Espectros que llevan en sus brazos espectros
Escrito por Dr. Ángel R. Lombardi | @lombardiboscan   
Jueves, 19 de Agosto de 2021 00:00

altHoy me percato, aunque muy tardíamente, -tamaño despiste-, que la sentencia más popular de Simón Bolívar (1783-1830),

citada una y mil veces: “Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades" (Discurso de Angostura, 1819), nunca se ha puesto en práctica luego de una andadura de más de 200 años de historia republicana. 

Es más, el mismo Libertador es la antítesis de ese inmaculado aforismo porque lo que hizo en su vida de 47 años fue básicamente guerrear y matar. No conocemos ningún proyecto educativo auspiciado por el Libertador como legislador salvo intuir las ventajas de la escuela lancasteriana y el significativo suceso de donar a la Universidad Central de Venezuela: “El Contrato Social” (1762) de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) y el “Arte Militar” de Raimondo Montecuccoli (1609-1680), obras que pertenecieron a la biblioteca de Napoléon Bonaparte (1769-1821) y que el General Sir Robert Wilson obsequió a Bolívar. 

El gesto como tal delata las entrañas ideológicas de un Bolívar ilustrado política y filosóficamente, y obviamente, al gran estratega y jefe de ejércitos.  Esta impronta militar que sella el nacimiento de Venezuela (1821) contradice sus aspiraciones de transitar por una civilidad sin sobresaltos. Y respecto a la moral, ese inédito cuarto poder, nunca pudo ponerlo en práctica en su momento. Y su vigencia hoy, entre los bolivarianos que dicen seguirle, luce a desprecio luego de documentar los miles de escándalos de corrupción que hoy tienen a la nación en quiebra.  

Hoy la Historia de Venezuela que se enseña en las escuelas es una apología de la guerra y del militarismo teniendo como eje la épica y mitología de los próceres de la Independencia. Historia es igual no sólo a pasado sino a batallas y a olor a sangre. Sólo que muy convenientemente maquillado como gesta fundacional, pulcra, heroica e intachable. Nada de indios imperiales, nada de negros levantiscos, nada de una España oscurantista, la nueva identidad nacional surgió de Bolívar (1842) y su épica. Lo demás, fue convenientemente borrado. Eduardo Blanco (1838-1912) fue uno de los grandes artífices en presentar ésta historia funeraria y trágica con traje de gala en su retórica y fantasiosa: “Venezuela Heroica” (1881). 

Ya es hora que quienes enseñamos la historia sintamos espanto por el sepulcro y los espectros algo que para el gran poeta venezolano Rafael Cadenas (1930) es bastante obvio. Su poema “Historia” es todo un tratado de intenciones.

“Abro la ventana y veo un ejército que recoge sus víctimas. Espectros que llevan en sus brazos espectros, y adonde camino descubro sus bocas. La penuria de sus trajes no es nada frente a la de sus ojos, y al pus del heroísmo, ¿qué decir de todo eso? Cuerpos transparentes al sol, con tejido de fantasmas. Si olvido, aún sé que siguen recogiendo victimas –apenas comienzan- y no hay fin, durará hasta la noche y todas las noches y mañana y pasado mañana y después y siempre. Dentro de cinco, nueve, cincuenta, doscientos años abriré nuevamente la ventana y la escena no habrá variado. Los espectros serán los mismos otros, pero ella no se alterará, no habrá modificación, una corrección de última hora”.

El poeta en su sensibilidad da en la diana al sostener inapelablemente que alrededor de toda exaltación heroica hay pus mal oliente y un ejército de fantasmas. Esta historia como monotonía e inutilidad confirma el fracaso del proyecto humano y denuncia elegantemente al fenómeno de la guerra como un homicidio en masa (Igino Giordani, 1894-1980). 

La historia debe inspirar para la vida y ésta se desarrolla siempre en el presente. Y debe ser una historia cuyas temáticas estén impregnadas de estímulos positivos basados en la preservación de los derechos humanos, las causas justas y la reivindicación de la paz. La historia hay que vaciarla de muerte y revestirla de aire puro, arte, cultura, solidaridad y amor condenando todas las carnicerías humanas que se han suscitado como una locura gloriosa e irracional. 

Para el poeta Rafael Cadenas estamos condenados inexorablemente a repetir la historia como tragedia y desolación. La recurrencia de las bombas y los conflictos que no remiten, el llanto inconsolable de las víctimas, en su inmensa y devastadora mayoría: civiles e inocentes en Afganistán, Siria, Palestina, Israel, Turquía, Venezuela, Méjico, Ucrania y tantas otras geografías confirman tercamente la necedad humana. 

 

 


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