Monofonía de una repetición eterna
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | @perezlopresti   
Martes, 20 de Abril de 2021 00:00

altPara muchos, la subida al Chomajoma es una de las partes más duras de la travesía por la Sierra Nevada de Mérida.

Luego de hacer cumbre en el Humboldt se hace necesario cruzarlo para llegar al Pico Bolívar y muchos ya están cansados del trayecto recorrido. Personalmente siento que el Chomajoma no tiene mucha dificultad, ni técnica ni física, porque en ese lugar no hay opciones y se sube o se sube. No hay enigma alguno, porque lo contrario es devolverse hasta La Verde, luego a La Coromoto y bajar hasta La Mucuy para terminar en la ciudad de Mérida, lo cual significa darse por vencido y abortar la escalada. En eso de conseguir dilemas donde no los hay, parece que a muchos se les va parte de la vida. Tal vez si algo enseña la montaña, además de recordarnos lo profundamente humanos y vulnerables que podemos ser es también a medir fortalezas y tomar decisiones que pueden costar vidas. Tratándose de una distracción, el montañismo tiene su dosis de seriedad, de profunda seriedad. 

Seriedad de altura 

Subir y bajar cerros requiere de gran preparación física. No es menor la preparación emocional. Más cuando algunos hemos desafiado el sentido común y gozamos al retar la montaña con nuestra soledad como compañía. Eso de asomar decisiones va de la mano con tomar posturas, mostrarse como se es y asumir las consecuencias de estar vivos y que otros se enteren de nuestro tránsito por el planeta. Pasar desapercibidos puede ser el arte de quienes carecen de atributos o los necesitan ocultar por tenerlos en demasía solo para no opacar a otros. Parece que las dos cosas van de la mano y cierta discrecionalidad aplica. En ese subir y bajar cerros conocí gente muy sencilla, que es capaz de disfrutar de la contemplación y hacer de un instante una eternidad de recuerdos. Eso ha sido la montaña en mi vida y lo he asumido con el aplomo de quien no se plantea la idea del reposo como un fin, sino de entender la vida como una aventura que lleva a otra en una espiral infinita de ir y venir en torno a los mimos lugares y estampas que están ahí, esperándonos para ser descubiertos y a la vez descubrir cosas de nosotros mismos, como la capacidad de desarrollar el sentido común y el respeto por la solemnidad de la belleza. 

Llantos en la montaña 

En la cumbre del Humboldt un montañista amigo se puso a llorar cuando gritó cumbre y me dijo que le dedicaba el esfuerzo a su hermano, que forzosamente había tenido que migrar a Chile por la situación social y política que existe en Venezuela desde hace más de dos décadas. Me explicó que había sido duro para todos en su familia, pero gracias a que su hermano estaba en el país del Sur del continente, su gente había podido recibir remesas y mejorar las condiciones de vida. No le conté que ya tenía los pasajes comprados para hacer la misma travesía que su hermano, porque en eso de tomar decisiones no se me va la fuerza y Chile asomaba como el único lugar en donde se podía vivir en la América Latina. La gran incursión a lugares remotos es un lugar común en la vida de los pueblos y forma parte de la civilización. De migraciones a la fuerza está hecho lo mejor de lo humano y así seguirá siendo. Lamentablemente no es algo nuevo bajo el sol. El asunto no es migrar sino saber qué sitio apuntar. En el desairado presente cualquier lugar donde se pueda trabajar es buen destino. A veces los aires se ponen enrarecidos al punto de parecer que vivimos en una gran pandemia o simplemente no parecerlo. La impetuosa incertidumbre gusta salirse con las suyas y hacernos bromas de mal gusto. Después de un largo recorrido, resulta que en nuestras alforjas no existe ningún avío, sino que su contenido fue sustituido por piedras pesadas. 

¿Caminando o por avión? 

“-En realidad vine nadando”, le respondí a la compatriota que vendía celulares y trataba de imitar el acento de los locales, a la vez que le devolví al pregunta: “-¿De qué parte de Venezuela eres?”, para confirmarme que teníamos el mismo origen, tanto de partida como de llegada, distanciados solo por meses de diferencia en el arribo a estas tierras lejanas. En estos tiempos y ajenos lugares he conocido lo mejor de lo humano, para asombro y deleite. De la mezquindad y las bajezas ya sabemos, porque siempre nos han tratado de sabotear y las distinguimos sin mucho esfuerzo porque como abejorros al dulzor, revolotean a nuestro alrededor. La dura Venezuela de donde vengo es una escuela de artes y oficios para empaparse de la miseria humana. La mediocridad circundante en cualquier rincón es tan natural como que salga el sol o respire una rana. Lo interesante es no envilecernos quienes apostamos por un mundo mejor, en esa extraña y quijotesca lucha contra entuertos provocados por remedos deformes de humanos. Se salva quien no pisa el peine de ponerse al nivel de quien vive en el inframundo mental de lo mediano. Trasciende el hombre con aspiraciones de hacer cosas buenas para sí mismo y para cuanto le envuelve.

  


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