De la anomalía como hábitat
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 21 de Febrero de 2022 00:00

altEn tiempos de declaración del impuesto sobre la renta, lucimos  insensibles ante el ascenso de las tasas en los registros y notarías,

como acontece en otros ámbitos. Quizá porque es muy poco lo que se puede vender y comprar, creemos que la voracidad del Estado  tampoco nos darán alcance.

La carga fiscal también ejerce su peso sobre la parafiscal, pues, hiperinflación, al fin y al cabo, por increíble que parezca, recae igualmente en los precios estimados en dólares, prácticamente, la única divisa que tenemos y, obvio, no emitimos; es necesario añadir la matraca del funcionario inescrupuloso y descarado, cual tasa de un reconocido aufemismo: el “refresco pa´los muchachos”.  Nadie está libre del puntual, ineludible  y diario pago del impuesto al valor agregado, por lo que es fácil deducir y concluir que todos y cada uno de los venezolanos estamos sometidos a la constante subida del alquiler, sobreviviendo en un país del que alguna vez nos dijimos propietarios. 

Porque juramos hacer la política y, faltando poco, la política opositora, aunque más bien solemos tuitearla más que pensarla y decirla, centramos nuestra atención en las vicisitudes palaciegas y las expectativas de una candidatura formal para 2024, desinteresados por los problemas fundamentales del país. Por ejemplo, olvidamos que en el siglo XX, tanto o más efectivo que atacar al gobernante de turno, lo fue caracterizar y evaluar – asociándolo – su política petrolera, sanitaria, vial, agraria o en otras materias con las que alguna familiaridad alcanzaba la opinión pública, incluso, con el uso y comprensión de términos de la especialidad. 

Padecemos, por más de dos largas décadas, en la presente centuria, las consecuencias de las fórmulas económicas, monetarias y fiscales que el régimen ha adoptado de acuerdo a sus más exactos y precisos intereses, forzados a los más grandes e inútiles sacrificios que, valga acotar,  lucen diferentes a los más útiles y productivos de origen fondomonetarista. En última instancia, no reparamos en la conexión de estos hechos presuntamente aislados,  con otros que constituyen todo un circuito del disparate, radicalmente divorciados los propósitos que se proclaman con los medios empleados y resultados obtenidos.

La reciente celebración del tal 4 de febrero en la ciudad capital, supuso paralizarla por los actos celebrativos ordenados por el régimen con el concurso obligatorio de los empleados públicos, moviendo tarimas en áreas neurálgicas como Plaza Venezuela. Ahí, en las inmediaciones, atrapados en una espesa cola generada por los autobuses oficialistas, nos percatamos y fotografiamos a la pareja motorizada  que poco le importaba andar sin cascos,  en casual y repentina vecindad con un funcionario motorizado de la dirección de investigaciones de accidentes viales; recordamos que las leyes y reglamentos de tránsito terrestre son más antiguas que  todos nuestros modernos textos constitucionales, tropezando de nuevo con la anomia, una enfermedad del sentido común como bien la definió María Sol Pérez Schael. 

Habitamos la anomalía, aceptando la despolitización de los partidos, tal como lo hacemos con los bomberos  que actúan sin la más mínima póliza de seguros,  la prensa censurada y de fuentes desespecializadas, la exclusiva iluminación de calles y avenidas por el vencindario,  la militante indisciplina después de dos años de pandemia, el festejo en las alturas de un tepuy o el tiroteo de un niño frente a las costas trino-tobagueñas, el policía como atracador, la radical flexibilidad laboral en medio de la desvalorización del trabajo, la remodelación gubernamental de las universidades a las que no le reconocen siquiera el régimen presupuestario y sus más caros principios, el soldado que no defiende el territorio nacional, el eufemismo para millones de venezolanos desplazados que buscan refugio. La irracionalidad e inautenticidad convertida en sistema, siendo todos histriones.

La élite política de oposición reniega de las elecciones del pasado 21 de noviembre para inmediatamente hacer campaña en Barinas y apoyar a un candidato que gana pero, luego, acude al Palacio Legislativo secuestrado por el ocupante de Miraflores a quien también plenamente reconoce. O la élite social opositora que busca realizar los comicios universitarios de acuerdo al oficialismo, tratándo de congraciarse con la llamada Asamblea Nacional de 2020, como antes exitosamente lo hizo con la de 2015 que le dio tribuna y reconocimiento.

Somos rehenes de un fenómeno tan patológicamente arraigado, necesario de detener y de revertir: sea destructiva o constructiva la anomia, boba o avispada, o jurídica como la concibe – confundiéndonos - María González Ordovás, estamos obligados a un descomunal esfuerzo de sensatez, cordura y coherencia, para superar el actual desorden establecido. Hacia finales del siglo pasado, lo había pronosticado Aníbal Romero al observar y descubrir tendencias terriblemente enmascaradas por los conflictos de entonces. 

A veces, presumimos que un texto sucinto es mejor para plantear nuestras inquietudes y, contrariando una costumbre adquirida en los últimos tiempos, volvemos a una versión larga para intentarnos más directos y francos; pero, otras, nos percatamos de la cada vez más escasa importancia que adquieren las columnas de opinión. Interpretar los hechos y hacerlo adecuadamente para la coincidencia y la discrepancia, parece importar poco: es el colmo de la anomia que nos sirve de gentilicio.

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