Venezuela: aflicciones de la democracia (I)
Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio   
Domingo, 11 de Julio de 2021 00:00

alt“Cualquier democracia es preferible a la mejor dictadura por una sola razón, empírica y biológica,

que se les ha olvidado a los tratadistas modernos, pero que encontré en días pasados en uno de esos pensadores ingleses del siglo XVIII –no se bien si en Locke o en Hume–. Con la democracia hay la posibilidad de que las cosas se renueven; biológicamente la democracia perfecta podría compararse con un buen sistema de irrigación sanguínea en que llega siempre al corazón el trabajo de las arterias, mientras que las dictaduras donde todas las funciones de la sociedad las absorbe el tirano, perecen de embolia histórica. El drama de toda dictadura es su envejecimiento, la obturación de su sistema sanguíneo. Después de un tiempo las dictaduras se hacen más viejas que las democracias porque no obedecen al ciclo vital del grupo renovado, sino del tirano que se torna infalible y maniático. Cuando pase la transitoria elocuencia de los uniformes pardos, de las ideas y los mitos simplificados que mueven a los hombres como marionetas mecánicas, se volverá a buscar en los pensadores del siglo XVII formas de organización que habrán de parecernos modernísimas.”[1]

 

La formación de una conciencia democrática liberal y de una realidad económico-social específica, fue uno de los antecedentes del movimiento de independencia en América Latina. Las ciudades constituyeron las raíces del republicanismo a través de gobiernos urbanos que, en el cotidiano ejercicio de la institución municipal, formaron la esencia del futuro vigor independiente. El Cabildo es la esencia de nuestra constitución ciudadana:

“Los Cabildos americanos fueron, en efecto, democráticos o republicanos, de la misma manera como lo eran en Grecia y en Roma las llamadas Repúblicas de la antigüedad o en el Renacimiento ciertas Ciudades–Estado, Repúblicas oligárquicas, sí, con división de clases y estamentos; con dominio sobre capas de población, esclava o plebeya, pero republicanamente organizadas en pisos superiores o medios. Y con aspiraciones y luchas por su propia libertad, hasta constituir aquellas repúblicas antiguas modelo, al menos formal, para muy posteriores y modernos movimientos de transformación política.” [2]

Hoy la democracia debe reformularse en los niveles local, regional, nacional y global; dado que cada uno de ellos es adecuado para los diversos sistemas de gestión y resolución de asuntos públicos. Pues un orden político democrático debe contener los distintos dominios de autoridad, vinculados tanto vertical como horizontalmente, si ha de crear y servir a la práctica democrática. Por el contrario, la discusión contemporánea se ha reunido en torno a la idea de un modelo universal de democracia y sus implicaciones en la proyección del corto y el largo plazo. Pero la democracia es, sobre todo, un principio de la cultura política cuya demanda tiende a volverse automática (aunque los obstáculos para su realización sean hoy más que evidentes). 

En Venezuela, nuestra actual crisis pandémica/autoritaria nos hace reflexionar que el Estado–Nación no se construye de un día para otro y que la noción global de democracia es una percepción que puede reunir un amplio espectro de apegos a la libertad y la pluralidad ideológica y política: 

“La gran mayoría de los pensadores políticos, desde la Grecia antigua hasta nuestros días, fue muy crítica de la teoría y la práctica de la democracia. El compromiso generalizado con la democracia es un fenómeno reciente. Por otra parte, la democracia es una forma de gobierno extremadamente difícil de crear y mantener. Basta con echar una mirada a la historia del siglo veinte europeo para comprobar esta dificultad: el fascismo, el nazismo y el estalinismo estuvieron a punto de desterrar la democracia del planeta.”[3]

Actualmente nuestro país se ha apartado del sentido democrático. El dominio del horizonte político que contiene todas las esferas de la sociedad está monopolizado por un grupo cívico militar, que no acepta la menor oposición o crítica (mucho menos el reconocimiento y representación de un grupo verdaderamente divergente). Vivimos ante un régimen que aspira al completo sometimiento de los ciudadanos, que no se contenta con el dominio de las instituciones del Estado y de las fuerzas políticas sino que oprime -prácticamente a voluntad- todas las asociaciones plurales, negando el reconocimiento de cualquier espacio ciudadano fuera de su monopolio totalitario del poder. 

En los países democráticos el derecho político es el que regula la organización y funcionamiento de las instituciones del poder público, según lo establecen las constituciones. Hoy su incumplimiento es indiscutible en Venezuela, donde no se practica el artículo 19 de nuestra constitución que establece que “El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público de conformidad con esta Constitución, con los tratados sobre derechos humanos suscritos y ratificados por la República y con las leyes que lo desarrollen.”

A este respecto es importante citar el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documento aprobado por las Naciones Unidas en su Resolución 217 de diciembre de 1948, que señala: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios…”. Hoy su incumplimiento  en Venezuela se hace más evidente frente a los retos que impone la pandemia, atenuada ya en el mundo tras el hallazgo científico de algunas vacunas que sin embargo son de poco acceso en nuestro país. Esta distopía es la demostración más transparente del autoritarismo de un gobierno que vacuna a su tren ejecutivo -entre el que está incluido el alto mando militar- y no vacuna a el resto de la población.

“Valdría la pena preguntar si esto no es una violación flagrante a los derechos humanos. ¿No es la cobertura médica un derecho que todo ser humano tiene cuando requiere atención por simple derecho a la vida? En otras palabras, tendríamos que aceptar un mundo social y económico en el que radicalmente inaceptable que algunos tengan acceso a una medicina que puede salvarle la vida, mientras a otros se les debe negar el acceso porque no pueden pagarla. Esta diatriba no repara en concepciones ideológicas, sino que pone su preocupación en la incertidumbre que el mercado impone.”[4]

Estas palabras, escritas por el eterno Ministro de la Defensa Vladimir Padrino López en su tesis postdoctoral de la Universidad Simón Rodríguez, las compartimos como una prueba más del colapso de la democracia en Venezuela. Con ellas, Padrino López quiere remitirse a una visión geopolítica que divide el mundo en áreas de influencia y competencia entre las principales potencias capitalistas del mundo (Estados Unidos – China). Su comentario apunta a cuestionar  la posición hegemónica de gobiernos como el estadounidense, al que solamente interesaría el bienestar de su población nacional. No obstante, cabe aplicar el mismo criterio a la realidad interna de nuestro país y preguntar: en el caso de la falta de acceso a la vacunación para todos los venezolanos: “¿No es la cobertura médica un derecho que todo ser humano tiene cuando requiere atención por simple derecho a la vida?

En un mundo que ya configura la post pandemia, recuerdo la esclarecedora frase de Karl Von Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la relación política con el uso de otros medios; es decir, que la guerra tiene como objetivo asegurar propósitos políticos y no es un fin en sí misma. Lo cierto es que ella es tan antigua como el ser humano y si parafraseando a Aristóteles podemos decir que el hombre es un animal político, también podríamos decir que el hombre es un animal guerrero desde tiempos inmemoriales. Pero la guerra es parte de la cultura militar del hombre y la paz, en cambio, es el anhelo fundamental de la cultura civil y democrática que buscamos reconstruir los venezolanos. Para ello son necesarias la pluralidad y la libertad, haciendo cumplir el estado de derecho sin segregaciones políticas o ideológicas. 

Notas 

[1] Mariano Picón Salas. “La Esfinge en América.” En: Obras Selectas. Caracas: Edime, 1962, p.1206                   

[2] Joaquín Gabaldón Márquez. El Municipio Raíz de la República. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1977, pp.113-114          

[3] David Held. La democracia y el orden global: Del Estado moderno al gobierno cosmopolita. Buenos Aires: Paidos, 1997, p.25    

[4] Vladimir Padrino López. La Escalada de Tucídides: Hacia la Tripolaridad. Carcas: El Perro y La Rana, 2021, p.19 


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Última actualización el Sábado, 10 de Julio de 2021 22:38
 
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