El totalitarismo democrático
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Miércoles, 29 de Julio de 2020 01:27

altDesde todo punto de vista resulta un contra sentido. Años atrás dirían que es el reflejo de unos efluvios mentales,

por demás retorcidos. Sin embargo, algunos extraviados de la sindéresis política acarician la idea, convencidos que sería la solución adecuada para el complejo problema político nacional.

Un régimen totalitario es la antípoda, el reverso, lo contrario de una democracia. La reconocida filósofa y analista Hanna Arendt realizó amplios e invalorables estudios sobre este tema (¨Los Orígenes del Totalitarismo¨), recordándonos no solo su cotidiano atropello a los valores de la democracia sino también la obsesión por someter  la sociedad a sus desvariados fines y propósitos. Por eso, tratar de combinar ambos sistemas es un trámite y una pretensión ociosa y sin sentido.

El totalitarismo- entre otras cosas- no admite libertad de pensamiento,  la organización de genuinos partidos, los contrapesos entre los poderes del Estado, elecciones universales, directas y secretas con las máximas garantías e imparcialidad del órgano rector. Tampoco el diálogo, los acuerdos, el respeto a la opinión diferente y hasta el ceder un poco en las posiciones, por más radicales que fuesen. El totalitarismo no acepta  resquicio de prensa libre y de medios de comunicación auténticamente críticos. Mucho menos aprueba la iniciativa privada y  las necesarias libertades económicas que la sociedad actual demanda. El Estado lo es todo y su máximo jerarca, el jefe pues,  representa la razón y ser del régimen. Es la concreción de ¨El Estado soy yo¨, como dijera Luis XIV, con permiso del tiempo y de las circunstancias.

Una de las diferencias entre dictadura y totalitarismo es que la primera puede existir sin que el Estado sea preponderante, único, entrometido en la vida de las personas y ductor de lo que debe o no hacer la colectividad. El dictador simplemente manda, decide y actúa; es el caporal que no requiere de un acomodo jurídico en los primeros tiempos para privilegiar al Estado, aunque después necesite unos áulicos que le tejan una alfombra legal para  sustentar y justificar  su poder.  Se asemeja al  caudillo criollo, tan en boga durante el siglo XIX y parte del XX o al  gendarme necesario, conforme a la tesis  de Laureano Vallenilla Lanz.

 El totalitarismo –como ya dijimos-  tiene en su cúspide  una figura que, prácticamente, concentra todas las atribuciones del Estado. Se blinda, incluso, de una madeja legislativa que le permite hacer, deshacer y utilizar todas las instituciones públicas. En otras palabras, no hay totalitarismo sin  dictador pero si puede haber un dictador sin un Estado totalitario. Se dirá que la línea es demasiado delgada, cosa que es  totalmente aceptable.

Cuando se habla – en nuestro caso - de  suplantar el actual régimen por uno democrático, se está  aludiendo al reemplazo de un sistema totalitario por otro de libertades básicas y de ciudadanía. Vale decir, que no es una de las habituales  dictaduras del pasado la que se intenta desmontar. Es todo un andamiaje totalitario construido a lo largo de 20 años.

Y ¿Cómo se haría esto?   Debemos insistir, aunque suene a inocencia o candidez, en una vía  pacífica y consensuada. Y aquí iríamos al meollo del asunto. Como algunos gustan denominarlo, el necesario ¨período de transición¨, no puede ni debe ser más duradero de lo que la coyuntura obliga y apremia. No tendría, además, que ser copia de algunos procesos a los que algunos voceros políticos echan mano como son los casos de España y Chile. Diferentes por donde se les mire, plantear un mediano o largo período de ¨gobierno conjunto¨, podría devenir en una especie de convivencia anti natura, como lo intuye el título de estas breves cuartillas. En este particular, el tiempo no es el mejor aliado.  Es obvio -entonces- que mientras más corto, mejor.

Es difícil imaginar un Estado totalitario avenido con un grueso número  de dirigentes demócratas y con todo un país ganado para el retorno inmediato de la paz, la libertad y el progreso. Por eso sería incomprensible  alargar en demasía el tiempo de una posible transición y por tanto –repetimos- las cosas tendrían que hacerse de manera rápida y breve. Lo contrario, sería connivencia, complicidad y deslealtad con las más legítimas aspiraciones del pueblo venezolano.

 En este orden, hay que tener mucho cuidado con las elecciones parlamentarias.  Cobijadas bajo un paraguas de falsas expectativas, estas podrían culminar, de  manera sorprendente, en un largo abrazo político y en un  condenable festín de acomodos y reacomodos, sin reparar que  el totalitarismo democrático es una tamaña contradicción y, en consecuencia,  carente de cualquier viabilidad.

 

 

 

                                                         


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