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| ¿Economía o teología? |
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| Escrito por Víctor Maldonado C. |
| Lunes, 08 de Febrero de 2010 07:43 |
Debo a mi amigo Fernando Barrientos la oportunidad de leer dos libros esenciales para entender lo que estamos viviendo. Ambos se refieren a los desplantes de la izquierda radical latinoamericana y a los desastres políticos
que la mezcla de impericia, ineptitud, necedad infantil y distopías pueden provocar. Ambos se conduelen del tiempo perdido por la desolación y la barbarie que produjeron. Y por supuesto, no dejan de señalar la estupidez de convocar todo el caos posible desde la ingenuidad de pretender que alguna cosa podían lograr. De toda esa vivencia tal vez quede un epitafio en la tumba perdida de Salvador Allende, como advertencia a todos los que vinieron después sobre la incapacidad de administrar los procesos revolucionarios. Ahora mismo estamos siendo espectadores obligados de una repetición. También nuestro presidente habla de economía política para aludir un diseño económico socialista intocable respecto del cual él siente el deber inalienable de brindarle el marco político adecuado para su aplicación. Chávez no entiende la economía como una ciencia moderna sino como un arcano sagrado que ha recibido con la misión de hacerla realidad, sin importar el precio que debamos pagar los venezolanos. José Rodríguez Elizondo precisa que el enigma que se pretende descifrar opera al nivel de dos abstracciones fundamentales. La primera de ellas, la obligación ideológica de destruir la economía capitalista. La segunda que es concomitante, el deber de construir la economía socialista. Pero al ser asumidos como revelaciones, ni el máximo dirigente del proceso, y mucho menos cualquiera de sus fanáticos seguidores se pasean por preguntas que son esenciales: ¿Cómo?, ¿a partir de qué? ¿ y con qué proyección de costos y beneficios? Ningún sentido de realidad ataja a nuestros fanáticos a la hora de acelerar la revolución o de hacer votos y promesas sobre la necesidad “de cambiar la estructura de la propiedad en Venezuela para tener socialismo, así como alcanzar la hegemonía de la propiedad social, porque los medios estratégicos pertenecen a todos para garantizar que todos tengamos patrimonio familiar”. Cuando el flamante vicepresidente anunció de esta forma sus metas de gobierno, no dijo nada racionalmente comprensible, simplemente pronunció un voto religioso, una mera convicción, sin preguntarse sobre la plausibilidad de la propuesta, o sus propias capacidades para implementarlas. Eso no es ciencia, es simple teología. Ideología, subjetividad y voluntarismo explican, a juicio del analista político, la simpleza tan tajante que tienen nuestros dirigentes a la hora de explicar la economía. La ecuación parte de la necesidad de tener el poder total para demoler las instituciones burguesas y su sustitución por algo diferente. Se supone que por la vía de la dictadura se pueden instrumentar mágicamente todos y cada uno de los dogmas, por inviables que parezcan. Por eso en cada una de las fallidas experiencias todo se reduce a la persecución y agotamiento de los derechos de propiedad, a su apropiación por parte del gobierno para transformarlo en ruina y desorden, mientras se difunde la propaganda de que por esa vía todo el poder pasara al pueblo. “Todo el poder para los soviets” fue la primera y originaria invocación. Poder comunal y contraloría social revisten de un barniz moderno la vieja consigna, el mismo engaño, la misma tragedia. La malaventura de la experiencia está en el intermedio. Mientras se destruye con tanto afán, no se construye. La rapiña emprendida contra las instituciones del mercado y los derechos de propiedad no se compensan con ninguna alternativa que sea digna de mencionar. Pero recordemos, la ciencia se desdeña como parte de una ideología que hay que desmontar, mientras se espera que las masas acudan prestas con toda su creatividad a compensar la ruina con compromiso y buena voluntad. No es casual la identidad del proceso con Lenin. El viejo fundador del comunismo soviético también afirmaba los poderes taumatúrgicos del pueblo, cuando suponía que cualquier obrero podía resolver los problemas de la burocracia estatal. Él también hubiera confiado en la buena voluntad de un autobusero, un viejo ex guerrillero o un decrépito héroe de la revolución para resolver la crisis eléctrica. Él también hubiese fallado, e igualmente hubiese censurado con todo el rigor la desconfianza en las masas. Tampoco hubiese permitido duda alguna sobre su capacidad exclusiva para interpretar el signo de los tiempos y conducir el proceso hasta el descalabro. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |