Del niño que vino y se fue del mismo país
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 16 de Abril de 2018 00:37

altEl pasado martes 10 de los corrientes, fue un día duro y penoso.

Antes de acudir a la sesión parlamentaria e intentar que se debatiera la solicitud hecha por el legítimo Tribunal Supremo de Justicia para enjuiciar a Nicolás Maduro, acudimos a la funeraria del Hospital Militar para dar testimonio de solidaridad por el trágico deceso del menor hijo de una integrante del servicio médico del Palacio Legislativo.

Todavía incomprensible, el niño se ahorcó y, sobrepasando los límites de la póliza, sus familiares hicieron un extraordinario esfuerzo para sufragar los gastos del sepelio. Puede decirse, moderándonos con los detalles del doloroso caso, que el escolar vino y se marchó de un país que sus padres y muy numerosas generaciones atrás, jamás conocieron o sospecharon.

Después, coincidiendo con uno de los fotógrafos de la Asamblea Nacional, decimos caminar hacia el centro histórico de la ciudad para cumplir con nuestras obligaciones laborales, pues, fue imposible tomar el transporte público, el subterráneo o el de superficie, como ya es lógico en la trama urbana. Bajando por las instalaciones hospitalarias, nos detuvimos por un momento y logramos la gráfica de un mural relacionado con Chávez Frías, un poco más meritorio que el grafiterismo deliberado y masivo que él mismo ordenó, saturando todas los caseríos, pueblos y ciudades del hastío que el sucesor ha consagrado.

Ya en la avenida San Martín, un poco más delante del otrora INCE, aún enrejado el acceso de lo que supusimos una dependencia oficial, descubrimos otro mural en el que un niño – así es, un niño – repite el gesto violento y emblemático del socialismo del siglo XXI, con vestimenta militar y en trance de golpear con un puño la palma abierta de otra mano. Por más hipótesis que nos desbordaran silenciosamente en la funeraria, sintetizando una respuesta necesaria, es el país al que vino y del que prematuramente se fue el hijo de una abnegada enfermera que, faltando poco, ha sufrido los embates de la agresión oficialista en la sede parlamentaria.

Siempre nos inquietó ver los fragmentos de las estatuas de Antonio Guzmán Blanco, “El saludante” y “El manganzón”, en el Museo Boulton de la ciudad capital, pues, asegurábamos, debieron quedar en pie como recordatorio de su prolongado dominio en el siglo XIX, al igual que la reflexión suscitada por el inmediato desmantelamiento de las esculturas alusivas en la Rusia del derrumbe soviético, como lo ejemplifican algunas escenas de la película “Good Bye, Lenin!” de Wolfgang Becker (2003). Ahora, comprendemos a cabalidad la necesidad y la razón terapéuticas de borrar todo vestigio de las dictaduras que, al burlarse de sus víctimas, nunca dejaron de publicitarse, emplear una intensa y perversa pedagogía, y de profundizar en la pretendida  religiosidad de sus desmanes.

Mayoritariamente huérfanos de alguna novedad o mérito estético, nada asombrará el activo y espontáneo desprecio hacia los murales de un oficialismo que se ofende cuando es atacada una que otra escultura alusiva al barinés, como si él mismo no ´consintió el impune derribo de la tradicional pieza de Colón hacia Plaza Venezuela, aun tratándose de una obra pública. Por ello, creemos, estamos a tiempo de salvar la memoria de lo que fue y ha sido este régimen que tarifó todas las paredes y rincones del país con su brochazo de indignidades, por lo que luce indispensable fotografiarlos y orbitarlos en las redes antes que la rabia les dé alcance.

Mueren prematuramente muchos inocentes en la Venezuela actual, más de lo que se sabe a través de los medios. Dios acoja en su Santa Gloria al muchacho que, apenas, por instantes, se supo venezolano.

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