Salud
Una mente limpia para vivir el presente
Escrito por Carmen García Mollón
Domingo, 17 de Enero de 2016 08:21

Una mente limpia para vivir el presente
Todos los días hay que limpiar nuestra mente. Eliminar toda la información y pensamientos innecesarios que hacen referencia al pasado, deseos insatisfechos, miedos, preocupaciones e intuición. Si no nos deshacemos de ellos mientras estamos hablando con otra persona no le prestaremos la atención suficiente porque estaremos pensando en otros asuntos.
Si nuestra mente está despejada será más sencillo incorporar nueva información que nos transmite el interlocutor en una conversación. A veces no utilizamos nuestra capacidad de escucha y preferimos activar el piloto automático. Oímos lo que ya sabemos y antes de que termine la frase contestamos con “sí, esto ya lo sé”. Prestamos atención para confirmar lo que ya sabemos sin dar la oportunidad a obtener nuevos datos.
Hay que saber escuchar. No solo centrarnos en nuestra voz interior porque una buena forma de aprender es a través del contacto con los demás. En una conversación en la que dejamos a un lado nuestro interior para prestar atención al interlocutor nos conduce a indagar más y una comunicación más fluida. Se trata de llegar a que la escucha sea empática.
La escucha empática es con uno mismo. Percibir lo que nos intenta decir nuestra intuición. A veces nuestras creencias nos dicen “no, no, por aquí no, por allá” pero después pensamos “tendría que haber hecho lo que pensaba”. Hay que dejarse llevar por el momento presente sin pensar en el pasado o futuro. Este tipo de escucha se basa en sentir. Ayuda a descubrir nuestro interior y poder percibir mejor las sensaciones que nos transmite el que está ante nosotros.
Para activar la escucha empática lo hacemos con la inteligencia del corazón. Lo conseguimos si dejamos a un lado la preocupación por el pasado, pensar cómo será el futuro o juzgar, criticar y culpar a los demás. Para lograr este sentimiento de paz y tranquilidad se hace a través de la meditación. Escucharse a sí mismo. Imaginar que estamos al lado de un río y allí tiramos todo lo que no necesitamos en este momento. Después vemos como la corriente se lo lleva. O pensar que cada pensamiento innecesario es una hoja que se la lleva el viento. Desprenderse de todo aquello que no sirve y ocupa espacio. De esta forma podremos disfrutar mejor del momento presente y la escucha será empática.
Las conversaciones están llenas de sentido. El modo de atención con el que escuchamos determina el resultado del encuentro. Si escuchamos desde nuestro yo centrado en lo que ya sabemos la conversación no será interesante. En cambio si el diálogo es dinámico habrá mayor comprensión.
La meditación, la mente despejada y el corazón junto con la voluntad abiertos a escuchar nos llevan a estar interconectados entre todos. El libro de Otto Scharmer Teoría U: Liderar desde el futuro a medida que emerge recoge los diferentes niveles de escucha y orienta en el hecho de que es mejor vivir el presente y proyectar el futuro que permanecer anclados al pasado.
Carmen García Mollón
Periodista

altTodos los días hay que limpiar nuestra mente. Eliminar toda la información y pensamientos innecesarios que hacen referencia al pasado, deseos insatisfechos,

 
El poder de compartir
Escrito por Laura Zamarriego Maestre
Sábado, 02 de Enero de 2016 00:47

altEl trueque nació en el Neolítico. Herramientas de sílex, lanzas, zapatos, collares o productos agrícolas disponibles para intercambiar en pequeños mercados.

 
Aislamiento, enemigo de la salud
Escrito por Laura Zamarriego Maestre
Sábado, 28 de Noviembre de 2015 08:08

Aislamiento, enemigo de la salud
El daño producido por la soledad es equiparable a fumarse quince cigarrillos diarios. Lo sostiene Julianne Holt-Lunstad, autora del estudio Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review. La razón, apunta, se encuentra en que la falta de relaciones sociales y afectivas hace aumentar el estrés y empuja a la persona a un estilo de vida menos saludable. Por el contrario, “cuando alguien se siente conectado a un grupo, se sabe responsable de otras personas y ese sentimiento de tener un objetivo, de tener un propósito, se traduce en cuidarse más y tomar menos riegos”, afirma.
La investigación de la profesora Holt-Lunstad alerta sobre la gran cantidad de personas que viven solas en los países occidentales, en su mayoría ancianas. Solo en España, la cifra asciende a 1,5 millones, según datos de la Fundación Amigos de los Mayores.
“El derecho a un envejecimiento activo y saludable choca con la soledad a la que muchos se enfrentan y con las barreras arquitectónicas que tienen que sortear”, señala Carlos Miguélez, responsable de Comunicación de Solidarios para el Desarrollo, una organización con programas de convivencia intergeneracional. “Estas barreras, el aislamiento y el miedo a que les pase algo les impide salir de su casa para dar un paseo, hacer la compra u otras actividades que cualquiera da por sentadas en su vida diaria. Al aislarse, se van distanciando de la vida real”.
Es el caso de Jesús, que lleva 13 años sin salir de su casa por problemas de movilidad que le impiden bajar o subir escaleras. “Debido a mi patología paso mucho tiempo desconectado de la vida. Me ayuda una azotea grande que hay aquí, desde la que me asomo a la calle y respiro. Así es como conecto con el espacio exterior”, cuenta.
Según concluye una investigación recogida en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), las personas mayores que apenas reciben visitas tienen un 50% más de posibilidades morir de forma prematura que aquellas que mantienen lazos sociales. El estudio pone el foco en el efecto que tiene la soledad sobre el cerebro.
“La soledad y el aislamiento social están relacionados con el declive de las funciones cognitivas y el riesgo de desarrollar enfermedades mentales”, alega Andrew Steptoe, del University College London (UCL) y responsable de la investigación. “Debemos empezar a entender que la salud no es solo algo relativo al cuerpo, de si todos los órganos funcionan como deben, sino que también depende de la actividad social”.
Los expertos aseguran que la comunicación humana es la esencia del normal funcionamiento del cerebro.
“La soledad impide una buena estimulación cerebral y el cerebro necesita de estímulos para fomentar la aparición de espinas sinápticas y generar plasticidad neuronal”, explica José Luis Molinuevo, coordinador de la Unidad de Alzhéimer en el Hospital Clínic de Barcelona y director científico de la Fundació Pasqual Maragall.
Las relaciones sociales, advierte, son un poderoso estímulo tanto intelectual como emocional. Carecer de ellas, sin embargo, aumenta el riesgo de sufrir depresiones. Además, los efectos sobre el metabolismo y el sistema nervioso pueden empeorar la calidad del sueño.
A nivel fisiológico, la soledad también afecta el sistema cardiovascular. Se ha demostrado que sentirse aislado aumenta el riesgo de padecer enfermedades coronarias y que las personas solitarias tienen mayores valores de tensión arterial y frecuencia cardiaca. Los niveles de cortisol (hormona implicada en el estrés) también muestran valores superiores. Las  personas con un menor apoyo en su entorno quizá precisen estar en alerta para controlar las posibles dificultades que surjan. Si a esto le sumamos las pérdidas de capacidades propias del envejecimiento, las posibilidades de que la persona mayor perciba soledad y desamparo se intensifican.
Para la psicóloga Andrea Henning “el calor humano es como el alimento. Los vínculos son esenciales para el desarrollo. Desde que somos niños necesitamos los cuidados de otros seres humanos para sobrevivir. Si no tienes ese estímulo, merman tus capacidades cognitivas y no nace la motivación”, sostiene la especialista, quien repara en que la soledad en la que viven muchas personas mayores nos concierne a todos: “Nos afecta también a nosotros, a los jóvenes, porque nos estamos perdiendo un tesoro, que es su experiencia, sus biografías”.
“Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”, decía el filósofo británico Henry David Thoreau. Así pues, la soledad es agradable cuando se tiene a alguien con quien compartirla.
Laura Zamarriego Maestre
Periodista
Twitter: @LZamarriego

altEl daño producido por la soledad es equiparable a fumarse quince cigarrillos diarios. Lo sostiene Julianne Holt-Lunstad, autora del estudio "Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review."

 
Querer vivir o querer morir
Escrito por María Guerrero Escusa
Lunes, 05 de Octubre de 2015 01:23

Querer vivir o querer morir
Las crisis forman parte de la vida. Todas las personas atravesamos situaciones difíciles, problemáticas incluso límites a lo largo de la vida que nos sumen en estados de confusión y angustia. Pero sólo algunos recurren al suicidio como forma de salida de ese laberinto loco que enturbia la mente, otros buscan salidas para afrontar la dificultad fortaleciéndose en cada punto del camino y capacitándose para salir a un sitio nuevo de sí mismos.
En una crisis suicida, ¿qué es lo que hace la diferencia entre el deseo de vivir y el de morir? La vinculación y el sentimiento de pertenencia son el alimento del deseo de vivir.
Una persona sometida a diálisis me hablaba en una ocasión de su idea convertida en deseo de quitarse la vida. Respondía a mi intento de reflejarle el dolor que supondría para su familia su muerte, diciendo lo siguiente: “No le importará a nadie. Mi mujer y yo hace años que dormimos en camas separadas, apenas nos hablamos, sólo nos soportamos porque no hemos tenido el valor para romper nuestro matrimonio. Mis hijos ni me preguntan cómo estoy y, cuando se refieren a mí, lo hacen en términos despectivos. No tengo amigos que me visiten ni trabajo por realizar porque esta enfermedad me impide trabajar ¿Qué hago aquí? Solo soy un estorbo sujeto a una máquina que limita mi vivir diario y, sobre todo, ¡estoy tan solo!”
La dimensión social del hombre es fundamental para su desarrollo como persona. Necesitamos sentirnos pertenecientes e integrados en un sistema a partir del cual desarrollamos nuestra identidad personal. Cuando no es así y la desvinculación o el desarraigo dominan la relación con el entorno personal, aparece el aislamiento, falta de interés por los demás, comunicación escasa y encerramiento en sí mismo favorecido por mecanismos de defensa que acrecientan el muro ante la vida.
Los modelos aprendidos referentes al modo de afrontar las dificultades suponen un referente poderoso, así la imitación de repertorios de respuestas ante el estrés puede dar como resultado la muerte en los casos en los que personas significativas optaron por el suicidio. Recuerdo una adolescente de 16 años que hasta en dos ocasiones se lanzó por el mismo balcón de su casa del que se había lanzado su madre apenas unos años antes. En una de esas ocasiones, por un desengaño amoroso; en la otra, por un suspenso y el temor a decepcionar a su padre.
Las familias desestructuradas suponen otra fuente de riesgo por las anomalías en la estructura de la personalidad que la falta de amor, la comunicación abierta y las carencias de cuidado y afecto pueden generar en sus miembros.
Por tanto, lo que marca la diferencia entre querer vivir y querer morir es el sentimiento de pertenencia a un grupo, a partir del cual desarrollamos nuestra identidad personal.
María Guerrero Escusa
Psicóloga, profesora Universidad de Murcia

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Contra el olvido de las personas con Alzheimer
Escrito por Carlos Miguélez Monroy
Viernes, 18 de Septiembre de 2015 11:24

Contra el olvido de las personas con Alzheimer
Casi 50 millones de personas en el mundo malviven con alguna forma de demencia, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Para 2030, ese número podría rebasar los 100 millones y, para 2050, los 150 millones.
Una de las peores manifestaciones de la demencia es el Alzheimer, la enfermedad neurodegenerativa que provoca la pérdida de memoria no sólo en el plano de los recuerdos y de la mente, sino también en el orgánico. Una persona con Alzheimer puede comer cinco minutos después de haber ingerido una comida copiosa. Semejantes desajustes de esta enfermedad provocan irritabilidad, soledad y distanciamiento de familiares, amigos y seres queridos. Del mundo.
Se pensaba que la mayor parte de las personas con esta enfermedad vivían en países ricos, pero la OMS advierte de que más de la mitad viven en países con ingresos medios y en países empobrecidos, donde hay incluso menos recursos para paliar los efectos de una enfermedad que le quita vida tanto a quienes la padecen como a los familiares y a los cuidadores profesionales.
Los avances médicos incrementan la esperanza de vida. Pero el envejecimiento por esos progresos aumenta las probabilidades de padecer esta enfermedad degenerativa para la que no se ha descubierto tratamiento ni cura.
Australia, Dinamarca, Reino Unido, Finlandia, Francia, Corea del Sur, Holanda, Noruega, Irlanda del Norte y Estados Unidos cuentan desde hace años con planes nacionales para sensibilizar a la población sobre el Alzheimer y otras formas de demencia. También dedican recursos para identificar los servicios de apoyo necesarios para cada etapa de la enfermedad, contabilizar los casos, mejorar la atención médica a los afectados y ofrecer un diagnóstico lo más temprano posible.
La OMS centra gran parte de sus recomendaciones a los países en desarrollar iniciativas para luchar contra el estigma que sufren quienes padecen alguna forma de demencia. La falta de información y de comprensión sobre estas enfermedades fomenta el aislamiento del enfermo y de sus cuidadores. Esto retrasa la búsqueda de un diagnóstico y de apoyo sociosanitario. Por otro lado, urge una formación integral para un creciente número de cuidadores, especialistas y médicos para hacer frente al incremento de la población que sufre estos males.
Los planes nacionales abordan la necesidad de dar apoyo de los cuidadores, que en la mayoría de los casos son familiares de la persona con demencia. Estos “cuidadores informales” padecen con frecuencia ansiedad, depresión y otros problemas mentales y de salud física por cargar en sus espaldas una responsabilidad para la que nadie los preparó. Las dificultades que esto conlleva se suman a sus propios problemas diarios: trabajar, pagar el alquiler, hacer la compra, llevar a los hijos al colegio.
La falta de apoyos provoca una dedicación exclusiva a la persona enferma, lo que produce el aislamiento social de los cuidadores. Dejan de tener tiempo para ellos mismos y para otros seres queridos y amigos, lo que genera frustración e impotencia. Además les cuesta sobreponerse a las miradas perdidas, a los olvidos de nombres y de caras, a los repentinos retraimientos hacia otro mundo, con una tristeza dibujada en el rostro.
Cuando no se distribuye de forma equitativa entre los familiares el cuidado del enfermo se producen tensiones y conflictos acompañados de ira. Se remueven viejos rencores y surgen “cuentas pendientes”. Todos esos “sentimientos negativos”, las cosas que se piensan, dicen o sienten en momentos de mayor estrés conducen luego a sentimientos de culpa que desgastan la autoestima y ponen en peligro la estabilidad de la persona. A una persona que pierde estabilidad le resultará más difícil hacerse cargo de los demás cuando su propia estabilidad se resquebraja.
La puesta en marcha de iniciativas coordinadas redundará en una mejora en la calidad de vida de los cuidadores. Ese bienestar favorece los cuidados, la responsabilidad compartida entre los familiares, la búsqueda de apoyo y la apertura a los demás. Cualquiera puede acabar en una situación semejante
Distintas sociedades han conseguido dar años a la vida. Pero conviene no olvidar que ha llegado el momento de promover iniciativas para llenar de vida a los años. Hablar del Alzheimer y de la demencia supone un avance pequeño, pero fundamental.
Carlos Miguélez Monroy
Periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias
Twitter: @cmiguelez

altCasi 50 millones de personas en el mundo malviven con alguna forma de demencia, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

 
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