De la pobreza espiritual que autoriza a la estomacal
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 16 de Noviembre de 2020 00:00

altEn medio del paciente proceso de destrucción del país, lucirá impertinente trazar algunas líneas sobre el tema, muy acusada  la pobreza estomacal para olvido de la cultural

“El primero y más difícil problema 

que un buen bibliófilo debe resolver 

es este: formar una excelente biblioteca 

con cuantos menos libros sea posible”

G. Mouravit (*)

 

Asiduo a la biblioteca pública, muy jóvenes, coincidimos con una persona de  avanzada edad en el mesón y nos ofertó un trabajo ocasional y concreto: ayudarlo a reorganizar su biblioteca  hogareña. Impresionado por una copiosa y desordenada colección de ejemplares de distintos formatos, a veces, tan pesados y acareados, nos requirió más para una distribución entre los sencillos y robustos estantes, según la privativa clasificación que no necesitaba de un bibliotecólogo, que por el uso literal de la fuerza física: “esta es una biblioteca de uso, en constante mudanza y depuración”, palabras más, palabras menos, indicó.

Así, con el tiempo, fue diluyéndose esa estampa bibliotecaria – digamos – prosopopéyica que cultivamos en la infancia, para dar paso al consejo implícito de aquél venerable anciano que, después, descubrí como autor de varios títulos y esporádico columnista de prensa. Y, salvo los títulos nostálgicamente asociados a una etapa de  la vida, o aquellos de muy preciada facturación por el bibliófilo que aún no somos, la depuración es una tarea periódica,  cuando – por supuesto – nuestro oficio principal lo permite.

Descalabrados algunos estantes caseros, nos redujimos a pocos anaqueles en un rincón de trabajo que es solo eso: de trabajo, por  lo que, inevitable escenario, en nuestras conexiones digitales, damos la impresión de tener “muchos libros”, apilados, en un flanco, numerosos volúmenes y, en el otro, un poco más ordenados para la imagen delatora. Unos amigos, como José Alberto Olivar y Carlos Balladares, exhiben una arquitectura de uso extremadamente sobria y meticulosa que refleja el cuidadoso ejercicio de sus labores académicas; otros, añadido el concurso profesional del archivólogo y bibliotecólogo, temen alterar el paisaje, cuando no sólo lo disfrutan como ornamento; y hay conocidos, como Guillermo Morón, que reside junto a su familia en una formidable biblioteca para darle otra connotación.

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Días atrás, recordábamos al finado Abraham Quintero, cuya casa tuvimos a bien visitar María Efe y el suscrito, cuya habitación bibliotecaria nos impresionó, teniendo por eje la mesa de la computadora. Únicamente los libros que precisaba, en ordenada y arbitraria formación, para la lectura y relectura del jubilado diplomático que gustaba de la buena picadura y de una gastronomía que lo ocupaba para ventaja de sus amigos más cercanos.  

En medio del paciente proceso de destrucción del país, lucirá impertinente trazar algunas líneas sobre el tema, muy acusada  la pobreza estomacal para olvido de la cultural. Ésta es aún más conveniente para un régimen que, así, logra justificar la catástrofe humanitaria, evitando que la reflexionemos: algo que le confiere una acepción adicional al término “ágrafo”.

(*) Vid. Cesáreo Goicoechea (1962), “Diccionario de citas”, Editorial Labor, Barcelona.


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