Importar o no importar: ¿He ahí el dilema?
Escrito por Enrique González Porras   
Sábado, 24 de Abril de 2021 00:19

altUno de los temas de mayor consenso en economía lo constituye los beneficios derivados del comercio por permitir a los países niveles de consumo,

así como alcanzar estadios de bienestar social, superiores en comparación a situaciones limitadas por una frontera de posibilidades de producción dada y por la competitividad absoluta de sus sectores económicos domésticos.

Adicionalmente, desde la perspectiva microeconómica, suele pensarse que el precio de paridad de importación constituye un umbral a partir del cual los precios internos podrían asomar poder de mercado por parte de los oferentes domésticos quienes pudieran estar descremando los mercados domésticos. Dicho de otra manera, dicha oferta de productos de origen importado y sus precios podrían contribuir a disciplinar los mercados domésticos en favor de los consumidores en la medida que no existan mayores barreras a la entrada de productos de origen foráneo. Lo anterior parte, entre otros supuestos, de considerar cierta homogeneidad de los productos, porque ante productos diferenciados, la comparabilidad de precios, vis a vis, no resulta del todo reveladora (no sólo en materia de diferenciación vertical como mencionaremos a continuación sino incluso respecto a los costos como asomaremos más adelante). En este orden de ideas, mayores precios no tienen porque significar pérdida de excedente del consumidor en la medida que el producto diferenciado verticalmente -en términos de calidad- pueda implicar mayor cualidad del producto y un incremento más que proporcional en la disponibilidad a pagar, ergo en el excedente del consumidor, en términos del precio del mercado.

Sin menoscabo de los dicho anteriormente, la consideración del precio de paridad de importación como criterio disciplicador sobre precios domésticos requiere valorar ciertas consideraciones como podrían ser los costos internos y el hecho que suele afirmarse que los mercados internacionales no sólo resultan más competitivos y elásticos sino que en ocasiones ciertos mercados internacionales se encuentran referidos a productos que provienen de ofertas conjuntas -Joint Supply- (en este caso específico los precios internacionales no consideran costos comunes y conjuntos dado que el valor del producto en el mercado doméstico es tal que es capaz de soportar todos estos costos, y los precios internacionales sólo reflejarían en el mejor de los casos los costos marginales o incrementales porque incluso podrían ser vendidos a “precios predatorios” y/o de dumping. Esto encontraría explicación en el hecho que una vez producidos dichos productos, los criterios de costos en nada contribuyen a diseñar propuestas de precios basadas en valor que permitan incorporar ingresos y beneficios marginales a sus oferentes en los mercados internacionales).

Entonces, Importar o No Importar: ¿He ahí el Dilema?

La respuesta dependerá de a quién está representando quien la contesta y cuáles son los intereses que busca proteger. Dicho de otra manera, ¿nos interesa ver el efecto general sobre el bienestar social, sobre el excedente de los consumidores, nos interesa valorar los efectos dinámicos o simplemente su efecto redistributivo en favor de los oferentes domésticos?

Si consideramos el hecho de una política pública de anclaje cambiario con intensiones anti-inflacionarias, o producto de una sobrevaluación de la moneda por efectos tipo enfermedad holandesa donde el nivel del tipo de cambio ha estado determinado por la otrora competitividad de un sector como el petrolero, la teoría de las ventajas comparativas asomaría que en la medida que dicha ventaja sea sostenible en el tiempo el comercio expandirá nuestras posibilidades de consumo. Otro tema distinto lo constituye que dichas ventajas comparativas hayan estado limitadas en el tiempo o hayan caducado.

Más allá, en la actualidad y de forma coyuntural podría presentarse cierto rezago en el ajuste del tipo de cambio considerando la elevada inflación interna, pero ante un escenario de un mercado libre de divisas y ante el colapso de la industria petrolera, debería tenderse a estabilizar en el “largo plazo”. La tesis de una política deliberada de rezago en el ajuste en un mercado libre con un actor público sin músculo en divisas, no es del todo robusta y parece ponderar efectos redistributivos.

Nivelar el terreno de juego es obviamente un criterio que tendría que ser aplicado en ambos sentidos, especialmente si estamos valorando el excedente del consumidor e incluso el bienestar social. Ventajas artificialmente creadas o mantenidas en el tiempo producto de aranceles sobre insumos que restan competitividad al valor agregado doméstico mientras no se aplican aranceles sobre productos de consumo final de origen importado, es obviamente un contrasentido si el propósito es tutelar a los consumidores finales venezolanos. Sin embargo en este mismo orden de ideas si bien precios domésticos superiores a los internacionales automáticamente no implican poder de mercado por parte de oferentes nacionales, cualquier acción pública que los protegiera tendría efectos redistributivos en contra de los consumidores venezolanos e incluso negativos en contra de la eficiencia dinámica de los mercados domésticos. No deja de ser cierto que operar y producir en Venezuela puede implicar ciertos sobre-costos que individualmente no pueden ser resueltos por el empresario, por ejemplo escasez de capital humano, lo que nos debería hacer pensar que el tema es multifactorial más allá del tema cambiario y arancelario. Venezuela requiere un programa de estabilización y una visión de desarrollo, con políticas económicas e instituciones que permitan imprimir profundidad y competitividad a su economía y a su mercado doméstico.

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