Virus y ontología
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 30 de Septiembre de 2020 00:00

altComo necesidad recurrente, es propio de lo humano tratar de dar sentido a las cosas.

Incluso hay una escuela de psicoterapia llamada logoterapia, de carácter existencialista, en la cual se intenta explicar el sentido de la vida desde el padecimiento del sufrimiento, particularmente su potencial utilidad. Entendiendo el sufrimiento como algo que debe tener algún sentido, más cuando condiciona la manera en que a muchos les ha tocado enfrentar o conducir predominantemente sus vidas. La vida sin sufrimiento no existe y de ahí que la ontología y el sufrimiento son una dupla inseparable que siempre va a dar qué pensar y tiene en Víctor Frankl a uno de sus más importantes exponentes. En ese orden de ideas, ha surgido infinitud de futurólogos que, como maestras de escuela, ya adelantan lo que pudiésemos considerar “el legado del virus”. 

El legado de Coronavirus  

Como consecuencia de la recesión económica que va de la mano con la pandemia, se perfila un tiempo en el cual el grito de “sálvese quien pueda” ya comienza a retumbar. La supervivencia se hace prioritaria, independientemente de los recursos o métodos que se usen para lograrla. Es difícil establecer una ética de la recesión económica, sobre todo porque habría que tratar de hacer una ética del hambre y en el siglo XXI, no era esperable que apareciera una pandemia como hace un siglo apareció la gripe española. A mi juicio, dada la necesidad de sobrevivir, el aprendizaje será potencialmente predecible, en donde la ruindad, la mezquindad y la poca capacidad de empatizar podrían salirse con la suya. 

Es básico tratar de sobrevivir cuando las circunstancias son apremiantes y desbordan las posibilidades de sortearlas. El miedo, la lucha y la huida siguen siendo las tres respuestas ante lo adverso, en este caso microscópico. Las tres potencialmente están ligadas con el lado abominable de lo humano. 

La paradoja del regreso al pasado 

Hoy, en la prensa, el titular era que ya habíamos superado el millón de muertos por coronavirus a nivel mundial. Cifra poco alentadora en un siglo que se jacta de sus avances tecnológicos, los cuales a todas luces son más atinentes a exaltar un alarde de vaciedades y temas volátiles en donde occidente hace pompas de una baja capacidad de aspirar cosas mejores para lo humano. Pareciera que va ganando la lidia ciertas exaltaciones perversas, además de hacer ostentación pública de cosas íntimas que no deberían interesar a gente ocupada.

Se regresa escandalosamente al pasado en el sentido de depositar la esperanza de la lucha contra el coronavirus en el desarrollo de una vacuna que no llega, lo cual es literalmente volver al siglo XVIII y retomar el camino de Edward Jenner, “el padre de la inmunología” y el descubrimiento de la vacuna contra la viruela y los posteriores avances en relación con la vacunación que hace Louis Pasteur en el siglo XIX. Nada contemporáneo. Se regresa literalmente a los albores de cosas demasiado básicas sin tener resultados contundentes y mucho menos expeditos. 

Lo otro llamativo de todo esto que ocurre con relación a la pandemia es el fracaso de la implementación de políticas de prevención desde el inicio de la propagación del virus (uso de tapabocas, lavado de manos y distanciamiento físico). En este punto es notable que sigamos viendo a los que lideran el mundo haciendo apología a controvertir el sentido común.  

Además de lo anterior, se apuesta al nosocomio como recurso salvador. Triunfa nuevamente lo más depurado de la medicina occidental y las naciones se ven volcadas a invertir cuantiosas sumas de dinero en unidades de cuidados intensivos y ventiladores mecánicos. Gana la medicina occidental con su modelo hospitalario y desarrollo de vacunas, mientras se distorsiona la prevención temprana como elemento que perfectamente pudo limitar el daño. 

No puede sonar sino como falta de sesos que en importantes centros de salud del mundo se le pidió al personal que no utilizase implementos de protección personal, porque podía crear caos entre los ciudadanos. El nivel de esta irresponsabilidad no tiene límites. 

La esperanza vence 

La esperanza es un mecanismo de defensa que tiene ciertas complejidades. Es una mezcla de otros mecanismos de defensa que van desde la negación hasta la sublimación. Necesariamente el ser humano se tiene que aferrar a ella o de lo contrario la vida no tendría sentido. De ahí que hay una esperanza que atañe al día a día y facilita las relaciones con lo circundante, permitiendo que el ser humano sueñe con un mejor porvenir. Además, la esperanza se vende como paquete de doble cupón y a los que nos les va bien por los lados de acá tienen al más allá para reconfortarse. Si en esta vida no se les dio las cosas como potencialmente aspiraron, les queda la idea esperanzadora de la trascendencia. Si no es en este mundo, será en el que sigue, dirá el hombre de fe. La esperanza vence porque sin ella quedaríamos enceguecidos por tantas cosas que nos rodean.  

 

 


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