El modelo ecológico y la vida
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Viernes, 26 de Abril de 2019 00:00

altCada vez que me invitan a explicar la manera como concibo la existencia, cualquier aproximación de carácter medianamente sistemático

con la cual intento dar sentido a las cosas, tiende a ceñirse a la teoría de los sistemas. “Todo tiene que ver con todo” es el aforismo que me ha acompañado durante buena parte de mi vida, la cual es concebida como un sistema inmerso en otro, que se encuentra ensimismado en uno de mayor complejidad y así hasta el infinito. De ahí que entiendo que forma parte de la misma dimensión humana el estudiar la etiología de la gripe común y admirar una obra de Miguel Ángel. 

Están al mismo nivel un episodio de mala digestión con comprarse un auto nuevo enamorarse o tener un hijo. Cada cosa vinculada con la siguiente, generando una infinitud de redes de vinculación que para muchos es difícil de percibir. En una espiral infinita de interrelaciones, la vida es un rompecabezas de tamaño inconmensurable que cada vez que nos aproximamos a la posibilidad de completarlo, aparece una porción que no sabíamos que existía. El modelo ecológico de ver la vida es propio de una manera de conducirse con la cual me siento a gusto, el cual va de la mano con las aventuras y el principio de incertidumbre. 

El modelo de mayor influencia sobre el desarrollo humano en el contexto del ambiente quizá sea el que propuso el psicólogo Urie Bronfenbrener. Según su sistema de modelos ecológicos, el desarrollo humano es un proceso dinámico y recíproco. En esencia, el individuo en crecimiento reestructura en forma activa los numerosos ambientes en donde vive y, al mismo tiempo recibe el influjo de ellos, de sus interacciones y de los factores externos. Bronfenbrener concibe el ambiente social como una organización anidada de cuatro sistemas concéntricos, Un aspecto esencial del modelo lo constituyen las interacciones que fluyen hacia atrás y hacia adelante entre los cuatro sistemas. 

El microsistema, o primer nivel, se refiere a las actividades, roles e interacciones del individuo y de su entorno inmediato: la casa, el centro de atención diurna o la escuela. Por ejemplo, en el hogar, el desarrollo puede verse estimulado por la sensibilidad de la madre ante los intentos de dependencia de su hijo; y éstos a su vez la impulsan a pensar en nuevas formas de favorecer esta clase de conducta. Dada su inmediatez, el microsistema es el nivel ambiental que los psicólogos estudian con mayor frecuencia.

El mesosistema, o segundo nivel, se compone de las interrelaciones  entre dos o más microsistemas. Así, en el desarrollo inciden las conexiones formales e informales entre el hogar y la escuela o entre el hogar, la escuela y el grupo de compañeros. Por ejemplo, el progreso de un niño en un centro de atención diurna puede verse favorecido por una estrecha comunicación de sus padres con sus profesores. De manera análoga, la atención de los maestros beneficiará las interacciones del niño en su familia. 

El exosistema, o tercer nivel, designa los ambientes u organizaciones sociales que están más allá de la experiencia inmediata del niño y que influyen en él. Los ejemplos abarcan desde ambientes formales como el lugar de trabajo de los padres y los sistemas comunitarios de salud y bienestar hasta organizaciones menos formales como la familia extendida del niño o la red  de amigos de sus padres. Por ejemplo, la madre quizá trabaje en una compañía que le permite trabajar en casa dos o tres días a la semana. Gracias a esa flexibilidad podrá dedicar más  tiempo a su hijo, con lo que favorecerá de manera indirecta su desarrollo. Por lo demás, el mayor tiempo que la madre pasa con su hijo puede disminuir su tensión y hacerla más productiva en el trabajo.

A diferencia de otros niveles, el macrosistema– o nivel más externo – no alude a ningún ambiente en particular. Lo constituyen las leyes, los valores y las costumbres de la sociedad en que vive el individuo. Por ejemplo, las leyes que establecen la integración– o sea, la inclusión de los niños “minusválidos” o con habilidades especiales en aulas regulares – tiene una gran repercusión en el desarrollo educativo y social de ellos y de los niños considerados “normales”. A su vez, el éxito o fracaso de esta política estimulará o desalentará otras iniciativas de los gobiernos para integrar a los dos grupos. 

Aunque las acciones tendientes a aumentar el desarrollo pueden darse en todos los niveles, Bronfenbrener  señala que las que se realizan en el Macrosistema son de especial importancia. De ahí que influyan en el resto de los niveles. Como venezolano tengo especial sensibilidad sobre esta dimensión, toda vez que formo parte de un numeroso grupo humano que tiene conciencia sobre los alcances de las decisiones de carácter político en la vida de los pueblos y de los individuos y el duro sentimiento que acompaña este tipo de aprendizajes, los cuales, muy a nuestro pesar, solo forman parte de una parte del sistema que no controlamos. 

  


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