Aura Parra de Labastidas: balance de una vida, balance de un país
Escrito por Iván R. Méndez | @ivanxcaracas   
Domingo, 20 de Marzo de 2022 22:21

altMi tía Aura es un personaje-memoria para trazar la historia contemporánea de Venezuela. 

Nacida en Monte Carmelo (Trujillo) en 1928,  un pueblo fundado en 1675, que fue asiento de encomendaderos de la corona española y dependiente del Distrito Escuque hasta 1987, cuando alcanzó su autonomía municipal. A finales del siglo XIX, ese pueblo próspero en café, recibió a inmigrantes italianos de la Isla de Elba , por eso tengo primos de apellido Poggioli y Garbati.

Monte Carmelo a mediados del siglo XX. Foto de Julio Quintini

Aura Parra de Labastidas creció entre Monte Carmelo y San Antonio, donde mi abuela, Erlinda Méndez, tenía sus haciendas, administradas junto su esposo, Justo Parra. Eran días bajo la bota militar de Juan Vicente Gómez y sus arbitrarios jefes civiles .

Maestra normalista, Aura ejerció, con severidad decían algunos, la docencia por más de 30 años. Lo hizo en Monte Carmelo y luego en Carrizal (Miranda) . Ella emigró a Caracas  en 1958 con su esposo, Francisco (Pancho) Labastidas, y fueron recibidos en el edificio Papirusa de Bello Monte por papá (Rafael Ángel Méndez) y mamá (Eudorina Marcano Villegas), quienes los apoyaron en los inicios de su aventura caraqueña: ella como educadora; Pancho primero como ayudante de papá en sus negocios en el estadio de fútbol y luego a estudiar e incorporarse a la Policía Técnica Judicial (PTJ) donde se ganó un par de “cangrejos de oro” por resolver casos de estafas.

Pasada una década, el país que trataba de consolidar su democracia bajo el gobierno de Raúl Leoni, les permitió obtener crédito para su apartamento en Coche y su primer automóvil (un volkswagen escarabajo). Cumplidos sus años en la Administración Pública, empezaron a vivir de sus pensiones. Cuando empecé la universidad, recuerdo que Aura, ya pensionada, me compró mi primer libro de estadística, que requería para las clases en la UCAB. Y no eran infrecuentes las visitas a su casa, para comer arepas de trigo trujillanas con mojito, tortas y otros deliciosos platillos que nos preparaba a mis hermanos y a mí. Recuerdo su apartamento en las Residencias Venezuela siempre ordenado y brillante, con largos floreros llenos de monedas, adornos de porcelana y miniaturas de cristal que protegía con una mirada severa cuando yo intentaba manipularlas. 

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Desde afuera, Aura era una mujer “seria”, afianzada en su visión del mundo marcada por el orden, los buenos modales, la solidaridad  y la religiosidad, valores que permearon su cotidianidad hasta su último día.  Pero más de cerca, al calor de un abrazo o una llamada, la tía conectaba con amplitud y humor con sus sobrinos, amigas y hermanas a niveles tan profundos que se conviritieron en parte del ADN de nuestras vidas. 

Su travesía existencial la llevó de regreso a Monte Carmelo a finales de la década de los ochenta. Los dos pensionados vendieron a mi hermana Anerlín y su esposo Rosmel su apartamento en Caracas y se construyeron una hermosa casa en El Prado, un caserío cercano a Monte Carmelo. Allí labraron, con paciencia, una nueva etapa de sus vidas. Las señoras que le ayudaban en casa, les llevaron a sus hijos, que devinieron al poco tiempo en primos (Gabriel, Denis) para nosotros. Con el pasar de las décadas criaron a Denis como su hija, antes lo hicieron con Beatriz Elena (hija de tía Nelia). Con sus pensiones apoyaron a Denis hasta graduarse como docente en el área de biología. Y no fueron pocos los bachilleres montecarmelitanos que recibieron su mesada al anunciarle a los tíos que se irían a Valera a cursar estudios universitarios. 

De esa casa en el Prado pasaron a vivir en Monte Carmelo, en una vivienda construida junto a la casona de la señora Labastidas, la mamá de Pancho.

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Y entonces el país cambió

Luego de los primeros lustros del régimen chavista, empezó la lenta emigración de los jóvenes montecarmelitanos buscando oportunidades de trabajo y estudio en otros países fronterizos. El pueblo fue azotado por un fuerte temblor en el 2018 que derribó la iglesia y algunas de las casas más antiguas. Llegaron los apagones, que más nunca se fueron. Desapareció la comunicación telefónica (no podíamos contactar a los tíos, si no que teníamos que esperar que ellos nos llamaran, cuando la señal del teléfono móvil volvía por pocas horas). Se acentuó la emigración. Y la inflación como política de Estado acabó con el valor de las pensiones de Aura y Pancho. Esos US$2 mensuales que recibían se convirtieron en problemas de salud: ¿cómo ir  a la consulta del médico o comprar sus medicinas si antes tenían que comer?. Desde Caracas y Maracaibo sus sobrinos no podían mandarles medicamentos, ya que por años el régimen prohibió enviar alimentos o medicinas por los servicios de encomienda. 

Entonces vendieron su casa para poder sortear la crisis. Incluyeron una cláusula en el contrato: el comprador solo podría tomar posesión del inmueble una vez los tíos fallecieran. Desde Caracas, recibían ayuda en transferencias que iban de la capital a una cuenta en Maracaibo de un sobrino de Pancho  y de allí a la cuenta de una pariente en el pueblo, y así pagar algunas cosas para llevar el día a día.

No sé cuántas veces intentamos viajar a Monte Carmelo en el último lustro para visitarlos. La falta de gasolina, el peligro de los atracos en las autopistas y carreteras hacia Occidente, nos fueron separando de Aura y Pancho. Hasta que los vimos en Facebook. Sí, en Facebook, dos viejitos exaltados en una crónica, donde se indicaba que la gente que quedaba en el pueblo empezó a ayudarlos, acompañarlos, llevarles comida preparada. Una muestra de  solidaridad iluminando el ocaso.

Tía Aura fallece hoy, 20 de marzo, junto al país que conoció. En sus últimos años, la sostuvo la fuerza del amor, su relación de seis  décadas con el tío Pancho fue el filtro para atenuar tanta fragmentación de la realidad. 

Sé que esta historia es espejo para cientos o miles de familias venezolanas, por eso la escribo.

Los ancianos que trabajaron y levantaron a la Venezuela post dictadura pérezjimenista, se despiden en un país más rural y devastado que el legado por el otro dictador tachirense en 1936.

Mi tía Aura (28-07-1928 | 20-03-2022) ahora es memoria. Mas también es un llamado urgente a sus descendientes: tenemos que seguir luchando para recobrar la democracia y el país que ella ayudó a edificar.

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|*|: Forografía de Aura y Pancho descargada del Grupo de FB "De Monte Carmelo para el mundo

|**|: Fotografía de Monte Carmelo a mediados del siglo XX descargada del FB de Julio Quintini.


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