complejo de complicidades entre los partidos políticos, empresarios y algunos funcionarios del gobierno que no permitían al país echar adelante. Inclusive, hablé de lo que me parecía indecisión y debilidad por parte de CAP II para cortar definitivamente con ese mundo tenebroso. Llegué a publicar un artículo donde pedía que “el verdadero Carlos Andrés Pérez se pare, por favor”, hablando de su compleja personalidad repleta de contradicciones, entre lo sublime y lo ridículo. Más aún, debo reconocer que defendí mi versión personal de lo que ya se llamaba “la conspiración”. El 16 de octubre de 1992 publiqué un artículo en El Diario de Caracas, “Una conspiración transparente”, en el cual hablaba de la postura de algunas organizaciones de la sociedad civil, la cual era denunciada por Luis Herrera como “una conspiración contra los partidos políticos”. En ese artículo hablé de la educación como nuestra única industria básica (frase feliz de Diego Bautista Urbaneja) y de la necesidad de desagregar el “gran” problema venezolano en una serie de pequeños problemas capaces de ser solucionados uno a uno. Pedía, en contra de la tesis de Herrera, que el estado dejase de ser el tutor de la sociedad. El 23 de Julio de 1993, también en EDC, hablé en otro artículo de “Antipartidismo no, anti-corrupción sí”. Mucho después, el 6 de Mayo de 1994, en “A todo vapor hacia el ridículo” (EDC), fustigué al senador Juan José Caldera por “sus acusaciones de conspiradores contra Miguél Rodríguez, Moisés Naím, Gerver Torres y otros destacados ex-funcionarios del gobierno pasado”. Y agregué: “En el esquizofrénico entorno gubernamental de Carlos Andrés Pérez (II) estos jovenes tecnócratas formaron un valioso núcleo modernizante… cometieron errores… actuaron con impaciencia… pero bastantes de sus iniciativas nos han abierto el camino hacia el verdadero desarrollo. Los ataques que han sufrido nos dan asco”. En fin, este exámen introspectivo, basado en lo que dije e hice en esa etapa, me tranquiliza un tanto. No creo haber sido uno de los naúfragos que mencionó CAP II pero si fuí, alternativamente colaborador y opositor a su gobierno, por razones que creo de peso en cada momento. Si cometí errores de juicio no fue por tenerle inquina a CAP II. Al contrario, me acerqué a él lo más posible y en ocasiones fuí su opositor leal. Nada de conspiración. II. ¿cuál es la verdad sobre esta etapa de la vida nacional, esta presidencia de CAP II? |
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