El luto se tornó tricolor
Escrito por Antonio José Monagas | TW: @ajmonagas   
Domingo, 13 de Octubre de 2019 08:19

altLa profunda confusión que se ha instalado en Venezuela estos últimos años, responde a distintas causas.

Causas éstas no sólo de razón política. También de naturaleza económica, social, moral y cultural. Inclusive, de acepción ética. Todas ellas reflejan anomia que, por estos tiempos, tiene secuestrada a la nación. Ésta no es fortuita. Podría decirse, que fue promulgada por el Estado en atención al desorden gubernamental que se fraguó como resultado del desbocamiento de contradicciones, desarreglos y desacato de preceptos trazados constitucionalmente. 

No obstante, la protesta no cesa. Por el contrario, se ha intensificado. Y es porque lo que recorre cada parte de la humanidad y espiritualidad de tantos venezolanos, es la indignación que significa la desvergonzada retracción del país por culpa de un régimen soberbio, indolente y ortodoxo. No hay duda de que estos momentos de crudos conflictos que padece el país político por causa de la ofensiva de la cual ha sido víctima la institucionalidad democrática constitucionalmente establecida, no ha sido óbice para que esos mismos venezolanos hayan decidido reconquistar los valores morales y políticos sobre los cuales se asentó el sistema político. Ese mismo sistema político que tantas veces ha permitido disfrutar la convivencia. 

Pero pareciera que por ahora y hasta ahora, la represión ha sido la única respuesta del autoritarismo dominante. Particularmente, toda vez que su enmudecimiento tiene aprisionado todo rasgo de elemental conducta política y comportamiento ciudadano para encarar los problemas que su propia incapacidad, o quizás su enmascarado proyecto de gobierno, no le ha permitido despejar. 

Aun peor ha sido el desconocimiento mostrado o la descarada postergación asumida por el Poder Ejecutivo, en cuanto a lo que determina la letra constitucional. Tanta saña gubernamental,  exasperó el estoicismo o aguante de venezolanos quienes comenzaron a verse cuales prisioneros sometidos a un riguroso régimen disciplinario sin que fueran demostradas las acusaciones de un ostentoso “denunciante difamador o calumniador”.

Y como siempre, la juventud se presta para ir a al frente de luchas que inhabilitan su futuro. Frente a tan avivada motivación, los muchachos han ocupado las primeras líneas de tan particular confrontación donde se apersona la violencia representada por un actor cuya soberbia rebasa los límites de la civilidad. Bien adentro o afuera del país. 

Esa muchachada, no se amilana ante demostraciones de fuerza y de poder que se solapan con el envalentonamiento de quienes no tienen la razón. Es por eso que esa disposición de lucha, se potencia innumerables veces. Tantas, como el sentimiento libertad, junto a la virtud y el honor, se convierten en aceleradores de la acción libertaria emprendida. 

El valor que acompaña a esa muchachada, que copió el ejemplo de una sociedad contestaría, inocula en su sangre el empuje necesario  para ir hasta el final de pensamientos que viven de la esperanza y de la fe. Esa libertad por la que luchan estos venezolanos de todas las edades, no sólo existe donde la inteligencia y la determinación consiguen frustrar los planes al opresor. También, donde la persistencia y la paciencia logran desencajar las ilusas pretensiones de un gobierno persuadido de ser propietario vitalicio del poder. Lucha ésta que igualmente están dando quienes se vieron obligados a salir de Venezuela configurando el conocido fenómeno de la diáspora o éxodo. 

Sin embargo, tan críticos momentos no siempre alcanzan la victoria en el tiempo esperado. Y vivir tan agobiante espacio, no sólo lleva a perderse entre las contingencias del camino. Igualmente, a sucumbir ante los riesgos propios de tan escarpadas situaciones por las que atraviesa la sociedad venezolana.. 

Es ahí cuando el tiempo se impone y hace sentirse imperecedero. Entonces, quienes emplean la represión como criterio de gobierno, se aprovechan del poder el cual apoyado en la beligerancia, lo convierten en instrumento de muerte. 

Es cuando las diferencias de poder, alojan discrepancias que resultan ser nocivas ante la posibilidad de un entendimiento. Es cuando dichas distancias, de ideas, actitudes y aptitudes, arrojan desproporcionados e injustos balances. Así es a pesar de los reiterados y cuestionados encuentros realizados con la anuencia de gobiernos extranjeros con la idea de dialogar a los fines de conciliar posturas y decisiones. 

Pero aunque la muerte se asoma por exiguos momentos, su efecto trae como resultado la baja de algún venezolano aquejado por una enfermedad para la cual no se consiguen los medicamentos o no hay hospitales que brinden el cuidado prescrito constitucionalmente. O de aquellos venezolanos que se sitúan en la primera línea de batalla. 

Es cuando surge lo inevitable: la muerte exhibe sus garras de siniestro efecto. Y aunque si bien no todo morirá, es precisamente el valor de ese venezolano la razón que sigue inspirando arrojo y decisión ante las injusticias y arbitrariedades de un régimen forajido. Deberá reconocerse que si bien el verdadero valor comienza con el miedo, al final, ese mismo sentimiento induce la valentía y el coraje necesaria para derrocar un proyecto ideológico contenido en un ataúd de desvergüenza, pillaje y corrupción. Por eso, cada baja de cualquier venezolano, adentro o afuera, es razón para dar cuenta de lo adolorido que está el país. Ante tanta desgracia junta que deja al país sin un pedazo de su futuro, deberá reconocerse que ahora el luto se tornó tricolor.


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