La confundida democracia
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 08 de Marzo de 2021 00:00

altNo estamos descubriendo el agua tibia cuando afirmamos que la democracia es el sistema más débil que se conoce.

Ya los antiguos griegos, sobre todo Platón y Aristóteles, estudiosos de este tipo de gobierno, alertaban sobre sus inocultables fragilidades.

Hasta la saciedad se ha dicho que la democracia es un triunfo de occidente. Ha soportado infinitos pescozones, denuestos, persecuciones, guerras y hasta sublimes martirios. Su camino ha sido tan difícil y espinoso como ningún otro. Pero ahí está.

Uno de los últimos golpes en su contra fue el protagonizado por el ex presidente norteamericano Donald Trump  a comienzos de este año, a propósito de la toma de posesión de Joe Biden. Imaginarse que una cosa así sucediera en los Estados Unidos de América, que para algunos es ejemplo de democracia en el mundo, resultaba  un contra sentido por no decir algo caótico. Pero aconteció, y vino a mostrarnos  otro de los  zarpazos - gracias a Dios casi  superado con éxito-  que permanentemente intentan propinarle.

Nuestros aspirantes a repúblicos consagrados del siglo XIX y parte del XX, confundían el tener  un gobierno propio, autónomo, único, con ausencia de división de poderes y libertades y, por supuesto, sin ningún tipo de dependencia interna, ni de país o potencia extranjera, con lo que es y significa una verdadera democracia, elecciones, alternancia y sobre todo, con aquello tan fácil de proclamar pero complicado de ejercer como es la libertad política, sin considerar muchas otras no menos importantes.  Y es que la mayoría de nuestros gobernantes pensaban  que la república era la patriecita y la conformidad del pueblo, el mando desmedido sin cortapisas ni equilibrios, y sin ley alguna que pudiese  al menos mermar su autonomía de acción. Ninguna crítica al gobierno de turno era aceptada. En consecuencia, se perseguía la posición disidente, se   encarcelaba a los persistentes, cuando no terminaba en exilio  y hasta en desaparición forzada. Hanna Arendt diría que esas prácticas eran consideradas normales en el desempeño de su excesiva autoridad.

Venida la democracia a partir de 1958, los embates de la izquierda radical y de los viudos del militarismo no se hicieron esperar. Bastante literatura se ha escrito  para repetirla en estas breves cuartillas. Destacamos tan solo que nuestra democracia  jamás  estuvo ni estará ajena a los torcidos intentos para socavarla cuando no aniquilarla.

Entiéndase ahora que democracia no es solo elecciones libres, gobiernos surgidos de la voluntad popular  o alternancia en el poder. Es también, y esto es fundamental, el respeto y aceptación de la opinión diferente, la libertad de pensamiento, de reunión, tránsito; libertad económica, igualdad jurídica, respeto a los derechos humanos y sobre todo, el resguardo y protección a la dignidad humana. Y  es esto lo que  debería prevalecer en nuestras razones para el cambio y en nuestras críticas al actual régimen. En otras palabras, no debemos detenernos en  meros asuntos  electorales. Lo que necesita  este país es la reinstauración de una democracia que, aún  con sus eventuales defectos y omisiones pero también con sus inocultables virtudes y logros, nos empuje definitivamente  al  desarrollo humano, social, político y económico. Se trata entonces de no confundir democracia  con elecciones. La cosa es más amplia y compleja. Estas son imprescindibles pero no son únicas. La libertad de los presos políticos, la rehabilitación de los partidos políticos y su libre actuación, el respeto a los derechos humanos, el cambio urgente del modelo económico, la atención social, son algunas prioridades que indudablemente deberían ser puestas en primer plano. Las elecciones podrían constituirse en el último eslabón de este largo camino. Pretender elecciones con presos políticos y sin la libre participación de los partidos, por ejemplo,  resulta un absurdo.

La democracia, admitiendo su fragilidad, es un sistema de valores que trasciende a lo meramente electoral, aún con los inmisericordes intentos de suplantarla.

Hay una confusión en cuanto a lo que realmente es democracia. Una cosa es un gobierno con disfraces republicanos y otra  es  construir e instaurar un verdadero sistema que,   inconfundible  y permanentemente, sea democrático.

Especial para www.opinionynoticias.com

 

 

 


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