La tragedia y la farsa: el 23 de enero de Juan Guaidó
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Viernes, 20 de Septiembre de 2019 06:30

altEs hora de levantar la cabeza y reclamar el derecho a ser más, mucho más de lo que hemos llegado a ser bajo el imperio de la ambición, el saqueo y la criminalidad.

"La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".

Karl Marx

Fue Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, un brillante análisis histórico político sobre la revolución europea y el golpe de Estado dado en Paris el 2 de diciembre de 1851, quien parafraseó a su maestro Hegel afirmando que si era cierto que la historia se hace realidad como tragedia, suele repetirse como farsa. Era el caso del gobierno del sobrino dilecto de Napoleón, Luis Bonaparte. Los farsantes de esa segunda ronda de acontecimientos usurpan las mismas vestiduras, los mismos entorchados y las mismas poses y aposturas de los personajes de la gloriosa revolución francesa, pero en un carnaval de imposturas. Nada tiene la cruda verdad y el profundo dolor de la tragedia: todo es ridículo, fementido y falso: un circo, una comedia, una payasada.

Pero en este caso hablamos del 18 Brumario de Juan Guaidó, un circo mendaz, zarrapastroso, en alpargatas. Al frente de esta comedia de 23 de enero no está un Rómulo Betancourt ni el partido Acción Democrática, ni una Junta Patriótica, ni un pueblo con voluntad y vocación libertarias. Está un joven petimetre y patiquín, está el partido de Leopoldo López, Voluntad Popular, y el llamado Frente Amplio. El dictador no es Marcos Pérez Jiménez ni una dictadura tan exitosa, que puso al bolívar al frente de las monedas más fuertes, sólidas y valiosas del mundo, por encima del dólar y la libra esterlina. Es un autobusero, ni siquiera bachiller ni venezolano, sino un cucuteño hijo de colombiana y arubeño, un fainéant, ex mensajero motorizado de una agencia de viajes, militante de la Liga Socialista, servil funcionario del G2 cubano y agente al servicio de la nomenclatura de los Castro.  El comandante en jefe de sus fuerzas armadas es un sedicioso emboscado, narcotraficante y arribista, capaz de lamerle las entrepiernas a Chávez, a Maduro y a Fidel Castro. Y sus segundones no son un general López Contreras o un Medina Angarita, sino un Diosdado Cabello o un Tarek El Aissami. Todos ellos convertidos en facciosos sometidos al teniente coronel Hugo Chávez, epitome del oficial fracasado, inútil, pendenciero y golpista. La hez de unos ejércitos sin Patria ni Ley. Cabeza de playa del castro comunismo cubano, el islamismo talibán y las narcoguerrillas colombianas.

Ni hablar de la llamada revolución bonita. Bajo el gobierno dictatorial de Pérez Jiménez, nuestro país se convirtió en el principal polo de atracción de la emigración europea. Venezuela, en la tierra de gracia de las esperanzas para un mundo devastado por la Segunda Guerra Mundial. Un caso excepcional de un continente atribulado por el subdesarrollo, la miseria y los conflictos sociales y políticos. Dotado de asombrosas riquezas naturales, suficientes como para alimentar a su población sin restricción ninguna. Bajo parecidas circunstancias y en el mismo momento de la historia, mientras Cuba se arrojaba en brazos de la tiranía más inhumana, hambreadora, represiva y feroz que haya conocido la América española en sus quinientos años de historia, Venezuela se sacudía la coraza dictatorial para vestir la túnica libertaria. Fuimos el país más libre, más próspero y más estable de la región. Una democracia ejemplar. Sólo comparable con los Estados Unidos, nuestro principal aliado.

¿Cómo comparar el 23 de enero de 1958 con el 23 de enero de 2019? ¿Cómo comparar el Pacto de Punto Fijo y sus líderes con el Frente Amplio y sus dirigentes? ¿Cómo comparar a Rómulo Betancourt con Juan Guaidó? ¿Cómo comparar la Venezuela ahíta de riquezas de Pérez Jiménez con la piltrafa miserable y moribunda de Nicolás Maduro?

No fue un meteorito, una peste, una inundación apocalíptica la que devastó a un país tan prodigioso hasta convertirlo en un campo de exterminio y devastación. No fue una catástrofe de dimensiones cósmicas la que convirtió una tierra de gracia en una tierra de desgracias. Sólo comparable con el fin de los imperios y las civilizaciones, aunque a escala humana y terrenal. Fue la infinita estupidez de sus hombres, la incomparable mediocridad de sus élites, la frágil moralidad de sus mayorías, la voracidad insaciable de sus dirigencias. La carencia de luces y moral, tan reclamada por el Libertador, tan tenaz y persistente, que apenas fuera compensada con educación y cultura en escasos años del mejor período de su historia, la democracia liberal, entre 1958 y 1998.

Vale recordar esos años prodigiosos como admonición para quienes no tuvieron la fortuna de vivirlos. Para que sirvan de espejo corrector a quienes se avasallan ante la tiranía en busca de aquellos favores que persiguen con desesperación. No estamos condenados a caer en las garras de la infamia. La inmoralidad y la bajeza no son nuestro destino. Es hora de levantar la cabeza y reclamar el derecho a ser más, mucho más de lo que hemos llegado a ser bajo el imperio de la ambición, el saqueo y la criminalidad. Llegó la hora de decir basta. Estamos esperando.

 

            

 

 

 

            

 

 

            


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