Del medicamento al detal
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 12 de Octubre de 2020 00:00

altHubo industria farmacéutica en la Venezuela de antes, quizá una de las más adelantadas del continente.

La entidad estatal que la reemplazó, o dijo reemplazarla, nos condenó exactamente a lo irremediable, pues, el Servicio Autónomo de Elaboraciones Farmacéuticas (SEFAR), ha rubricado  toda la calamidad sanitaria que hospeda cómodamente al COVID19.

La novedad, respecto al consumo de los medicamentos, si es que hay ocasión y dinero para adquirirlos, pasa por el trueque desesperado, el riesgo de una estafa digital, o la buhonería mitigadora de los días de una flexibilización apremiada. No es difícil imaginar otras  modalidades que abusan de la buena fe de las personas y, así, como  suelen alterar los seriales de un motor, algo  semejante ocurre con la nomenclatura, composición, fechas y envoltorios de los insumos sospechosamente baratos.

Ya es frecuente la recomendación de destruir por completo los productos desechados y excesivamente vencidos, porque hay quienes hurgan en los basureros para ofertarlos pretendidamente autorizados por el hambre, o posiblemente abriéndole posibilidades inéditas a la delincuencia organizada. Convengamos, jamás se había visto en nuestro país la atípica buhonería de pastillas y ampollas, gotas y pomadas,  jarabes y cremas,  vociferadas con cautela, jurándolas como lo que no son, sobre una lámina de cartón o un pedazo de tela, asoleados, gaseados o humedecidos en los recovecos urbanos.

En el contexto de una economía aparente y sólo aparentemente liberada,  francamente delictiva, reaparecen los remedios, valga el venezolanismo, a costos muy elevados, cual repuesto dolarizado para los automóviles.  Las casas o cadenas comerciales, legalmente constituidas, sabiendo inalcanzables las tradicionales cajas para el consumidor, ofrecen los blísteres que no tardan en detallarlos aún más, en la medida que lo permita el registro contable: por una parte, saben de una ingesta ahorrativa de un antihiperensivo por unidad de cada dos o tres días, según  el cálculo del enfermo que también lo está del bolsillo; y, por otra, como ocurre con los antibióticos, ya piden el récipe médico que ayuda a filtrar la demanda, porque no alcanza para todos. 

Frente al temerario buhonero que improvisa, el expendedor formal, al menos, garantiza la autenticidad de los productos farmacéuticos ofrecidos al detal,  en todo lo posible. Afortunados aquellos que pueden comprarlos, pues,  ni siquiera circulan las muestras que los visitadores – respetable y olvidado,  oficio -  dejaban en los consultorios, porque ya no hay tampoco médicos ni laboratorios, o son muy escasos. 


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