El segundo vuelo
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | @perezlopresti   
Martes, 05 de Enero de 2021 05:43

altUna de las más grandes ambiciones que podría tener un hombre de pensamiento es la de entender sobre arte y practicar un arte.

Esta doble faceta rara vez se da y cuando aparece es potencialmente enriquecedora. 

Mi profesor de psiquiatría en la Escuela Vargas de Caracas, Moisés Feldman, llegó a desarrollar un trabajo sobre Armando Reverón, el cual es sin duda un aporte a la psiquiatría venezolana y a la potencial posibilidad de ser más claro con la dimensión psicológica de tan relevante personalidad. Cabe señalar que Feldman es un humanista, por lo que su visión acerca de tan singular artista, lejos de encasillarlo con reduccionismos que categorizan, lo enriquecen en su inmensa dimensión de creador. 

Reverón comparte la condición de artistas que viven en la cuerda floja como Ralph Barton, Paul Gauguin, Hugo van der Goes, Vincent van Gogh y tantos otros hombres universales. No en vano Aristóteles inicia el texto conocido como el problema XXX con la pregunta “¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres excepcionales, en lo que concierne a la filosofía, la ciencia del Estado, la poesía o las artes, son manifiestamente melancólicos?” 


Nuevamente aviones

El segundo vuelo que tiene que ver con estas líneas lo perdí hace ya unos cuantos años. Estaba presentando unos trabajos de investigación en el Congreso Nacional de Psiquiatría que en esa oportunidad se desarrollaba en Punto Fijo. El regreso fue bastante tortuoso. El avión se averió en el aeropuerto Las Piedras, así que a finales de la tarde y luego de un tumulto ocasionado por los enfurecidos pasajeros, la línea aérea nos llevó en transporte terrestre hasta Coro, al aeropuerto José Leonardo Chirino. Allí estuvimos como cuatro horas, luego de las cuales como consecuencia de la confrontación entre pasajeros y representantes de la línea aérea se nos prometió que nos trasladarían a Maiquetía y de allí a Mérida esa misma noche.

En Maiquetía estaban unas camionetas esperándonos para llevarnos a un hotel en Catia la Mar, ya que la posibilidad de partir a esa hora hacia Mérida había sido negada por la única persona de la aerolínea que les dio la cara a los enfurecidos viajantes. La maldijeron y le desearon la muerte a ella y a los suyos. Total, que terminé en un taxi pagado por la aerolínea conducido por un hombre de cara dura y absolutamente “mutista” que me habría de llevar al hotel que la empresa de aviones dispuso para mí. La mayoría de los pasajeros terminaron regados en hosterías y posadas de Catia La Mar. 

 

En Catia La Mar con hambre

El hambre me carcomía los intestinos ante el hecho de que se nos negó pagarnos la cena, así que hice (obligué) detener al taxista en una pollera que estaba situada cerca del restaurante chino que conocía desde temprana edad. Lo único que le escuché fue su advertencia cuando me bajé del vehículo: “Tenga cuidado, que es peligroso”. Me bajé del carro y pedí un pollo para llevar y cuatro cervezas bien frías mientras el taxista esperaba. El restaurante chino ya no existía, de ese lugar que me dio tanta alegría quedaba una estructura en ruinas, abandonada. La pollera estaba muy concurrida pese a la hora (o tal vez por la hora). Gente de pie esperando los pollos con aspecto famélico, otros lucían francamente atemorizantes, con tatuajes en el rostro, un olor a ron y cerveza impregnaba el lugar y competía con el olor del plumífero a la brasa. Algunos transexuales ocupaban la mesa al final del local. Alguien me preguntó la hora y simplemente le dije que no tenía reloj. Ya con mi pollo vía al hotel sentí que me había salvado de una puñalada. Lo peor estaba por venir.

El taxista me dejó justo frente a la entrada del hotel. El olor a sangre del hombre que acababan de asesinar hacía contraste con el ruido de las motocicletas que rápidamente se iban del lugar. Alguien comentaba que le habían pegado siete tiros. El taxista me dijo que él mismo era quien me iba a pasar buscando para el retorno al aeropuerto. Llegó una furgoneta de algún cuerpo de seguridad y se llevó el cadáver. No hubo preguntas. Una vez en la habitación, agotado por el viaje, escandalizado por la violencia del crimen que acababa de ocurrir y apesadumbrado por la anómica Catia La Mar nocturna y ajena a mis recuerdos de temprana juventud, me senté en la cama y me bebí rápidamente un par de cervezas. Recordé los tiempos aquellos en que visitaba con tanta alegría esos lugares. Abrí la bolsa y hambriento y de manera atropellada devoré el pollo y ganaba el hambre. Más nunca visité Catia La Mar.

Hace años, en una entrevista laboral, el examinador me preguntó con curiosidad si podía lidiar con la nostalgia de haber dejado mi país. Sabe Dios por cuál razón recordé las visitas a Catia La Mar y las personalidades que hemos dado al mundo, siendo Armando Reverón un ejemplo de ello. Le contesté sin dificultad que era más fácil conseguir los ingredientes para las hallacas en Santiago de Chile que en Santiago de los Caballeros de Mérida. Así nomás. 

 


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