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| Chávez fuera |
| Escrito por Antonio Sánchez García |
| Martes, 31 de Agosto de 2010 20:42 |
Sería una auténtica calamidad que deshonraría aún más nuestra condenable apatía si en aras de no perturbar el proceso electoral - éste y los que cierto liderazgo considera la única vía legítima para salir del castro fascismo - el asesinato de Franklin Brito pasara debajo de la mesa.
"Cuba y Venezuela somos iguales, una y la misma cosa" - le comentaba Raúl Castro a Hugo Chávez en plan confidencial aunque en estentórea alta voz como para que todo el mundo se enterara. Fidel lo reafirmó cuando señalara que "el socialismo" - se refería obviamente al chavista - "es comunismo". Ni más ni menos. Hasta hoy no existe un solo desmentido del teniente coronel a ambas afirmaciones de sus mayores. Y como para referendar la "mismidad" de la dictadura castrista con esta seudo democracia rojo rojita, Chávez se acaba de echar a la espalda al valiente y solitario Franklin Brito. Puede sentirse orgulloso por su vituperable acción de Estado: ha igualado el record de su confidente. Ambos tienen a su haber un muerto por huelga de hambre en el ejercicio de sus respectivos mandatos. Zapata Tamayo y Franklin Brito. A sangre fría, sin que a uno ni a otro les haya brotado una lágrima. Médula hitleriana. La tragedia de Franklin Brito - vivida por todos los venezolanos bajo el impúdico descaro con que el régimen comete sus fechorías - viene a poner una nota en falso en la sinfonía electoral en que están sumidas las fuerzas políticas venezolanas. Y en la que también nosotros tocamos nuestra partitura, bajo muy plausibles y atendibles razones de segundo orden, por cierto. En cuanto a nuestro contracanto, desafina la bella melodía de la llamada "unidad perfecta" del esfuerzo opositor, para el que todo lo que no sea considerado un problema por los voceros de la MUD debe ser considerado un problema para la Nación. Brito no aportaba votos para los candidatos de los partidos. Ergo: Brito no existió. No debía existir. Se me argumentará que hemos estado demasiado ocupados con los 123 mil muertos del régimen como para habernos dedicado a quien aún no engrosaba la lista. Sin embargo, la muerte de Franklin Brito tiene otro cariz: no se trata de un problema cuantitativo. Se trata de un problema cualitativo: la lucha denodada de un hombre absolutamente solo enfrentado a la monstruosa brutalidad de un Estado forajido, desalmado y omnipotente. Que utilizó todos los clásicos mecanismos del totalitarismo para liquidarlo. Incluída la prisión psiquiátrica. Nazismo puro, hitleriano. Si bien comparte un atributo sustantivo con los muertos de la violencia callejera. Su muerte, como la de esos 90 mil jóvenes asesinados de espaldas a los medios, en la tenebrosa oscuridad de nuestras barriadas, pudo ser evitada. No por el régimen, que desde Chávez a Elías Jaua - los máximos responsables por la muerte de Franklin Brito, por la que algún día deberán comparecer ante un tribunal - es un régimen fascineroso. De todos ellos no se puede esperar más que muerte y desolación. Y frente al cual no cabe más que el rechazo absoluto: viril, frontal, sin medias tintas. Pudo y debió ser evitado por nosotros, el pueblo decente que gracias a Dios aún sobrevive al zarpazo del castro fascismo. Y que afortundamente comienza a convertirse en una oleada mayoritaria de humanitario rechazo a la brutalidad chavista. El pueblo digno de Venezuela. No ese pueblo informe, corrupto, ignorante y amoral que se resiste a comprender la infinita maldad de aquellos que adora. ¿Cómo podrían querer evitarlo las hordas fascistas que se estremecen de placer con sus vilipendios, sus groserías, sus vulgaridades, sus amenazas, sus horrores? Los venezolanos decentes - los que con su apatía y su silencio se hicieron cómplices en primer grado de este vil asesinato - tendremos que asumir y dar cuenta de este hecho, la muerte del combatiente solitario Franklin Brito. Pues, en primer lugar, el responsable por este régimen forajido jamás debio haber sido electo. Y en segundo lugar, ya elegido, debió haber sido repudiado y separado del cargo sin la menor dilación. Ocasiones han sobrado. Pues a los golpistas no se les elige, no se les reelige, no se les tolera. Es una ofensa que un militar con las manos manchadas de sangre por dos golpes de Estado y el asesinato de cientos de inocentes venezolanos caidos bajo el uso vil de las armas del pueblo en febrero y noviembre de 1992 y en abril de 2002 sea presidente de la república. Acompañado por un grupo de militares y civiles con las manos igualmente tintas de sangre. Es una indeleble vergüenza nacional que una banda de fascinerosos haya usurpado el poder y millones y millones de venezolanos lo hayamos tolerado. Sería una auténtica calamidad que deshonraría aún más nuestra apatía si en aras de no perturbar el proceso electoral - éste y los que cierto liderazgo considera la única vía para salir del castro fascismo - el asesinato de Franklin Brito pasara bajo la mesa. Su caso viene a reafirmar el único sentido que dichas elecciones tendrán: asistir masivamente a los centros electorales el 26 de septiembre para derrotar a Chávez y exigir su inmediata renuncia. Si se ve obligado a reconocer nuestro triunfo, por ello mismo. Si gracias a las siniestras argucias electoreras, pretende salir airoso, precisamente por ello: por la usurpación manifiesta del Poder logrado con el manejo fraudulento del sagrado mecanismo del voto. El asesinato de Franklin Brito grita a los cuatro vientos la única consigna pertinente en esta amarga hora venezolana: hacer cuanto esté a nuestro alcance, blindados en la Constitución Nacional, para hacer posible su anhelo: ¡Chávez, fuera! |