El timbre de los sesenta
Escrito por Siul Nagarrab   
Domingo, 07 de Octubre de 2018 00:00

altDécada mítica del XX, se hizo de todas las innovaciones musicales, académicas y populares, que por  entonces se conocían.

La industria discográfica experimentó un extraordinario impulso, como la radial, y, al transnacionalizarse, se le acercó un poco más, por su influencia y ganancias, al modelo: no otro que el de las empresas petroleras.

La clave  estuvo  en el empleo de un instrumento que tuvo la fortuna de conseguir un género, como el  rock and roll, y llevarlo a horizontes inescrutables que, quizá por ironía, llegan al gesto jazzístico más consumado. Un timbre particularísimo que supo de hábiles manos y hasta de una excelente y bien entrenada coreografía, desde los pasos sencillos de Chuck Berry hasta las temeridades de Pete Townshend, por cierto, muy pocas veces enredados con el cableado.

La guitarra eléctrica, le dio la novedad y estridencia que necesitaba el ritmo, aún en sus instantes más serenos, dejando atrás el saxo, el piano, el órgano o el sintetizador resignados a complementarla. El golpe oportuno y diestro de la batería, le dio una mayor identidad, a pesar del indispensable registro del bajo eléctrico de un anonimato tan injusto. 

Por supuesto, están las excepciones de rigor, añadidas las voces infaltables de una hazaña también publicitaria que explicó la emergencia de bandas innovadoras, pero – igualmente – la prolongada vigencia de mediocres expresiones, por ejemplo, en el ámbito anglosajón, como hemos descubierto, con los años. Por ello, la esencia del rock es el rif de una audaz guitarra eléctrica que, inadvertidamente,  nos lleva a valorar y reivindicar la espléndida armonía de piezas clásicas de la academia y del jazz, sin que signifique la pérdida del gusto y, a lo mejor, hábito que tenemos por el rock de los setenta, la época culminante.

Recientemente, tuvimos ocasión de escuchar algo de Paul McCartney y su Estación de Egipto, sin acceder – en la Venezuela aislada – a la versión original que, se supone, trata de recobrar la vieja e inolvidable prestancia del elepé.  Y estamos atentos, aunque llegue muy tarde a estas playas, las sesiones faltantes, un día  traspapeladas, del Album Blanco de Los Beatles, a quienes reconocemos sus portes, así se nos antoje a ratos muy monótonos, sin las más espontáneas y sencillas transgresiones en las, por otros ratos, incurrieron Los Who, nada casual, gracias a Townshend y sus cuerdas que, como Page y Plantt, calzaba muy bien con la garganta de Roger Daltrey. 

Convengamos, por muy electrónica que sea la guitarra y los restantes instrumentos de hoy, sumado a la alta tecnología de los estudios de grabación que convierten en gracia lo que fue una morisqueta, todavía la guitarra eléctrica no ha recibido el justo reconocimiento que merece, como eje insustituible del rock.  Alvin Lee puede dar cuenta de ello, como posiblemente no lo hagan Jimmy Hendrix o Eric Clapton, pues, orquestables, hicieron rock en la medida que, poco o mucho, lo respaldara la banda, mientras aquél perfectamente podía entenderse sin el Ten Years After.

Al momento de suscribir estas líneas, nos enteramos de la reactivación en Chacao del Festival de las Nuevas Bandas. Ojalá, sea exitoso, mientras tanto intentamos imaginar a Alirio Díaz, Narciso Yépes, Rodrigo Riera o a John Williams, ejecutando una guitarra eléctrica.


Ilustración: Yanel Sánchez


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