La perversa intolerancia
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 26 de Julio de 2021 00:00

altLa democracia, entre otros principios y valores, significa pluralidad.

Sobre todo  eso que los griegos denominaban “parresía”, el hablar sin miedo, abiertamente, sin temor a represalias. El no ser perseguido por expresar juicios y criterios respecto a un determinado asunto o cosa.  Es el aceptar la opinión de los otros.

Quienes somos  demócratas, admitimos – así sea a regañadientes - los puntos de vista que otros  sostienen en contra de los nuestros. Incluso, llevándolo más lejos, esto ha sido el eterno desafío que algunos ligeramente califican como un contrasentido: la igualdad democrática dentro  de la diversidad.  

No sabemos  de dónde han sacado o a quienes se les ha ocurrido pensar que el gobierno nos va a dar, en esta oportunidad, todas las garantías electorales, o que  va aceptar totalmente nuestras exigencias y aspiraciones. Ya se ha dicho: en política la lucha es dura, muy dura, de mucha serenidad, persistencia y convencimiento. Es algo público y notorio, como dicen en el foro, que el régimen no gusta de la discrepancia, la crítica y menos de la diversidad de ideas y pareceres.

Una vez más, Fedecámaras, que no es santa de nuestra devoción, ha sido vituperada, descalificada y objeto de los insultos más despiadados por parte de un grueso número de opinadores  que se dicen ser de la oposición democrática. Esto nos recuerda aquella famosa sentencia del emperador Napoleón III: “Yo bien quisiera ser bautizado con el agua del sufragio universal, pero eso no quiere decir que vaya a vivir con los pies en el agua”. En otras palabras, la acepto de vez en cuando y solo cuando me sea conveniente.

En los turbulentos años 2000, 2001, 2002 y 2003, esta agrupación empresarial salió, para sorpresa y beneplácito de muchos, a dar la cara y a enfrentarse a los desmanes del entonces presidente Chávez. Con torpezas y errores, fallas y traiciones, ocurrieron importantes eventos para las luchas democráticas, y que la historia patria nunca podrá ocultarlos, mucho menos obviarlos. El aplauso y el  reconocimiento general – ante esa corajuda postura- lograron unificar  la oposición aunque fuese por un valioso tiempo, y permitió desnudar al régimen para mostrarnos su talante autoritario y militarista. 

Ahora son mercenarios, vendidos y alacranes. Se trata de enviar al olvido aquellos días difíciles y de cruentas confrontaciones. No importa que les hayan cerrado, confiscado y quitado miles de industrias y comercios, menos aún que decenas de sus integrantes estén pagando exilio, persecuciones y prisión. Pareciera, endiabladamente, que su deber es continuar soportando los mayores menosprecios y asedios. Hay algo, y así lo creemos, que muchos se aprovechan,  con sus denuestos y reclamos públicos, para  lavar un poco  sus culpas y humanas miserias de aquellos tiempos.

Reconocemos que algunos de sus miembros son un tanto responsables del momentáneo naufragio del sistema democrático. Sus dardos inmisericordes, y no precisamente de polvos, trajeron estos lodos. Pero de allí a convertirlos en una especie de escoria nacional, hay un gran paso. Y ¿Qué pretenden? ¿Que Delcy Rodríguez aplaudiera a rabiar el mensaje de la cúpula empresarial? ¿Que sostuviera que de ahora en adelante no sucederían más invasiones y arrebatos contra  la propiedad privada; que viviríamos felices en una próspera economía de mercado y que darían todas las garantías del mundo para invertir en el país? ¿Acaso, que llorara de emoción y reconociera las verdades contenidas en  la carta del Secretario de Estado del Vaticano? O mejor aún, ¿Qué el presidente saliente o entrante de Fedecámaras le cayera a insultos?

Preocupa mucho ver a unos cuantos, investidos de prohombres, soñando todavía con salidas de fuerza  u otras más lejanas de toda posibilidad y lógica. La gran pregunta es: cuándo aceptarán que la paz y los acuerdos políticos (como alternativa cierta para poner término a esta insostenible situación) se concretan y firman entre adversarios y contrapartes, no entre panas y amigotes. Es la pérfida intolerancia que tanto daño nos ha causado a la oposición y a la democracia desde sus inicios. Por eso insistimos,  utilizando la conocida reflexión, que nunca debemos confundir lo que es una democracia de Estado (que hoy no existe en Venezuela) con una  democracia de la sociedad (la que estamos empeñados en restituir). De tal manera, que si la sociedad no es democrática y tolerante con la opinión diferente, mucho menos lo será el gobierno. El entendimiento, a todo trance, resulta imprescindible. No nos dejemos arrastrar – entonces - por la perversa intolerancia.

|*|: Especial para www.opinionynoticias.com


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Última actualización el Domingo, 25 de Julio de 2021 23:25
 
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