¿Padecemos de disonancia cognitiva?
Escrito por Freddy Marcano | @freddyamarcano   
Martes, 13 de Octubre de 2020 00:00

altLas últimas semanas Venezuela ha estado en la boca de muchos países que pertenecen a  organizaciones como la ONU o la OEA.

Han constatado, después de algunos años, lo que a gritos Venezuela les decía: en el país se violan los derechos humanos. Por supuesto, la llaman crisis humanitaria compleja de acuerdo a la nomenclatura internacional, pero aceptémoslo como lo que es: toda una catástrofe de alta embarradura. Ya no se trata solo de los que mueren de hambre ni de mengua, o de los que por diferencias políticas se encuentran en las mazmorras del régimen, sino de las secuelas sociales que quedarán para quienes la sobrevivan, porque desde ya se siente, se ve, y se evidencia la sintomatología.

Refieren los especialistas que la disonancia cognitiva apunta al sentimiento de incomodidad y hasta irritación experimentada por una persona, cuando los hechos de la realidad palpable entran en un claro conflicto con sus convicciones, creencias, principios y valores. Esto ocurre porque como seres humanos nos gusta la coherencia y saber que nuestras creencias son válidas, pues de no ser así, nuestra vida se habrá basado en valores equivocados. En el país, cada día ocurre esa disonancia que genera una conflictividad a la que abonan las nuevas noticias en el ámbito familiar, cercano e íntimo o en el ajeno. Esto es, a diario se vive una experiencia de lo absurdo, del disparate, de lo ilógico que genera conflictos psicológicos mas no respuestas de acciones para sanar o eliminar los hechos que nos producen la disonancia. Y, así, se explica el poder político, como el que se ha ejercido en Venezuela por más de veinte años de una pedagogía perversa: irrumpir con acciones desestabilizadoras que han tenido a los venezolanos en una continua discusión y no genera castigo alguno para los responsables de la hambruna y la corrupción, pero sí para aquellos que osen disentir.

Todo tiende a romper con la coherencia. La usurpación habla de amor, cuando hace literalmente la guerra, reprime, censura y aplasta a quien ose discrepar. Pero tampoco se tiene seguridad, certeza, consecuencia y, en última instancia, coherencia de los sectores de la oposición. Un buen día, éstos juran el cese de la usurpación a cualquier precio, demuestran la ilegalidad de sus acciones y, apenas, horas más tarde, se sientan a negociar con los verdugos, entran en tramposos procesos electorales, se retratan juntos con una amplia sonrisa o se reúnen en privado – muy privado – las víctimas con los victimarios. O peor es que el gobierno usurpador celebra esas reuniones en privado y después no tarda en delatar a los convocados. Por supuesto, estas acciones ambas disonantes lleva a cada ciudadano a constatar que hay una ruptura entre lo que se dice y se hace, generando su desconfianza. 

La disonancia cognitiva, la rabia, el descontento, parece no tener un canal alterno de expresión, como si existiera una polarización auténtica que no la hay, entre los actores del juego político. Y las grandes mayorías, infinitamente grandes, identifican a esas victimas y victimarios, como la misma cosa. Políticos que de alguna u otra forma no terminan de resolver, la gran crisis por la que pasa el país.

Pero todo, aún no está dicho. Siempre, para los que padecemos, hay una solución. Para superar esta gran disonancia que tenemos a nivel de la oposición ― porque del régimen sabemos ni piensan cambiar ni es de su interés hacerlo ― comenzaríamos con agregar nuevos elementos que generen coherencia en la acción, y eso se traduciría en dar más valor a las creencias que apoyan la conducta que elegimos, una verdadera unidad sin conflictos interpersonales u organizaciones que solo quieren llevar la batuta, para ver si son los primeros en coronarse. Al cambiar la actitud y las conductas no saludables, esa gran mayoría que se siente desorientada en Venezuela volcaría de nuevo la mirada hacia una oposición más fortalecida. Para regresarle la normalidad a la Venezuela libre que existe, resiste y persiste es esencial sanar la disonancia cognitiva que la ha paralizado.


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