La postración en que estamos: unidad o muerte
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Jueves, 10 de Septiembre de 2020 00:00

altLos lectores de El País, de España, sin duda el medio impreso más leído y respetado por la comunidad hispanoamericana, no habrán entendido el extraño hecho de encontrarse

con los responsables de la bicefalia opositora. Pues era la guinda de la torta que hemos puestos los venezolanos en los veinte años más confusos, irresponsables y auto mutiladores vividos por dictadura alguna en la historia de la región: a las dos presidencias, las dos asambleas legislativas, los dos Tribunales Supremos de Justicia ahora se suman las dos oposiciones alternativas. Mordiéndose las propias entrañas, este aberrante monstruo de dos espaldas que ha llegado a ser nuestra oposición democrática, en lugar de unir fuerzas contra el único enemigo de la libertad de Venezuela – Nicolás Maduro y el castrocomunismo – ha optado por enzarzarse en un enfrentamiento de los dos más significativos líderes políticos opositores: Henrique Capriles Radonski y Juan Guaidó Márquez. Digno del teatro del absurdo. Nicolás Maduro, el sátrapa que llegó de Cúcuta por orden de Hugo Chávez y Raúl Castro, estará refregándose las manos. El agente del G-2 cubano encargado de devastar material y espiritualmente al más importante país del Caribe - otrora sombra y enemigo principal de la tiranía cubana - no tiene quién lo adverse.

Es un caso insólito, único en la historia de América Latina. Una oposición democrática que se auto fagocita. Pues no se trata de las diferencias estratégicas que en Chile dividían a demócratas y ultraizquierdistas en la lucha opositora contra Pinochet y a Tupamaros y Montoneros contra las oposiciones democráticas a los dictadores de Argentina y Uruguay en tiempos de Videla y Bordaberry. Las diferencias entre Juan Guaidó y Henrique Capriles no alcanzan esas alturas de teología y praxis política. Se trata de diferencias fundadas en proyectos y ambiciones personales. En rigor, algo así como una bronca en un bar entre dos borrachos en disputa por una botella vacía. Es la trágica consecuencia de un país carente de estructura hegemónica, ahora ni siquiera con partidos políticos, arrasados por las ambiciones personales y víctima inocente de un feroz asalto de bandas narcotraficantes y expoliadoras cubanas, en primer lugar, y luego presa de la voracidad de mafiosos chinos, rusos, incluso turcos, iraníes y cuanta piratería sobrevive en el mare magnum político. Digno de una película de ciencia ficción apocalíptica. Sólo faltaba la pandemia.

La última apuesta de mínima racionalidad la planteó el joven diputado Juan Guaidó, puesto en la palestra por el preso político más emblemático de la tiranía, gracias a los manejos turbios de su aristocrática familia, en prisión domiciliaria, Leopoldo López Mendoza. Familia que no he dudado en comparar con la de un ilustre aristócrata hispano venezolano que en medio de la guerra independentista hizo de puente entre los invasores coloniales españoles y la aristocracia criolla: el Marqués de Casa León. De ideología socialista como López, su jefe, Juan Guaidó sigue la senda de la socialdemocracia, ante el extraño mutis del jefe de Acción Democrática, Henry Ramos Allup. Mientras Capriles, de descendencia social cristiana – su padre le compró una curul por el Estado Zulia para el Partido COPEI, en tiempos de la pervertida democracia de Punto Fijo – y fue educado en los Estados Unidos por un experto asesor político bajo la presión de su padre por prepararlo para la presidencia de la República. Ni él, ni Leopoldo López, ni Juan Guaidó tienen la más mínima preparación, los aprestos y la experiencia partidista como para pretender la presidencia de un país sumido en la crisis más profunda y compleja de su historia.  Pero calzan en sus pretensiones con un país en donde no se miden los atributos políticos por la cultura, la educación y la capacidad de sus postulantes al ejercicio del poder. Es la trágica herencia de dos siglos de caciquismo, personalismo y caudillismo.

La venalidad y corrupción de unas fuerzas armadas carentes del más elemental patriotismo, como que un teniente coronel – Hugo Chávez – pusiera a los pies de Fidel Castro el país del que primero se apropiara mediante un golpe de Estado y el auxilio de la monstruosa irresponsabilidad e incultura política del pueblo que secundara su felonía, derribó ese, el último bastión contra la desintegración institucional. Pero Venezuela no es Chile, ni Hugo Chávez era Augusto Pinochet. Los partidos, cuyas crisis internas coadyuvaran a la devastación nacional, lejos de contribuir a su salvación sirvieron en bandeja de plata la República a la voracidad castro comunista de militares y civiles que llevaban todo el período democrática conspirando para hacerse con el poder. Acción Democrática, COPEI y el MAS, los tres partidos dominantes del sistema, se convirtieron en cascarones vacíos. La Asamblea Nacional perdió toda auténtica representación. La dictadura copó todos los organismos convirtiendo al Consejo Supremo Electoral es un instrumento del Estado-Gobierno. 

Es en este escenario de disolución general y desaparición de los partidos políticos que emergen las figuras de Henrique Capriles y Juan Guaidó, como máximos líderes políticos. Y es ante el intento del gobierno por volver a usar el mecanismo electoral para su legitimación y afianzamiento, que estalla la crisis entre los dos personajes en cuestión. Crisis que está muy lejos de poder ser resuelta con los escasos y débiles medios de que ambos disponen. Figuras circunstanciales, sin verdadero arraigo popular, sin carisma ni capacidad de resolución propia de los caudillos tradicionales. 

Enfrentan un enemigo feroz, implacable y cruel, carente de todo respaldo popular pero dueño de las únicas armas de guerra que existen en la República y respaldado en comandita por las tiranías de Cuba, China, Rusia y sus respectivas fuerzas armadas.  Todo lo cual, aunque acarree un grave peligro regional, hemisférico y mundial, acontece ante la pasividad y la aparente indiferencia de las democracias, principalmente la de los Estados Unidos. Afectada ella misma por el ataque concertado de los enemigos de la libertad. 

Nada peor para enfrentar este trágico panorama que la división de los principales líderes democráticos venezolanos. División provocada en gran medida por la jugada electorera de la tiranía y el electoralismo que carcome a las bases opositoras. Trampa jaula a la que caen ambos liderazgos y las fuerzas que representan, tras veinte años de dictadura electoralista aún inconscientes que no se trata de votar para salir de Maduro, sino de salir de Maduro para votar. ¿Puede alguien imaginarse si en vez de ver enfrentados a Capriles y a Guaidó en su decisión de participar o abstenerse, se les viera unidos expresando mancomunadamente el deseo que las mayorías? ¿Participar o abstenerse, pero todos unidos?

El país democrático espera esa maravillosa conjunción de pareceres: ver a todos los líderes venezolanos – Capriles, Guaidó, Machado, Ledezma, Rosales, Calderón Berti, Aguiar – mostrando el camino. Lo seguiríamos los millones de venezolanos que los respetamos y confiamos en sus decisiones. Decididos a expulsar de Miraflores al tirano y reconstruir nuestra democracia. Es la única salida racional a esta grave crisis. O desapareceremos como sociedad civilizada.

 

 

 

 

         

 


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