Traslados infaustos: Los derechos humanos de las personas enfermas
Escrito por Carlos Colina | @CarlosColina7   
Lunes, 24 de Agosto de 2009 22:18

alt-    Escríbanlo en la prensa, díganlo, porque es injusto que nos trasladen de esa forma.
-    CC. Aquí estarán mucho mejor
-    ¡No somos delincuentes¡ Hasta la policía se presentó en la mañana. ¡No nos avisaron¡.
-    CC. En aquel lugar no existían condiciones mínimas para ustedes
-    ¿Porqué no nos explicaron?...

Así se expresaba Eduardo, un paciente con discapacidades motoras debidas a una parálisis cerebral infantil, cuando se estrenaba en el Geriátrico Casa Hogar San Judas Tadeo. De manera dramática, reclamaba indignado un trato más justo, ante la mudanza abrupta que acababa de sufrir. No hay otra palabra que describa mejor esa experiencia, a menos que sea algún otro sinónimo de aflicción. Por sus expresiones faciales, era evidente que mis supuestas aclaraciones les resultaban pobres e hilarantes.


Aquella tarde del jueves 9 de Julio de este año, cuando trasladaron los pacientes de la clínica de reposo La Macarena en Chuao a distintos recintos de la capital, experimenté una de las situaciones más duras de mi vida. En principio, in situ, apoyé la acción. De hecho, yo era una especie de denunciante secundario, en la Defensoría del Pueblo, de las condiciones infrahumanas del lugar. Ese sitio no reunía las condiciones mínimas de habitabilidad para un ser humano. A la manera de  una prisión, no hay ningún punto de visibilidad externa. Además, los pacientes  recibían una atención inadecuada -a pesar del denodado esfuerzo de algunos(as) enfermeros(as)-, tal como evidenciaba el estado deplorable de buena parte de los pacientes.

Tampoco existía un trato personalizado que se tradujera, por ejemplo, en lockers individuales para las pertenencias de los hospitalizados. Como presidiarios, estaban obligados a usar un uniforme monocromático. En mi visita más reciente al Geriátrico San Judas Tadeo, Eduardo mostraba, como abyecto vestigio, un pantalón con el nombre de La Macarena y sus números telefónicos.


Al final de una acalorada discusión que amenaza tornarse agresiva, como si aconteció en la otra ala del geriátrico, el pariente de un paciente se me acercó y me relató una anécdota verosímil. Al parecer, él había intermediado en Miraflores para el logro de la concesión. En consecuencia, su familiar hospitalizado recibía un trato especial, me comentó con socarronería. Igualmente, me expresó que, le había reñido amistosamente a la sudirectora: “-mira, chica, no invertiste nada, no, no lo hiciste”. A decir verdad, a raíz de las denuncias, en los últimos meses se efectuaron algunas refacciones, pero ninguna de ellas cambiaba lo esencial, es decir, el concepto arquitectónico de encierro.


En suma, si la acción del Estado era loable, porque intervenía en una situación en la cual se conculcaba los derechos humanos de los pacientes, lo hacía con un estilo que a su vez los vulneraba. El traslado fue repentino, abrupto, inconsulto, autoritario. Los rostros, las posturas, las miradas, los gritos y llantos de los pacientes así lo confirmaban. Mi acompañante vespertino explicitó sus dudas sobre su capacidad de tolerar tanto dolor, pero a pesar de ello permaneció a mi lado.


No es la primera vez que observo un traslado parecido a los que se realizaban en los campos de concentración nazis, al menos en lo “incierto” de los destinos. Desde que mi tía Sixta salió forzosamente del antiguo Psiquiátrico de Anare, producto de la devastación del  deslave de Vargas de 1999, son varias mudanzas infaustas las que he tenido que presenciar.


Sixta fue trasladada al Geriátrico Casa Hogar San Judas Tadeo en Altamira.  En poco tiempo, he podido constatar que los conceptos que maneja la dirección del recinto son ejemplares. En las instalaciones se respira calidez y un mínimo de confort, con jardines interiores y vista a El Ávila. El personal médico y paramédico parece seleccionado y entrenado para ofrecer un servicio de calidad humana.  El cambio fue radicalmente positivo. Como indica el dicho popular: “del Cielo a la Tierra”.


No obstante, escribo estas líneas en función de que no se repita un traslado más en donde se irrespeten los derechos de los enfermos hospitalizados, tal como señala la legislación ad hoc. Que se prepare a los enfermos y a sus familiares. Que se respete su dignidad como personas. 


Entre los derechos de los enfermos se cuenta la atención  respetuosa  de las instituciones especializadas. Deben ser tratadas en calidad de personas y como tales deben ser informados sobre las normas organizacionales del hospital, su situación de salud y otros aspectos para el consentimiento informado. La continuidad de la atención debe ser garantizada. 


Necesitamos urgentemente un Estado Social que garantice servicios educativos y médico asistenciales de alta calidad, aunados a una seguridad social de amplia cobertura. Si en pleno siglo XXI, el estado empresarial es un exabrupto, el neoliberalismo en la salud es inadmisible.

Fuentes

  • Castillo Valery, Alfredo(1987): Los derechos de las personas enfermas, Caracas, Disinlimed, C.A.,  
  • Colina, Carlos(2003): Los derechos de los enfermos mentales, en la sección POR LA LIBRE del Diario Tal Cual, 15 de Enero de 2003. Disponible en: http://www.talcualdigital.com/ediciones/2003/01/15/p10s2.htm


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