¿Algo positivo en el socialismo siglo XXI?
Escrito por William Anseume | @WilliamAnseumeB   
Jueves, 25 de Junio de 2020 07:19

altAnte una pregunta como la que da título a este artículo, lo primero en la ocurrencia al responder es plantar una definitiva negativa rotunda.

Esto si la atendemos impulsivamente, como hasta yo estaría dispuesto a ripostar. Pero considerémosla mesuradamente, muy mesuradamente, hasta llegar a una afirmación. 

El bipartidismo democratico se secó hacia finales del siglo pasado. A pesar de las campanadas de alerta. No supo reponerse de ese proceso irrefrenable de desecación. La corrupción, el reparto clientelar de posibilidades, el agotamiento de las relaciones contenedoras de los ímpetus de poder de algunos dentro de las Fuerzas Armadas, entre múltiples otros factores de los cuales no se escapan los deseos de Fidel Castro por echarle manos al país desde su arribo al control de Cuba, fosilizaron pronto, demasiado pronto, la democracia representativa. 

¿Para qué sirvió el desenlace y la secuela en el destructor socialismo del siglo XXI? Sirvió para desnudarnos de cerca la carcomedora presencia de los ideales comunistas. Igualar. Expropiar (apropiarse de todo material e institucionalmente). Centralizar. Dominar. Destruir. Perpetuar. Cercenar libertades. Apresar. Humillar. Perseguir. Expatriar. Fue éste, en resumen cándido, su modo de actuar, el de Hugo Chávez, el de Nicolás Maduro y sus secuaces, como detentadores del poder, para buscar perpetuarse en él, fundamentados en la prolongación más profunda y vergonzosa del populismo más corrupto y cruel que se haya conocido en nuestra historia.  

¿Ganancias? Sí. La conciencia cívica del nunca más permitir el despotismo en el manejo del Estado. Una lucha que seguirá siendo titánica. Fundamentarnos en: Menos personalismo. Menos o ningún paternalismo. El redescubrimiento de ser un país pobre con opción de desarrollarse sobre la base del trabajo productivo y la imaginación creadora de empresas libres, grandes, medianas, pequeñas, ínfimas, pero generadoras de empleos y de riquezas; la vuelta a mirar al campo fértil; o sea, el dejar atrás el facilísimo y la dádiva compradora de conciencias entregadas por minucias rastreras. El reconocimiento de los valores democráticos. Así  como de todas las libertades individuales y colectivas. La estimación hasta la exageración de la libertad de expresión y de información. La elevación a un significado superlativo de la legalidad como base para el buen funcionamiento del Estado, la vuelta de los militares a su profesión, a sus cuarteles, a sus funciones de uniformados al servicio único de la República reconstituida. 

En fin, el pavoroso, el siniestro, el macabro, socialismo del siglo XXI nos enseña que debemos recobrar la libertad para vivir en democracia. Y, una vez libres, preservar, diariamente, a toda costa, la institucionalidad para alcanzar la felicidad más grande para todos, para reconocernos, por doquiera que vayamos, como verdaderos ciudadanos y no como lacayos de opresores a los que de vez en cuando, en su miseria, le arrojan algo de comer. La esperanza es que, con sangre y sufrimiento prolongado, hayamos aprendido tan fuerte lección. Ojalá sea, de haber ocurrido así, de lo más duradera.  

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