| La magnitud de la decadencia |
| Escrito por Elías Pino Iturrieta |
| Sábado, 17 de Octubre de 2009 07:15 |
Una de las constantes en la literatura de oposición es el reproche absoluto del Gobierno, hasta el extremo de dejarlo sin lado sano. Tal vez no exista manera de no congeniar con tales ataques movidos por el deseo de fulminación
y avalados por evidencias infinitas, debido a que ciertamente padece Venezuela una de las administraciones más desastrosas de su historia. Comparar es riesgoso, pero quizá la "revolución" de la actualidad sólo admita analogías susceptibles de respaldo con gestiones tan deplorables como las de los hermanitos Monagas, o con las de los Castro, Julián y Cipriano, para no abultar la nómina. Un desgobierno fastidioso, incompetente, arbitrario, intolerante, jactancioso, pícaro y sin ideas ofrece razones de sobra a quienes queremos atacarlo desde la trinchera de la opinión pública, o aun en la lucha más áspera de la calle. No se trata ahora, entonces, de llamar la atención sobre la necesidad de una interpretación más equilibrada y menos pasional de quienes administran la cosa pública, pues el chavismo concede estrecho espacio para las observaciones indulgentes, sino de pensar un poco en el peligro de unas reacciones tan exageradamente unilaterales. Unilaterales porque apenas refieren a un costado de la realidad, sin detenerse en la redondez del panorama. La opacidad y aun la oscurana del Gobierno no constituyen un monopolio, por desdicha. Cuando una sociedad emprende la ruta del abismo no convoca a una sola fracción de sus integrantes, sino a las mayorías. La democracia representativa no conduce hacia el atolladero a un elenco selecto de sus protagonistas y usufructuarios sin aludir al resto de la colectividad. Los partidos políticos no sufren ellos solos las consecuencias del derrumbe sucedido en el pasado reciente, pues cuando sus fortalezas comienzan a convertirse en ruinas los ladrillos trocados en desecho también dejan en la intemperie a la muchedumbre que los habitaba. Las fuerzas armadas no padecen una descomposición exclusiva de los cuarteles, sino el golpe de un alud capaz de sacudir a la sociedad civil hasta dejarla en la frontera del desfallecimiento. Los medios de comunicación participan del descoyuntamiento, cuando cambian su rol esencial por otro de pontífices o de operarios de la política que los obliga a integrar el cortejo que marcha lentamente hacia el cementerio, o a animarlo, que es peor. Con las universidades y con los sectores intelectuales y artísticos sucede un fenómeno semejante, no fuera sino por la incapacidad exhibida a la hora de descubrir las señales de una tempestad devastadora.
¿Qué se pretende con un diagnóstico tan abrumador? La posibilidad de un entendimiento certero de lo que actualmente sucede en Venezuela, sin pretender la oferta de un dictamen pontifical. Vamos de tumbo en tumbo porque no nos reconocemos como parte de una descomposición de naturaleza panorámica, porque sólo vemos la paja en el ojo ajeno sin advertir la viga que nubla nuestra visión, porque sentimos que el pasado no nos dejó la marca de sus miserias, porque se las atribuimos únicamente al mandón y a sus seguidores después de mirarlos por encima del hombro sin tener motivos para semejante desdén. Difícilmente puede la oposición pensar en desenlaces airosos si asume poses de esa guisa, o los críticos de costumbre revestidos de infalibilidad. No se trata de proponer la fulminación absoluta del pasado y el entierro adelantado de quienes vienen de su seno y continúan prendiendo el fuego del candelero, sino de la necesidad de ver cómo apechugamos con una carga de cuyo peso también somos responsables, o de cuyas toneladas formamos parte como el mandón y su clientela a quienes achacamos los desastres del país sin calcular la influencia de los pecados colectivos y la penitencia que acarrean. Entre el lodo del pasado reciente y los pantanos de la actualidad se viene formando una sociedad flamante, con capacidad para distinguir el grano de la paja y con ganas sobradas de cobrar protagonismo. Deberíamos, después de contemplar sus anhelos y de compadecernos de su justificado desengaño, intentar un inventario de los pasos recorridos con mal pie para ver cómo se inicia un itinerario diverso con los representantes de esa sociedad en la vanguardia. La decadencia no es cosa de unos pocos, por desdicha, pero se puede superar luego de una rectificación orientada a una contrición veraz y de grandes proporciones, sin que tengamos la necesidad de proponer un suicidio colectivo. No es tarea sencilla, pues sobrarán quienes prefieran malgastar tiempo y dinero en el salón de belleza con el objeto de maquillar su decrepitud. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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