El impacto social del Covid-19
Escrito por Trino Márquez C. | @trinomarquezc   
Jueves, 26 de Marzo de 2020 01:13

altAún es muy temprano para determinar cuáles serán las consecuencias sociales globales del Covid-19, ese enemigo microscópico,

aparentemente dotado de una inteligencia diabólica y con una vocación expansiva peor que la del mismísimo Hitler. El condenado no se detiene ante nada.

Los signos más evidentes de su paso arrollador son miles, tal vez millones, de pequeñas, medianas y grandes empresas, que sólo podrán subsistir si reciben financiamiento, subsidios o exoneraciones fiscales de los gobiernos. La consecuencia inmediata se reflejará en el empleo y en las remuneraciones de los trabajadores. Ya en algunos países, por ejemplo Inglaterra, las empresas pequeñas han reducido un tercio el salario de sus trabajadores. Adoptaron estas medidas para no tener que bajar la santamaría. El ingreso de los trabajadores disminuirá y las posibilidades de cambiar de empleo serán remotas. Los trabajadores tratarán de preservar su oficio, aunque el salario disminuya. 

En numerosas naciones afectadas por la pandemia, el trabajo por internet se ha incrementado de forma apreciable. Esta tendencia venía despuntando ya desde hace bastante tiempo, sobre todo entre los trabajadores por cuenta propia. Ahora, con el Covi-19, se ha exponenciado. En Alemania, el canal de televisión Deutsche Welle habla de un crecimiento superior a 15% desde que el virus se universalizó. Si la propensión se mantiene, es muy probable que las relaciones de trabajo se modifiquen a partir de ahora, y cada vez mayor cantidad de actividades se realicen desde las habitaciones privadas o en lugares públicos donde los trabajadores compartan un espacio común.

En ambos casos  me refiero a lo que sucede en países con altos niveles de desarrollo, como Inglaterra y Alemania, dos de las principales economías del planeta. La situación  es distinta cuando nos trasladamos a Venezuela. En el plano de las remuneraciones y la dinámica laboral, lo que puede esperarse no resulta tan benigno como lo que está pasando en las naciones europeas. En el caso de Venezuela, el cabezal atómico del Covid-19 está impactando sobre una economía maltrecha, con siete años de deterioro continuo. Aquí ya no se trata de que las Pymi van a verse obligadas a disminuir los salarios o que los trabajadores van a tener que cumplir sus labores por la red. La cuestión resulta mucho peor. Durante toda la década actual, y con especial agresividad desde que Nicolás Maduro llega a Miraflores, las empresas se han descapitalizado, han perdido mercados, no consiguen materias primas y han sido víctimas de la voraz hiperinflación que las ha llevado al borde de la quiebra. Si la parálisis se prolonga, las pequeñas y medianas empresas se verán forzadas a cerrar sus puertas porque no poseen el músculo suficiente para afrontar el pago de la nómina. La capacidad de ahorro de esas unidades es nula o cercana a cero. Su tasa de letalidad será muy elevada.

Las posibilidades de reconvertir o reorientar la dinámica laboral para trabajar en los hogares utilizando la red, también son muy reducidas. Venezuela cuenta con uno de los peores servicios de internet de la región latinoamericana, luego de haber sido pionera en este campo durante la primera fase de la revolución informática, cuando podíamos compararnos con los países más desarrollados. 

Las opciones que ofrecen los gobiernos de Europa, los Estados Unidos y otros países con economías más sólidas, no son viables en Venezuela. Aquí el Estado carece de la fortaleza financiera para auxiliar a las empresas y los trabajadores. La hecatombe del corona virus coincide con el colapso de la industria petrolera, el cierre de la refinerías, la paralización de numerosos taladros y el desplome de los precios del crudo. La situación del gobierno de Maduro es tan desesperada que se vio obligado, rompiendo con todas sus promesas anteriores, a pedirle al FMI cinco mil millones de dólares. En vista de que le negaron el préstamo, ahora dice que se conformaría con apenas mil millones. El venezolano, o mejor dicho el madurista, es un Estado tírame algo. Quebrado y leproso con el cual ningún organismo internacional o país serio quiere mantener contacto. 

Al lado de ese Estado fallido, tenemos una clase trabajadora y unos sectores populares sin la potencialidad para ahorrar. La hiperinflación pulverizó sus salarios y las pocas provisiones que pudieron haber acumulado a lo largo de los años. Las capas humildes están enfrentando al maligno virus, en situación de pobreza extrema, sin agua, sin luz, desnutridos, sin medicinas, con hospitales miserables y con una red sanitaria destartalada. 

Este cuadro social, en sí mismo grave y sombrío, será todavía más deprimente si Maduro no lo enfrenta desde una perspectiva global. Si no une al país para encararlo. Si quiere actuar como Presidente de los venezolanos, lo primero que debería hacer es buscar un acuerdo con la oposición liderada por Juan Guaidó. Se abrirían las puertas para un entendimiento nacional y una masiva ayuda internacional.

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