La banalización de la política (roja)
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Miércoles, 30 de Octubre de 2019 05:16

altEl problema de ver en la política un ejercicio de emociones y pasiones, no es equivocado pues tampoco está apartado de la realidad.

Aunque tan cruda concepción, no devino en lo que actualmente pasa por el hecho de reconocer en la política aquella suerte de consideraciones que obligan al hombre, en su contexto social y económico, a relacionarse con otros. Indistintamente de los intereses y necesidades que lo mueven. 

Hannah Arendt tenía razón cuando invocaba la inteligencia como condición del ser humano para que en el plano colectivo, pudiera reconocer que, en medio del pluralismo, es donde reposa la política. Aunque su enunciación sobre “política”, siguió sin ampliarse. Quizás, a los fines de hacer que su comprensión alcanzara ámbitos de mayor extensión dialéctica. 

Sin embargo, bastó que sumara a su explicación la variable “participación” entre las acepciones del concepto de “pluralidad humana”, para que pudiera reconocerse y aceptarse que la política provee al hombre la sensibilidad justa para que comprenda la necesidad de integrarse al tejido social en el cual se desenvuelve. Todo así, al dar cuenta de sus capacidades, disposición comprensión y sentimiento ante el mundo que tiene por delante.

Pero las realidades tienen su juego propio. No siempre la teoría somete las realidades de las cuales extrae sus contenidos. No obstante, hay momentos en que se da un relativo equilibrio entre el discurso y la praxis. Entre las ideas y el curso que sigue la vida. Aunque cuando el carácter circunspecto de las realidades se deja seducir por la rigurosidad de la teoría, algunas verdades suelen expandir sus razones. Y hasta es posible, advertir la conjugación que se da entre lo perceptible o evidente, y lo imperceptible o discutible. Es decir, entre la idea y el hecho mismo. 

Es precisamente el instante en que el equilibrio que articula dichos estamentos, adquiere tal grado de sensibilidad que llega a provocar confusiones que avivan razones que encubren la malignidad como praxis de vida (política). Pero entendida ésta, como aquella condición que permea cualquier intento de exaltar toda ideología política que presuma de dominante. Es ahí cuando el ejercicio de la política se desvirtúa de lo que en su esencia es. 

Es ahí cuando la política se infunde de cualquier razón, por absurda o enmarañada que pueda parecer, para usurpar la magnanimidad bajo la cual logra consolidar sus fundamentos principios y valores. Pero también, para darle paso a la malignidad de la cual, repetidamente, se sirve con el propósito de disfrazar la perversidad de lo que corresponde a la virtud de lo justo y lo correcto. 

Es así como el ejercicio de la política se apoya en códigos propios que sólo pueden traducirse al momento en que las “contingencias” exigen acciones que pueden ser contrarias a lo que el discurso político destaca en oportunidades engalanadas por triunfalismos coyunturales u ocasionales. Sin duda, esas tendencias, son expresiones de comportamientos que atinan a interpretar quienes asumen funciones de dirección o liderazgo político. Sólo que en el fondo, por el secretismo que ello guarda, fraguan acciones que terminan sumando más conflictos a los acumulados. Mecanismos de terror, Fórmulas de sanción y de amenazas que desmoralizan al incitar intrigas de todo género y especie. Y precisamente, instancias así configuran los espacios y oportunidades para tramar, mediante la política, todo acto de injusticia, infamia e inequidad. Pero transcritos a través de órdenes cuyo texto disimula la verdadera intención. Siempre escondida entre líneas.

Es esa la manera a través de la cual, el ejercicio de la política luce oscuro pues en las tinieblas consigue los pretextos o excusas para hacer de las suyas. Y es, cuando el mal o lo banal se convierte en un recurso, o en criterio político, para chantajear, conspirar, amenazar, violentar. Y hasta para devastar, arrebatar o asfixiar realidades, esfuerzos o trayectorias personales, colectivas, institucionales o gremiales políticas, culturales, sociales y económicas. 

Todo esto puede tramarse desde la política toda vez que se arma de la capacidad de urdir el mal. Lo banal. De modo que en esa línea de ejecutorias, la política puede hacer confusa cualquier realidad al lograr que lo real luzca irreal. Lo urgente, innecesario. Lo importante, insignificante. Así, es la política cuando busca traficar sus intereses por encima de lo que para ella es el deber al momento de saber honrar los valores morales que le son propios a su sentido.  

Sin duda que debe advertirse la conjura del mal que desde la política penumbrosa, se lleva a cabo. En Venezuela, el ejercicio de la política cayó en tan hondos boquetes. El deterioro que el ejercicio de la política ha sufrido, es desmedido. Especialmente, en lo que va de siglo XXI con el presuntuoso invento retórico del socialismo y su revolución. De hecho, quienes fungen de gobernantes, exhiben sus pies de barro pues no tienen otros para desandar en la miseria que sus praxis de resentimiento generó en tan corto tiempo. De esa forma, buscan ocultar los vicios e insuficiencias de su protagonismo en el desastre producido. 

Por todo eso resulta imposible esconder el mal que sus políticas de menguas ha causado. Es cuando adquiere sentido y necesidad, dar cuenta de lo que ha causado en Venezuela la banalización de la política (roja).

 


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