Los revolucionarios y la ciudad
Escrito por Ricardo Bello   
Lunes, 21 de Septiembre de 2009 06:51

altHace ya medio siglo Rómulo Betancourt inauguró el Parque del Este, diseñado por el gran arquitecto paisajista brasileño Roberto Burle Marx, una verdadera joya de nuestra capital, tan despreciada por el Teniente Coronel. Quizás, como lo relata Guillermo Cabrera Infante, los revolucionarios odian a las ciudades, a sus intelectuales, a su vida artística, a los estudiantes y a la clase media. Y son odiados de vuelta, por supuesto. La Habana sufrió la indiferencia implacable de Castro, quién la dejó languidecer durante décadas, sólo para maquillarla y aprovechar las ventajas del turismo y la prostitución a gran escala, utilizando las habilidades del historiador Eusebio Leal. Hoy, la capital cubana está destruida, caminen por Centro Habana si lo dudan; le toca el turno a Caracas. La Habana vieja, prácticamente clausurada para el cubano común, para el ciudadano de a pie, ha sido reservada a los viejos verdes y otras especies en extinción.

Venezuela no conocía tal odio, mezcla de venganza con incompetencia. Muchos se resisten todavía a aceptar la tirria sin fin que nutre el alma de los revolucionarios, el afán de destrucción que los motiva, cuando se trata de la vida y el bienestar ajeno. Vean la película Los perros de paja, aquella cinta de 1970 dirigida por Sam Peckinpah e interpretada por Dustin Hoffman, para entender la psicología de estos militares. A lo mejor tendremos más bien que releer El principio de Peter y darnos cuenta de las consecuencias de contar con tanto incompetente dirigiendo al país. Esos son los extremos donde se ubica la acción de Gobierno: a la izquierda encontramos la provocación constante, un nivel de agresión desconocido por nosotros, buscando el martirio, el sacrificio inútil de la sangre o la prisión. Y a la derecha burócratas maletas, que nos llevan derechito al infierno a punta de buenas intenciones. Contamos con ejemplos emblemáticos de este modelo gerencial. Uno, el Viaducto Caracas-La Guaria, auténtica crónica de una caída anunciada, que nunca fue tomada en serio por los estrategas de escritorio, consumidos por aromas de glorias militares que terminan oliendo a pachulí. Y el Parque el Este.

Cuando el neozelandés Arthur Lydiard, considerado por la revista Runner¥s World como el mejor entrenador de todos los tiempos, vino a trabajar a Venezuela durante el primer gobierno de Rafael Caldera, quedó asombrado con el Parque. El famoso entrenador confesó haber tenido que solicitar permiso para que sus deportistas entrenaran con shorts: la Policía consideraba tal indumentaria una exposición indecente ante el público. Eran otros tiempos, cuando la gente iba a la capital a conocer ese grato lugar de esparcimiento; ni la sombra del actual panorama desolador: urinarios clausurados o putrefactos, la grama se pierde, las hojas secas no se recogen con la frecuencia de antes, el riego. El lugar donde antes estaba el barco de Cristóbal Colón, es hoy un agujero con agua estacanda. Han atravesado el Parque con cercas, cercenando el derecho de deportistas y familias. La vigilancia nocturna es ínfima y las caminerías al atardecer se han vuelto zona roja. Construyeron unas barandas cerca de los estacionamientos que desvirtúan el trabajo de Burle Marx, una inversión inútil, estéticamente incompatible con el paisaje, seguramente concedida a alguna cooperativa o empresa amiga. Y los rumores son que pretenden arrebatarle a la comunidad todavía más terreno del que ya han inutilizado. Vean la película de Peckinpah, vayan aterrizando.



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