Verdugos de oficio
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Lunes, 06 de Abril de 2020 00:00

altA decir por lo que las realidades describen, la situación del país es traumática y vergonzosa.

Dejó de ser crisis, para convertirse en pesadilla. Un horrible sueño cuyo protagonista es el agitado virus coronado de terror. En fin, pareciera que Venezuela fuera un laboratorio de ciencias fácticas cuyo mayor experimento en desarrollo, no corrió con la suerte que sus cuentistas le auguraron hace casi tres décadas o más. El llamado Socialismo del Siglo XXI, resultó ser la estafa política, social y económica de mayor investidura delincuencial. 

Y es que, a pesar de lo establecido por la Constitución de la República (Artículo 6º), el gobierno nacional y las entidades políticas que lo acompañan, “es y será siempre democrático (…)”. El juego revolucionario terminó demoliendo buena parte de la estructura institucional sobre la cual esa misma Carta Magna planteó la construcción de “una sociedad democrática, participativa, y protagónica (…)”

Ahora el país se halla sumergido en medio de un lodazal de cuyo fondo costará salir toda vez que el autismo gubernamental atoró la funcionalidad de la administración pública hasta llevarla a un complicado estado de postración. Y las pocas veces que el gobierno ha podido evitar tal grado de extenuación, es porque ha reaccionado de manera espasmódica y tardíamente ante problemas de neurálgico efecto. 

Cualquier otro tipo de dificultades, las ha encarado tan fríamente, que lejos de superar el incidente en cuestión, las decisiones tomadas a nivel del alto gobierno han acentuado el matiz de las inconveniencias. En consecuencia, las mismas avivaron la profunda crisis que se traía y que hoy tiene sumida a Venezuela en la peor de las tragedias registradas económica, social y políticamente.

Sin embargo la intransigencia e intolerancia del gobernante y sus colaboradores, ha fungido como el factor que mayormente ha servido para situar al país en un grave estado de desconcierto y desesperación por cuyos efectos se han mediatizado compromisos y menguado esfuerzos. En medio de este caos inducido por la sordidez de la dirigencia política en ejercicio ilegítimo del poder, se han venido desarreglando las directrices que, alguna vez, fijó un proyecto (histórico) de país. Éste, dirigido a articular la esencia de la nacionalidad con las capacidades y potencialidades de venezolanos resteados con las esperanzas capaces de impulsar el futuro que bien merece el país.

Fue así que a instancia de los intereses de quienes asumieron el papel de gobernantes a partir de 1999, fundamentalmente, se forjaron ciertas oportunidades de cuyos momentos críticos, escudriñaron cuáles serían las de mayor beneficio. Pero hicieron lo contrario. Atendieron sólo pretensiones político-ideológicas y la opinión de algunos personajes del oficialismo que veían las mismas como la ruta que conduciría hacia el codiciado botín. Así, confiaron en el populismo como modelo político que apelaba al pueblo para erigir el poder suficiente y necesario a los fines de justificar toda medida o política pública a tomar mediante las cuales pudieran estos gobernantes, engañosamente, hacerse ver como “redentores de los humildes”.

Por consiguiente, se valieron de tan manida presunción para infundir en la población una imagen de “salvadores de la patria”. Por tanto, había que elaborar discursos que animaran voluntades que actuaran como factores de apoyo y resguardo al proyecto político que había venido maquinándose. Han sido tan desvergonzados, que argumentaron que “nosotros no somos un gobierno, somos un proyecto político”. 

Con esas palabras, dejaron ver la causalidad de la crisis político-social y político-económica que tiene enzarzado al país en medio de la más cruda maraña. Así también expresaron, que “el control de cambio en Venezuela no es una medida económica, es una medida política porque si quitamos el control de cambio nos tumban” 

Una lectura política de esas exclamaciones, permiten inferir que los desafueros de la gestión pública es consecuencia de ser, cualquier cosa menos un gobierno. El actual régimen político, bien ha servido para afianzar distorsiones que además de debilitar posibilidades de desarrollo nacional, ha fraguado una crisis de identidad que trastocó valores trascendentales que pervirtieron la moral pública y la ética social. 

Y para ello, había que buscar el apoyo de quienes en medio de la aludida “revolución bolivariana”, actúan y viven como verdugos de oficio.


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