Del itinerario trágico hacia la gloriosa Resurrección
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Viernes, 10 de Abril de 2020 10:37

altInédito confinamiento viruscoronario, aunque no conozcamos de algún esbozo sobre el empleo del tiempo presuntamente libre, nos atrevemos a varias hipótesis.

Por ejemplo, la una, evidente, el consentimiento resignado a la elemental medida de enclaustramiento, justificada la desconfianza hacia un Estado que, en poco o en nada, auxilia a sus ciudadanos; y, la otra, menos obvia, la reivindicación del  hogar al mismo tiempo que la de los espacios públicos.

Específicamente, la casa nos devuelve a las intimidades olvidadas, aunque en condiciones precarias que obligan a sendas excursiones para la búsqueda de los insumos necesarios, vapuleados por la inflación, rogando por no afrontar una emergencia - incluso – distinta a la viral, más de las veces, sin el servicio eléctrico o de agua. No obstante, en alguna escala, tendemos a revisar algunas de las convicciones que nos mantienen en pie y, aun no siendo creyentes, siéndolos de un modo particular u, otra variante, creyéndonos incrédulos, aplaudimos desde casas y apartamentos, el periplo cumplido por el Nazareno en las principales arterias de aldeas, caseríos, pueblos y ciudades.

Quizá por darle un acento diferente a las desoladas calles, muchos reparamos en el cumplimiento trágico de un itinerario que llevó finalmente a Jesús a la Resurrección, sublimando el de todo un  país que ya no diferencia entre el Covid19 y el régimen que nos atormenta. En el llamado papamóvil, transitó por Caracas el Nazareno de la Iglesia Santa Teresa, agolpada tradicionalmente por estas fechas, seguido  por numerosos motorizados de la Guardia Nacional y de la Policía Bolivarianas, cuales carceleros, hasta que una falla eléctrica impidió consumar el recorrido: no fue por falta de gasolina, como aseguró la prelatura que no ha de mentir y, menos, en la época cuaresmal.

A pesar de las limitaciones igualmente compartidas, los párrocos, se esfuerzan por una novedosa tarea evangelizadora y, así,  con una modestia de infinita riqueza espiritual, el más cercano a nuestra residencia, hizo el trayecto con el Nazareno sobre una camioneta equipada con un básico sonido, compartiendo las oraciones con el extenso vecindario que también lo aplaudió como símbolo de las esperanzas que no desfallecen. En lo más recóndito de una agitada existencia común, arreciado el estado de zozobra como pocas veces en nuestra historia,  surgen las preguntas de la vida misma,   persistentes, ineludibles, impostergables.

Entre los papeles removidos  en casa, por cierto,  encontramos viejos recortes de prensa, como los de  la serie de José Luis Vethencourt sobre la sabiduría, entre ellas, la espiritual, publicada por el Nacional a finales de 1985;  el  de Pynchas Brener, para el mismo periódico, sobre el pecado y el arrepentimiento (04/11/98); el de Roberto Briceño-León para El Universal, en relación al “Foucault entre nosotros” (08/07/84), curioso para un diario tildado de conservador; y hasta los títulos significativos de Ignacio Larrañaga junto a los ejercicios ignacianos de los padres Ignacio Huarte y José Martínez.  Es  decir, por poco que sea el tiempo disponible, el dramático camino de Jesús hacia la gloria, nos interpela, desde el propio oficio de la codianidad forzosa.

 


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