La necesaria agenda
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 05 de Abril de 2021 00:00

altUna de las metas más importante de la democracia es la de procurar el “bien común”.

Y sin libertad, sería simplemente algo inalcanzable, carente de sentido, porque no puede haber “bien común” sin libertad. Del ejercicio de la democracia surgen los gobiernos y no al revés. Los gobiernos establecidos fuera de un régimen de libertades son sencillamente dictaduras, aunque algunos pretendan endulzarlas con otras sesudas denominaciones.

Los pueblos, las naciones que viven en democracia, mantienen agendas y  propósitos. Así como las personas generalmente tienen un motivo, una razón a la que dedican su tránsito vital, así también los países civilizados  apuntan con denuedo hacia el anhelado  “bien común”.

Los gobiernos son únicamente instrumentos, solo medios para alcanzarlo. Un gobierno sin una agenda,  resulta fatídicamente  un  fin en sí mismo. Le falta eso que invocan como la “razón de ser”. Si  no se esfuerza por ir tras ese “bien común”, se convierte a la postre en un enjambre de funcionarios irreflexivos, ajenos a la voluntad  y esperanzas populares. 

Hannah Arendt opinaba que  ”los sistemas burocráticos y jerárquicos favorecen la falta de reflexión de los individuos que en ellos se insertan”. Si los gobiernos no se avocan  a la consecución del “bien común”, no cabe duda que se transforman irremisiblemente en totalitarismos y autocracias.

La democracia-  como se ha dicho- por ser un sistema político sustentado en la pluralidad no pertenece a nadie en particular. Ni a un partido, grupo político, personalidades y mucho menos a un gobierno. Nadie puede arrogarse su ideario y mucho menos la exclusividad de sus valores. De allí que el “bien común” no pueda lograrse – reiteramos - sin el seguimiento de una agenda de propósitos a corto, mediano y largo plazo que involucre y nos comprometa a todos.

La democracia, por ser una hechura de consensos y acuerdos, como recordaba Albert Camus, tiene que ser “modesta”. En otras palabras, sus logros y conquistas tienen como base la  ponderación, el equilibrio y  la ausencia de arrebatos demagógicos y populistas.

La democracia instaurada luego del 23 de enero de 1958 fue demasiado exigida. Por una parte, los levantamientos militares y la izquierda radical intentaron aniquilarla. Pero no conformes,  le endosaron -igualmente- agobiantes y exageradas tareas y obligaciones de manera que, como resultado de estas inmisericordes demandas, unos de sus  defectos y  errores  fueron  los ofrecimientos un tanto irracionales  y las  múltiples promesas a flor de labios. 

Sucedió entonces, incomprensiblemente, que cierta e importante  dirigencia política, en vez de culpar a los gobiernos de turno, como era  lógico, y apertrechados de unos perniciosos y exacerbados cálculos electorales, le imputaron a la democracia – con intransigencia y malicia  - toda la  incapacidad e ineficiencia del mundo. Las consecuencias están a la vista. Tal fue su descrédito que los viudos del pasado, unidos a  unos cuantos demagogos de nuevo cuño, lograron enterrarla al cabo de cuarenta años. No obstante, hubo agenda, hubo propósitos  definidos y metas a alcanzar. Esto nadie en su sano juicio puede ponerlo en duda.

Es obvio que el esfuerzo de hoy es rescatarla,  y - como   prioridad- nos obliga a entender que nunca más será igual a la que tuvimos; que el tiempo ha pasado y no en vano, y que debemos  reinventarla. Está claro que tenemos que construir una democracia, con nuestros propios valores pero también dotarla de unos nuevos instrumentos, instituciones y mecanismos que permitan su correcto y pleno ejercicio. Siendo así, necesitamos  gobiernos competentes, comprometidos con una  agenda  en la cual se aborden los principales problemas nacionales así como sus respectivas soluciones. Y porqué no incluir el caso, por ejemplo, que los futuros presidentes, más allá de su legítima elección y alternancia, y de disminuirles constitucionalmente sus excesivas facultades y poderosas atribuciones,  entiendan y asuman -como acertadamente expresó Franklin Roosevelt- que “La presidencia no es un mero cargo administrativo, sino ante todo un puesto de liderazgo moral”. 

Sin propósitos y sin una razonable bitácora de gestión, que incluya- por supuesto- una esmerada educación ciudadana, será muy difícil reimplantar plenamente la democracia en Venezuela. Disculpen el ritornelo, pero los que aspiramos a vivir en libertad y progreso estamos convencidos que requerimos de una  “agenda” concienzuda y factible. La democracia no llega solo por elecciones, como algunos suponen. Insistimos en la unidad y en los acuerdos, primeramente. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? Son las preguntas de rigor….y cuyas respuestas no permiten más demora.

 

|*|: Especial para www.opinionynoticias.com

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