Vivir y morir en la espera
Escrito por Carlos Colina | @CarlosColina7   
Viernes, 19 de Octubre de 2018 07:53

altEn las largas esperas de las colas de Venezuela se evidencian dos dimensiones del sistema político bolivariano, por una parte, el despotismo autoritario, por otra parte, el estímulo de la anomia

A Otto Crispín Gonzalez Alvarado

In Memorian.

Morir por causa natural en la espera de una cola es rebelarse en su contra, no es lo mismo que morir esperando o esperar, muriéndose, cotidianamente. 

Dicho en otros términos, más allá de una causística afectiva y dramáticamente muy cercana, en la cola colapsa la ciudadanía y su capacidad de elección autónoma y libre. Cuando sólo hay una opción (de consumo), según la teoría matemática de la comunicación no hay información, por tanto, se evapora también cualquier noción de probabilidad, de otro evento que re-cree nuestra existencia.                                            

En la experiencia corriente, cuando se espera, se tiene la esperanza de que  lo anhelado se cristalizará de uno u otro modo. Espera y paciencia están indisolublemente ligados, porque la lentitud usual del proceso implica que hay que saber esperar de manera ecuánime a pesar de lo que deba soportarse.  Ser paciente es padecer cierto malestar, es decir,  saber esperar es saber sufrir. Etimológicamente, paciencia proviene  de  patiēns, participio presente de patior, que significa sufrir

En realidad, el poder que se ejerce sobre el tiempo de los otros es una de las modalidades primordiales de experimentar los efectos del poder. Es un juego que implica mantener a los otros en la espera, manipulando sus aspiraciones y expectativas. En este sentido, la cola es la sinécdoque de la espera y esta última, la metonimia de una relación de subordinación.  

A largo plazo, la espera es un tiempo útil para el poderoso, aunque para el esperante [1] sólo lo sea de manera parcial e inmediata. Los efectos pueden ser responder a una gradiente, pueden dirigirse a la reactivación de una conducta situacional, la modelación de una actitud o más profundamente a la conformación de una subjetividad; domesticada y dócil. De hecho, la espera suele producirse en el seno de espacios estatales y redes clientelares que imparten una suerte de  educación política que tiende, con mayor o menor éxito, a la configuración de un paciente o un esclavo del estado. El hacer esperar es una forma de regular comportamientos. 

La ansiedad impotente, parcialmente insegura y sumisa es el comportamiento regular mientras la expectativa no se ha concretado aún. Para el sociólogo francés Pierre Bourdie (1999), en estas situaciones se aplica “el arte de diferir dando esperanzas, de aplazar sin decepcionar por completo, desestimar sin desalentar”, porque de lo contrario se desanudaría el lazo. El cumplimiento de la expectativa puede someterse a una determinada cadencia. El que espera desespera pero debe hacerlo, hasta un punto, para que no deserte. La angustia surge de la tensión que se produce entre la necesidad apremiante que se esconde en la espera y el momento incierto de su satisfacción. 

Ahora bien, no es lo mismo la espera circunscrita a ciertos ámbitos institucionales de las burocracias de las democracias occidentales; o las demoras excesivas y abusivas que observamos en los sistemas políticos latinoamericanos atravesados por  clientelismos populistas, que la dilación omnipresente, aplastante y paroxística de los sistemas totalitarios. El poder, como la espera, posee gradaciones. La hipertrofia del poder está unida a la ubicuidad de la espera, donde se espera para todo, en cualquier parte y por más tiempo. Aunque no desaparecen, en los totalitarismos se reducen ampliamente las ambivalencias y las ambigüedades.  El poder absoluto se reserva el azar e impone la norma, se torna imprevisible e impide toda anticipación razonable a los demás, a quienes hunde en el fango de la incertidumbre extrema. El poder absoluto no tiene norma y si la tiene, no la mantiene, porque la cambia caprichosa, arbitraria e irracionalmente. Desde el cono monetario hasta la constitución. 

El efecto de poder de la espera se despliega en espacios variopintos según el tipo de sistema político. En las burocracias corrientes y en las redes clientelares populistas de la región la espera se ha dado normalmente en el área de una oficina o establecimiento estatal. En las redes clientelares totalitarias la dilación no se suscita únicamente en salas de espera sino que expande a las calles, en una  indigna intemperie que deconstruye el entorno urbano del ciudadano. Ahora bien, en el socialismo realmente existente podemos reiterar el lema orweliano: unos son más iguales que otros. No todos esperan, ni lo hacen en igual medida. 

En las largas esperas de las colas de Venezuela se evidencian dos dimensiones del sistema político bolivariano, por una parte, el despotismo autoritario, por otra parte, el estímulo de la anomia. El tempo de espera refleja la primera dimensión, el desorden de las colas evidencia la segunda. Dichas colas no son siempre filas. A veces, son conglomerados consecutivos de personas, por no emplear el término turba y su connotación despectiva.  Cuando aparentan la forma de una fila, entonces tienen individuos virtuales. Usted puede irse y “marcar” su presencia con un simple “yo estoy allí”. En lugar de educación para la ciudadanía, tenemos una educación informal que refuerza la conducta anárquica. En un banco puedes estar ante la presencia simultánea de un individuo en la fila de los cajeros automáticos y en la cola de los cajeros de la respectiva sede. Políticamente harás lo que yo te diga, socialmente;  lo que te de la gana, hasta un punto, dentro de ciertos límites. Como los deserving poordel siglo XIX europeo, debes comportarte de cierta forma para merecer el resultado. Haz la cola, con el orden implícito de nuestro desorden. De esta manera, se descubre en la práctica, lo que constató la caología en la teoría. Si el paciente de estado no aprende la lección, el funcionario de turno  puede imponerle una espera más prolongada e ignominiosa.

Para el esperante, la espera es, en este caso, como en otros,  la evidencia que el tiempo pasa pero también la anulación de todo transcurrir significativo. No hay porvenir. Podemos ver un cielo arriba pero aún, sin edificios ni rascacielos, no se atisba el horizonte. En la cola, existe la posibilidad de que algo muy concreto acontecerá pero la certeza de la aniquilación de cualquier proyecto medianamente abstracto, personal o colectivo. Ante la desaparición de toda noción de racionalidad, productividad y modernidad, el tiempo social e individual se desvaloriza.  En lugar del tiempo preciosode la personas con una identidad social reconocida, nos encontramos con un tiempo despreciable y despreciado. Tu  tiempo pasa a ser de oferta pública. Cabe puntualizar aquí que desde el punto  del capital simbólico y del juego psicosocial de las máscaras personales, ser esperado y requerido tiene que ver con cierta importancia y reconocimiento social; esperar y requerir, con su ausencia y la insignificancia de la existencia. Este uno de los objetivos y efectos del totalitarismo, para lo cual utiliza variados mecanismos. Entonces, no es aleatoria la alta tasa negra de suicidios. 

El ajuste  entre las aspiraciones y posibilidades de la gente que se produce en una cola es  mecanismo de poder eficiente que tiende a la conservación del orden social. Existen márgenes de libertad y ese círculo vicioso puede romperse pero el orden social es también un orden moral y su incumplimiento puede ser muy costoso, porque los regímenes más ominosos otorgan ciertos beneficios que se acoplan a las situaciones más desfavorecidas. La naturalización y la  resignación es un efecto y una lección común de este learning by doing. La insubordinación, el reclamo o la arrechera, cuando se producen, no suelen dirigirse en contra de las estructuras clientelares sino en contra de las personas, victimarios o víctimas de las colas. 

En la cola hacen su aparición no sólo el poder manifiesto del régimen (el precio del producto, su racionamiento, el miembro del consejo comunal, la identificación exigida) sino también el micropoder del establecimiento y del organizador de la fila, que a veces recuerda al capataz decimonónico o a un comisario ramplón de una provincia sin lugar. Antes que la cortesía y la educación cívica se impone un maltrato que llega en algunos casos a transgredir las normas usuales de  la proxémica, coincidente con ciertas culturas de violencia. Empero, las aparatosas colas sólo muestran sus magnitudes físicas pero no sus viles causas y sus efectos posteriores. Además, no podemos ser deterministas. Las demoras se producen en muchos casos por la deficiencia organizacional y ausencia de gerencia pública o por el efecto de simples o complejas corruptelas. No solo es el Castillo de Kafka, es también el Astillero de Onetti. El poder es relacional y no responde siempre a estrategias planificadas y conscientes. A veces, parece aprender algunas cosas sobre la marcha. Afortunadamente, los contrapoderes también aprenden bajo la marcha. Además, no podemos obviar que en estos espacios también se despliega un conflicto, legal e ilegal, por la distribución de recursos. 

No obstante, en resumidas cuentas, incluirse en el tiempo de espera es entrar en el juego descrito. Esta relación de poder sólo se logra con la complicidad de una víctima que resulta atrapada en dicho juego. El microuniverso médico y los pacientes constituyen el paradigma de este tipo de  relación de poder, a pesar de su esencial potencial benéfico.  El Proceso de Kaftka es el paradigma de ese poder, cuando se manifiesta de manera absoluta y arbitraria. Podemos decir que el paciente de estado(Auyero, J.,2012,2018) del régimen clientelar y populista latinoamericano es más o menos contingente. El paciente de estado del totalitarismo es siempre crónico porque ha incorporado la dependencia de tal forma que la ha  vuelto parte de su cuerpo.

Como K de El Proceso de Franz Kafka, quien espera está condenado a vivir en un tiempo controlado por los demás porque los amos del juego poseen un control sobre la mayoría de sus reglas y sobre las ganancias que se pueden ofrecer. El mayor dominio del juego lo detentan, por supuesto, la Nomenklatura y el funcionariado público, pero la ensoñación del poder absoluto nunca se cumple. En la fila no solo hay pacientes sino también pequeños bachaqueros y revendedores visibles que manejan gran parte de la partida y tras lo cual se esconden grandes y medianos bachaqueros más o menos invisibles, evidenciados recientemente en el periodismo de investigación.  

El poder está en relación de complementariedad y oposición con los micropoderes. El poder de abajo puede ser tan tiránico como el poder de arriba; los micropoderes disipados en el tejido social; el poder sin topología superficial del lastre cultural o el poder inconsciente del arquetipo del trickster.

Quien espera se ata como el amante barthesiano que anhela y aguarda  la  llamada telefónica del amado.  Era el amor de soporte analógico porque con los teléfonos digitales el amante ya no espera. En el tipo de  relación analizada, a los pacientes se les otorga una de cal y otra de arena, caliente y frío como en la seducción amorosa. De esta forma, al preocupar y tranquilizar alternativamente a los jugadores se alienta el juego. 

Así como hay una gradiente del poder, hay una variación en las respuestas. Existe quien establece un vínculo circunstancial por mera sobrevivencia. Otros ya estaban  enlazados, previamente, a las redes clientelares como pacientes asiduos. Algunos se atan para siempre. Los fenómenos sociales no son unidimensionales. La espera en las redes clientelares evidencian mecanismos de dominación pero también, de la otra parte, redes personales de solución de problemas. 

Fundamentalmente, la espera evidencia la renuncia a la ciudadanía de múltiples maneras y no necesariamente como causa sino que también como efecto o simple fenómeno concomitante. En todo caso, el individuo ha cedido su agencia y gran parte de su poder a otros en una continua y patológica procrastinación política.  En ámbitos que no analizaremos aquí, la dejación de la ciudadanía también se ha dado cuando el individuo disidente, explícitamente preocupado, se ha puesto a la espera de que “pase algo”, en un acontecer en el que no está directamente implicado. 

En un contexto de crisis humanitaria, además de la muerte parcial y connotada en una cola, puede suscitarse otra, denotada, literal, física, corpórea, aparentemente total y aún más trágica. Cuando no le llega el alimento ni el suplemento  al niño desnutrido; el medicamento al paciente crónico, el órgano donado para el trasplante, el debido proceso y la libertad para el disidente detenido. Muere el paciente al ser tratado en un hospital contaminado o al no ser atendido a tiempo. 

Como personificación de la muerte sin violencia, Thanatos  ha dado también sus toques suaves en las colas a la intemperie de aceras y calzadas. Ante el Chronos o el Saturno de la pulsión de muerte que nos devorará si nos mantenemos en su  línea temporal, debemos propiciar la circularidad vitalidad y prosperidad de Eón. A su manera, Kairós puede hablarnos del momento oportuno de la  impaciencia y sobre todo de una acción ciudadana  que no tolere ya más dilaciones.

 

Referencias

Auyero, Javier (17-09-2012)  Conferencia: "Los sinuosos caminos de la etnografía política". Santiago de Chile: Universidad Andrés Bello. UNABChile. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Cw1UWZFViE0

 (24-08-2018). Conferencia: “Sociología Política de la Marginalidad Urbana”. Bogotá: Universidad de Los Andes.UNIANDES. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=6MoJ0qILPvM

Bourdie, Pierre (1999). Meditaciones pascalianas. Barcelona: Anagrama. 


[1] Esperante no está registrado en el Diccionario de la Lengua Española (RAE). Es una licencia que nos tomamos aquí. Algunos diccionarios lo refieren como un vocablo anticuado y obsoleto, tal como como debería ser algún día, en el país, el fenómeno a que nos referimos en este texto.  

Publicado en El Nacional, reproducido a petición del autor.

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