La política en desgracia
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Sábado, 20 de Febrero de 2021 00:00

altLa política sigue pensándose a la ligera. Sigue creyéndose que hacer política, es simplemente atosigar al otro

con un discurso lleno de frases vacías. O colmado de propuestas que por ambiguas, caen en el marasmo. O en la oquedad que incita la verborrea que aparte de hastiar, hostiga “sin palo y sin rejo”. 

Hablar con la razón que induce la política, en su más exacta acepción, no es cualquier cosa. Como bien lo entendió el dramaturgo y poeta inglés, William Shakespeare, “la política está por encima de la conciencia” Con ello hizo ver que la política es el modo en que el hombre puede demostrar lo magnánimo que sus virtudes le inducen a través del comportamiento asumido en cualquier situación en la que tenga que asomar sus razones ante algún dilema creado. 

Mucho pudiera estar hablándose y escribiéndose de política para decir que su ejercicio se curte de los valores que las circunstancias exaltan. Pero así, poco o nada sucede. El ejercicio de la política, motivado por los problemas que han despertado las dinámicas sociales y económicas, fundamentalmente, se ha visto descompuesto. Desarreglado. Al extremo que las ideologías políticas, no volvieron a contar con la omnipresencia que anteriormente, descollaba en medio de cualquier coyuntura. Por agria que fuera. 

La honradez, abandonó el ejercicio de la política. Asimismo, le ocurrió a la honestidad. A la verdad, a la justicia, a la igualdad y a la responsabilidad. Valores todos estos que, en su praxis, comprometen la moralidad, la ética, la tolerancia y el pluralismo.

Ahora, la política parece haber caído en desgracia. Su ejercicio se plantea según los intereses y necesidades que circundan algún problema atascado en la inmensidad de las confusiones. Tanto, como en la prolijidad de los conflictos que surgen de la complejidad de opiniones discordantes y recurrentes. 

Sin embargo, no siempre esa situación se advierte como fuente de duros desencuentros. O no tanto como para motivar una sofocante reposición de discursos políticos. Aunque repetir palabras que redunden en la construcción de procesos y obras de positivo efecto, pudiera ser ciertamente útil. Sin embargo, la dualidad bajo la cual ocurren estos avatares, pudiera ser expresión de crisis de ideologías cuya racha perjudica el ejercicio de la política.

Aunque este problema no es nuevo. Debe saberse que la decadencia de las ideologías, viene viviéndose desde hace décadas. Aunque han sido distintas las causas. Entre otras, el final de la Guerra Fría de mediados del siglo XX. Proceso que se tradujo en serias consecuencias para la política. El mismo, indujo creaciones y resquebrajamiento de organizaciones políticas , así como de movimientos y partidos políticos. Específicamente, en la segunda mitad del siglo XX. 

Es poco lo que ha sobrevivido. Las ideologías que sobrevivieron, han sido fuertemente cuestionadas. No sólo por la ambigüedad de sus postulados. Igualmente, por la imprecisión conceptual y metodológica que sus praxis han vivido para terminar con respuestas que siguen sin entenderse. O peor aún, sin conocerse en su entera formalidad. Por ejemplo, el socialismo cambió el léxico que, en otrora, había definido su doctrina. Lo mismo acaeció con los contenidos y referentes sobre los cuales se apoyaba para incitar un ejercicio de la política de modo frontal. Sin ambages.

Igual problema afectó al liberalismo, razón por la cual, el capitalismo se vio imbuido en graves dificultades. Más, cuando quiso seguir apostando a los principios sociales y económicos sobre los cuales estructuró su conceptualización. 

Así han padecido las más importantes ideologías que presumieron imponerse a objeto de trascender histórica y políticamente como palancas capaces de movilizar el desarrollo del hombre.

No obstante vale pensar que, en concomitancia con la deflación que sumieron a las ideologías a niveles negativos, la sociedad igualmente se vio abatida por crudos daños colaterales. Es posible inferir que las crisis de ideología, tocaron la sociedad en su naturaleza política. En su arremetida, las crisis de ideologías se convirtieron en crisis de sociedad. Tanto que muchos prefieren hablar de crisis de sociedad, ante que de ideologías.

La apremiante dinámica política y social que arreció en el debut del siglo XXI, incitó un horizonte de ambivalencia teórico-conceptual del ejercicio de la política. Para ello, la política se sirvió del mercado dada su condición como razón de medida, comparación y rivalidad de criterios. O de juicios que enfocaron las realidades bajo un matiz que hiciera menos fácil cualquier transacción y renovación política, social y económica. 

De nada o poco resultó que se dijera que “el mercado imperfecto da mejores resultados económicos y sociales que el Estado perfecto”. Quizás, fue razón prestada para validar la incursión de razonamientos que oscurecieron novedosas reflexiones que, entonces, emergieron para confrontar la solución de problemas y desafíos político-ideológicos. 

Lejos de todo, el ejercicio de la política se cundió de consideraciones que la alejaron de todo cuanto la teoría política, la teoría social y la teoría económica aducían. Haber pensado que las transferencias de poder político a instancias manejadas por el poder social o popular evitarían o minimizarían problemas de gerencia y de administración de gobierno, dejó en ridículo los esfuerzos de reformar el Estado en sus niveles operativos. 

La intervención del Estado, se aplicó con mayor incidencia. Incluso, con visos de odio, resentimiento, egoísmo, ojeriza, usura y otras prácticas propias de la mediocridad. Muchos gobiernos, apelando al paternalismo, exageraron prácticas de presidencialismo. Amén del centralismo, militarismo, el partidismo y del estatismo, a partir de las cuales justificaron un populismo disfrazado de democracia.

Es por tanto que la política, actualmente, se hizo de causales para concentrar el poder con el fin de incrustar sus cuadros políticos. Como si de esa forma, fuera posible asentir lo que sus ideologías incitaban y pregonaban. Eso, en nombre de cuantas mentiras permitirían la manipulación de la población mediante el engaño disimulado, la oferta de fatuas promesas y la ignorancia moteada de un falso optimismo.

En consecuencia, esa política escurrió la ideología por las rendijas de una realidad deformada. Más aún, se situó con su mejor impudicia dentro de un Estado vulgarmente politizado pues así sus propósitos podrían arraigarse de todo lo posible. Por eso, no cabe dudar de lo que a simple vista se otea. Con pesadumbre deberá reconocerse que es el problema creado por la política en desgracia


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