Crímenes políticos
Escrito por William Anseume | @WilliamAnseumeB   
Viernes, 04 de Octubre de 2019 05:53

altEn Venezuela continúa el incremento de los crímenes políticos. No hay que ser muy perspicaz para notarlo.

Aquello que antes era un dato insignificante se ha magnificado con el incremento de la violencia en el país. Así algunos pretendan tanto ignorarla como disimularla, esconderla bajo alguna alfombra. Lo que no se percibe ni al parecer interesa por casi ningún lado, es alguna tendencia a la investigación y el esclarecimiento de este tipo de ajusticiamiento despreciable. 

Así como cuando Pérez Jiménez nadie dudaba ni hoy duda acerca de quién cometió o indujo a cometer el magnicidio contra Delgado Chalbaud, la sociedad venezolana e internacional requiere de pocas aclaratorias acerca de lo que en ese sentido actualmente nos ocurre. Nadie parece espantarse de la cifra de dirigentes gremiales y sindicales presuntamente asesinados, dados a conocer por la Comisión de Encuesta de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Nadie parece recordar ya el asesinato del concejal Fernando Albán ni del capitán Acosta Arévalo. Incluso se percibe que se están matando entre ellos para generar ocultamiento  en sus modos de accionar. Recientemente, en circunstancias extrañas y repudiables se conoció la muerte del hijo de un opositor alcalde mirandino. Pero liquidaron, también, a uno que supuestamente estaba tras las rejas o en búsqueda de apresarlo, quién, sin embargo, andaba por la libre, aunque cubierto de brumas: el exgobernador Jhonny Yánez Rangel, quemado, además, para ahumar mucho más elocuentemente las circunstancias. 
 
La violencia nos arropa, aunque pretendamos soslayarla de cualquier modo. La violencia política parece resultar innombrable. No se invoca. Pero esa violencia la genera un régimen ilegítimo que patalea por el sostenimiento del poder. Un régimen encaramado sobre un escabroso tinglado de narcóticos, de dinero mal habido, de armas, de poder. Se puede percibir como imposible la supervivencia de una tiranía que así flota sobre sangre de sus compatriotas. Puede ser que se incremente esa violencia del mismo modo que se incrementa la disolución del entramado poderoso. Estamos obligados a arrebatarles el poder político y económico, aunque aún no se concreten las fortalezas fácticas para ello. Estamos obligados a contener la violencia, aunque se requiera un poder más violento, inmediato, apaciguador, que paradojalmente evite el cundimiento de  una mayor proporción de fallecimientos por las ideas esgrimidas. No sólo se hace preciso señalar lo que acontece en ese sentido, sino que hay que encararlo debidamente, hasta conseguir una paz, lo más duradera posible, y la deseada transformación hacia el rumbo democrático. Al parecer, el cemento sigue dispuesto a esperar aún más charquitos. La película de terror pudiera estar apenas al inicio y puede ser larga. Pero debemos tender, desde el bajo entramado en el que parece estar sedimentada, a destramarla. Será un proceso dificultoso, necesario y tal vez muy violento. 

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