La democracia como filosofía de vida
Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio   
Lunes, 19 de Abril de 2021 00:00

altDemocracia es Libertad, consideración de los Derechos Humanos, legitimidad de las instituciones, orden jurídico confiable

“¡A trabajar! Que lo que quiere el Gobierno es mantenernos en la miseria y en la sumisión. Trabajar, estudiar y luchar. Sólo quien toma decisiones es libre. Quien no toma decisiones pierde su dignidad como persona.”

José Miguel Montoya Salas 

(1953-2021)

In memoriam 

 

“Ahora bien: lo más propio del hombre es la vida del entendimiento, puesto que el entendimiento es verdaderamente todo el hombre; y, por consiguiente, la vida del entendimiento es también la vida más dichosa a que el hombre puede aspirar.”

Aristóteles 

(384-322 A.C.)

 

Aunque se utilicen a menudo de forma intercambiable, los términos Democracia y República no son sinónimos. La democracia supone la participación popular en el nombramiento de los gobernantes, algo que no siempre ocurre con las repúblicas, muchas de ellas dictatoriales o sometidas a un régimen de partido único. 

La democracia es el fundamento del orden político y social con el que se rigen los ciudadanos a través del respeto a los derechos y las libertades humanas. Es un régimen político que requiere un contexto para certificar su autonomía y la igualdad política de los ciudadanos, y es en este punto cuando su contenido normativo no puede extraviarse. 

Democracia es Libertad, consideración de los Derechos Humanos, legitimidad de las instituciones, orden jurídico confiable. Estas son las premisas del orden democrático; a partir de ellas, la democracia puede ofrecer otras conquistas. La prioritaria de todas es la sensibilidad social de los sistemas. Como ningún otro régimen político, la democracia ofrece las posibilidades de su propia reforma.

Aun cuando constitucionalmente Venezuela es una democracia, desde 1958; en los hechos  lo que predomina actualmente es la recentralización del país, la persistencia de un sistema electoral con bajo o nulo nivel de competencia,  un sistema político unilateral  y clientelar, un presidente con atribuciones absolutas que actúa  como árbitro ante unos poderes judicial y militar rendidos a sus intereses dominantes, lo que hace que los ciudadanos no puedan combatir democráticamente para recuperar la dirección del país. De hecho, todos estos elementos imposibilitan su re-democratización. 

Deben existir garantías básicas para los derechos civiles tradicionales, tales como la libertad de expresión y de organización, así como un conjunto de instituciones jurídicas que hagan valer las leyes y los derechos. Venezuela se halla en un proceso de desmantelamiento de las instituciones legales que deben garantizar el ejercicio de los derechos antes mencionados. En este sentido, el desequilibrio entre los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) es cada vez mayor. Los venezolanos somos víctimas de un Estado Ficticio donde el poder es ejercido de forma cómplice por un grupo de civiles y militares que no garantizan el cumplimiento del bien común, y cuya autoridad carece de legitimidad tanto de origen como de continuidad. Este escenario fue identificado muy claramente por Nicolás Maquiavelo, quien afirmó que para que un gobierno sea eficaz “es necesario que el Príncipe tenga el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de recursos en la adversidad.”[1]. En ausencia de esto, un Estado se encuentra tan a la deriva como lo estamos nosotros. 

En efecto, el compromiso con el bien común provoca en quien lo ejerce una transformación hacia la buena voluntad. Es la práctica más extraordinaria del amor y la empatía hacia los otros. Es la búsqueda de la realización de la esencia humana. Es la reproducción de mecanismos para que los ciudadanos puedan ser felices en todas las facetas de la vida, claro está, dentro de un marco normativo que garantice tanto la libertad como la pluralidad.  El bien común es fomentar la prosperidad del ser particular, grupal y social. 

Hoy añoramos la democracia y sobre todo la vida en democracia, es decir, la posibilidad de practicar las condiciones ciudadanas que hacen efectiva una sociedad democrática. En ausencia de la democracia, debemos insistir en que “para esa eficaz enseñanza de la democracia es más importante aprender a buscar la verdad y a respetarla, que la teoría de la división de los poderes. Importa más sentir respeto por el ser y por las ideas del prójimo que todas las definiciones abstractas de la libertad política. Es más fundamental aprender a convivir pacífica y constructivamente con los que no piensan como nosotros o son distintos de nosotros, que todos los mecanismos de la organización del Poder Judicial o del Poder Ejecutivo.”[2]

Finalizamos citando este trabajo escrito en 1948 por Arturo Uslar Pietri, pues muestra la necesidad de enseñar los fundamentos de vivir en democracia. 73 años después, esto mantiene una vigencia que el propio autor no hubiese imaginado. Los venezolanos requerimos más que nunca saber qué es la democracia y advertir para qué sirve. Porque transitar el camino entre el saber y el comprender conduce hacia el obrar, marca la diferencia entre percibir una realidad y vivirla efectivamente. Como bien lo diría nuestro querido Miguel Montoya, decidir por el ejercicio de nuestra libertad es hacernos conscientemente democráticos. 

 Notas

[1] Nicolás Maquiavelo. El Príncipe y Otros Escritos.  Caracas: Editorial Torino, 2010, pp.43-44

[2] Arturo Uslar Pietri. De Una A Otra Venezuela Caracas: Monte Ávila Editores, 1972 p.132   


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