El peso de la noche
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Martes, 10 de Septiembre de 2019 07:23

altLas aspiraciones de los venezolanos se han ido reduciendo a medida que aumenta el anclaje del régimen.

Y el cansancio de quienes se han echado sobre sus hombros el pesado fardo de la defensa y recuperación del perdido estado de derecho. Un régimen en el que, en honor a la verdad, participan unos y otros. Esa masa indefinida que uno de los prohombres del Chile decimonónico, don Diego Portales, llamaba “el peso de la noche”. La política reducida a la costra de los hábitos, los usos y las costumbres que se vienen arrastrando incluso a redropelo de la consciencia popular. Y que en estados de crisis excepcionales asume la representación del todo en peligro de extinción.

Otro nombre más político y cargado de significantes que el de inercia, un concepto puramente físico, pero al que también podríamos recurrir en las actuales circunstancias. Guaidó es la perfecta expresión del peso de la noche. The wrong man on the wrong place. Me induce a recordar la famosa frase puesta de moda en los albores del siglo XX por el Cabito: nuevos tiempos, nuevos hombres, nuevas costumbres. Pero mucho más me trae a la memoria al conde de Lampedusa y su empeño en cambiarlo todo para que no cambiara absolutamnente nada.

Quienes insistimos desde hace años en reclamar el concurso de fuerzas internacionales para resolver un conflicto frente al que claudicamos por impotencia, siguiendo el ejemplo de Simón Bolívar y Fermín Toro en semejantes y parecidas circunstancias, hemos considerado que es un hecho indiscutible, por doloroso que nos resulte reconocerlo, que  no existen en Venezuela fuerzas internas capaces de decidir la situación en uno u otro sentido. Los ominosos sucesos de Cúcuta en febrero y el frustrado golpe de estado del 30 de abril del presente años demostraron la absoluta impotencia de un país paralizado por la incapacidad  y la inoperancia de los contendientes. Y consumido hasta la extenuación por esa impotencia congénita. Inolvidable la imagen de una de las pinturas negras del Goya en la que se ve a dos campesinos españoles enterrados en el lodo hasta las rodillas mientras se matan a garrotazos. 

No es exactamente la expresión de nuestro conflicto: ante de agarrarse a garrotazos, los venezolanos, llevados por sus inveteradas tendencias al entendimiento de clases, la conciliación y los acuerdos palaciegos, se dejan hacer, aunque esta vez con un ingrediente adicional: no contienden dos fuerzas homogéneas, de idéntica esencia y conformación: contienden asaltantes entregados al castro comunismo, de un lado, que han sido capaces de adueñarse de las fuerzas armadas y todos los poderes del Estado, absolutamente subordinadas a un país que por tamaño y significado jamás se hubiera apoderado de una potencia petrolera sin la complicidad, la renuncia y la entrega de sus propios factores. Pues el caso de Venezuela es un caso de alta traición, subordinación y entrega, al que debe agregársele un factor adicional que demuestra la pérdida de toda moral e integridad nacional: la claudicación y la rendición ante pandillas del crimen transnacional organizado. No se trata de un inédito caso de imperialismo político: se trata de un caso hamponil y delincuencial, antes policial que político. Para eterna vergüenza de los venezolanos. 

Que jamás titubearon tanto como ahora en reconocer sus limites y la inmensa escasez de su sabiduría política.Escribe Ramón José Velásquez refiriéndose a los desastres de la Guerra Federal, la hecatombe más cercana en cuerpo y espíritu a la actual tragedia venezolana: “No solamente en Caracas, sino también en Cumaná, importantes grupos sociales decidieron pedir la intervención extranjera – unos, la de Inglaterra, otros, preferían el amparo de los Estados Unidos – y afirmaban que la presencia inglesa o norteamericana era la única solución al estado de anarquía que estaba destruyendo a Venezuela. Nunca como en esos años corrió tanto peligro la unidad nacional.”[1] Fermín Toro le escribiría pocos años antes al embajador de los Estados Unidos, a raíz del asalto de las mesnadas monaguenses al Congreso Nacional, que se hacía inevitable la intervención de los Estados Unidos para frenar las incontinencias de la anarquía en Venezuela. No hacía más que reciclar las demandas del propio Bolívar, que a la hora de tomar las decisiones  dudaba entre Inglaterra o los Estados Unidos, convencido de que sólo la intervención extranjera podría impedir el caos y la desintegración de la República.

¿Estaremos condenados a hundirnos en nuestra indomable mediocridad ciudadana? ¿Aceptaremos en silencio la traición y el desafuero de los soldados de la República? ¿Nos dejaremos mancillar por las pandillas criminales de Cuba, Rusia,China, e Irán, el islamismo talibán y las narcoguerrillas colombianas? ¿Nos sumaremos silenciosos al cortejo de la impunidad, la cohabitación y la vergüenza hoy representados por lo que resta de política nacional? ¿Tras veinte años de castro comunismo militarista y caudillesco seguiremos en manos de adecos y copeyanos, reciclados bajo las nuevas máscaras de Leopoldo López, Juan Guaidó y Stalin González?

 


 

[1] Ramón J. Velásquez, Caudillos, historiadores y pueblo. Caracas, 2013.


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