Nación y patria no son un plan
Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio   
Domingo, 04 de Abril de 2021 00:00

alt“Era el 24 de enero del año 2012 y Chávez hablaba en una cadena nacional… Amar a Chávez es amar a la patria, dijo Chávez.”[1]

La nacionalidad supone el concepto de Nación, y éste, a su vez, el de Patria. El término Patria (que el chavismo quiso acaparar como exclusivo, y que no debe ser tomado descuidadamente por quien quiera ser coherente con el país) evidencia cierto cinismo en su uso ideológico, no obstante ha generado una reacción desmesurada en su contra. Esto se debe a que encierra una serie de valores esenciales para el ciudadano y para la sociedad que vive en un territorio geográfico por generaciones. De allí, tal vez, el hecho de que habitualmente se tienda más a dialogar con el concepto formalizado de Nación.

Las naciones no son otra cosa que las patrias organizadas en Estados-Nación, categoría política común de la jerga actual. Pero en la antigüedad clásica y en la edad media no dejaron de existir conformaciones políticas similares. Por el contrario, si hoy todavía se puede hablar de patria es precisamente porque se trata de una noción de muy profundo arraigo en la historia de los centros poblados, que se inició en la medida en que los hombres adquirieron conocimiento de los lazos que sus propios paisajes crean con sus lugares cotidianos de asentamiento. Nación es correspondiente a lugar de nacimiento. El proceso que culmina con la formación de los Estados nacionales tiene así un desarrollo que se descifra gradualmente a lo largo de los tiempos como sumatoria de prácticas que confirman esa legítima progresión.

Nadie elige su propia patria, del mismo modo que nadie elige a sus padres. Tampoco se puede concebir una patria siguiendo los gustos particulares de los ciudadanos, fugaces o vanos. Patriotismo no es entonces, necesariamente, simpatía forzosa hacia cualquier valor por el solo hecho de que pueda localizarse en un lugar y en un tiempo histórico que coinciden con la patria. Puede ser también apego positivo y estricto por el objeto amado.  Pero es cierto que considerar al Estado como un fin al cual todas las cosas deben estar subordinadas y orientadas no podrá sino perjudicar el efectivo y duradero bienestar de las naciones. Esto es lo que ocurre cuando se impone una autoridad ilimitada al Estado, que pasa a ser considerado como mandatario de la nación, del pueblo, de una clase social, de una ideología política; o cuando el Estado se acoge a un mando en calidad de potestad absoluta, independientemente de toda especie de atribución.

Por otra parte, la nacionalidad muchas veces trasciende las fronteras y en un Estado puede haber minorías nacionales. Este es el caso de los venezolanos de la diáspora, que actualmente son minoría en la mayor parte de los países latinoamericanos (siendo que tradicionalmente los venezolanos nacíamos en la patria de nuestros padres y esa patria estaba organizada como Estado). En este caso, aunque al Estado le corresponda solventar las nuevas situaciones, la identidad de la nación no debe insinuarse como cambiada. Pues pertenecer a una comunidad nacional es como haber nacido dentro de una historia y no necesariamente ha de ser visto en términos jurídicos, ya que la nación no se identifica imperiosamente con la sociedad política ni la historia con un mesianismo -aunque el Estado debe velar por el bien común y por una justa movilidad social-. Debemos entender entonces la nación como la legítima coincidencia de una unidad cultural y una unidad política, sobre la similitud lingüística y social. Cuando escuchamos con frecuencia discursos alusivos a fechas significativas de nuestra historia, generalmente ligadas a la independencia y a sus héroes; se puede discernir con relativa facilidad que quien habla suele confundir Nación con Estado (así como Ciudadanos con Sociedad Política e Historia Nacional con Historia Política). En Venezuela hoy se percibe que las ideas de Patria y de Nación no están claras. Esta confusión es muy evidente a diario, pues la patria no es la organización jurídico-política bajo la autoridad de un gobierno, la nación es una comunidad de valores culturales y el Estado es una institución que representa la autoridad legítima y necesaria para gobernar en pos del bien común, aunque se le quiera confundir unilateralmente con el poder. 

Actualmente los 5 millones aprox. de venezolanos que constituyen la diáspora, hacen que nuestro sentido de pertenencia se proyecte más allá de nuestras fronteras. El Socialismo del Siglo XXI nos ha querido imponer un Plan de Gobierno como Proyecto de Estado, al afirmar que “el plan de la patria es un testamento político del comandante supremo Hugo Chávez, cuyo objetivo es acelerar la transición al socialismo y a la restitución del poder al pueblo”. Esto es una evidente manipulación de un término tan fundamental entre los símbolos de una Nación como lo es el concepto de Patria: Tierra de los Padres.

 

[1] Alberto Barrera Tyszka. Patria o Muerte. Caracas: Editorial Planeta, 2015, pp.80-81


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