De la ética de la irresponsabilidad
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Viernes, 10 de Julio de 2020 00:17

altEl 16 de julio de 2017, los venezolanos protagonizamos una extraordinaria, concurrida e inédita consulta popular, cuya convocatoria

y resultados fueron enteramente avalados por la Asamblea Nacional.  El régimen respondió, agrediendo al país con un tal proceso constituyente que sinceró dramáticamente su situación y  condiciones reales, repitiendo inmediatamente después el fraude con unos comicios regionales. 

Comicios de predecibles resultados, supo de la participación de aquellos partidos que empeñaron antes su palabra con la citada consulta, traicionándola. A tempranas horas de la noche anunciaron una arrolladora victoria en las gobernaciones que, minutos más tarde, fue reducida a cinco referentes y, con la honrosa excepción de Juan Pablo Guanipa en el estado Zulia, todos se juramentaron ante la constituyente denostada.

Lección absolutamente desaprendida, hubo otros torneos afianzados, directa o indirectamente, por sectores de la oposición que, simultáneamente, persistieron en los diálogos, ridiculizados – más que fracasados – en tan particulares lides políticas. No obstante, nada casual, fue orquestada y adelantada una intensa campaña favorable al voto a todo trance, convirtiendo el solo acto en sinónimo inequívoco de ejercicio democrático, aunque no hubiese indicio alguno de la más elemental y  libre competitividad. 

El caso no está en puntualizar los incontables, garrafales y suficientemente advertidos errores que  signan aquella desviación del compromiso de 2017, sino en la continuidad que no, simple similitud, de una campaña burdamente electoralista que envidia alguna, salvo los comprensibles matices, suscitaría en el Pérez Jiménez plebiscitario de 1957. Una adecuada sucesión de falacias que parten del mal intencionado diagnóstico de la realidad, dice reivindicar el campeonato parlamentario en el que está empeñado, estratégicamente empeñado, el régimen: a todo evento debemos sufragar, no importa el origen ilegítimo de un CNE confeso, es  evidente el arreglo normativo y judicial para consagrar el asalto de  los partidos políticos, pretendiendo afianzar una polarización devenida fetiche, o – espeso barniz de ocasión – invocando fórmulas como la de “ganar-ganar” en un conflicto nada agonal.

El caso está en que, verificado cada fracaso con sus nefastas secuelas, explicación alguna dan los actores políticos de la faena y los analistas nada inocentes que abonan el golpeado ámbito de la opinión pública, pues, versamos en torno al más indecible oportunismo, presto a la rivalidad desleal, y a consultores que envilecen el oficio, percibiendo honorarios que se traducen en la desgracia ajena. Ética de la irresponsabilidad,  el discurso realza y celebra toda habilidad política  que, por tal, adulterado Maquiavelo, dirán por siempre incomprensible y el benefactor, eternamente incomprendido.   

Fotografía: Incendio del Reichstag, 1933.

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