De uno a otro cierre
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 19 de Agosto de 2019 00:00

altVeinte años atrás, luego de celebradas las elecciones para la constituyente, el  propósito o, mejor, la obsesión fue la de cerrar inmediatamente el parlamento.

Además, Chávez Frías gozaba de una ventaja necesaria de calibrar como un viejo prejuicio, ya que - confundida con sus miembros - la institución no contaba con prestigio alguno.

Todo el poder, por entonces concentrado, estuvo orientado a decapitar el Congreso, por cierto, de reciente legitimación, forzados justos y pecadores al paredón moral y político. Literalmente,  recibió el asedio y ataque constante de grupos de motorizados armados,  como los llamados Guerreros de La Vega, siendo la violencia el único lenguaje empleado por la protodictadura sagazmente enmascarada.
 
Desde finales de agosto de 1999, comenzó la faena ya firme y organizada.  Poco importaba que, junto a la descentralización, el multipartidismo despuntara como un fenómeno de los nuevos tiempos, porque la prioridad era la de imponer la hegemonía oficialista y, nada casual, por distintos motivos, ocurrió con la constituyente.
 
Por aquellos tiempos, la calle ubicada entre las esquinas de Las Monjas y San Francisco de Caracas, era el libérrimo boulevard que también permitía a todo ciudadano llegar a las rejas para dejar constancia de las protestas que no podía o no quería escenificar en Miraflores. Por estos tiempos, la vereda vecina al Capitolio Federal es una zona exclusiva de la dictadura que teme la cercanía del más humilde venezolano, convertida en seguro estacionamiento para los vehículos oficiales u oficiosos de la alcaldía menor y la no menos segura trinchera y resguardo de los denominados colectivos armados.
  
A los senadores y diputados, no se les permitió repentinamente acceder a su sede natural de trabajo. Una y otra vez, lo intentaron encaramándose valientemente por las rejas, para recibir el foetazo de la Guardia Nacional y de los mercenarios de un oficialismo ensoberbecido.
 
En un par de ocasiones, si no más, los parlamentarios fueron reprimidos con excesiva ferocidad. Recordamos  muy bien el coraje de Carlos Moros Ghersi, senador mirándino, ya de avanzada edad,  al que tuvimos que arrancar textualmente de las rejas en medio del gas mostaza y de los disparos que fueron de algo más que perdigones. 
 
O la vehemencia de Carlos Canache Mata, que ganó nuestro respeto, en el escenario de las agresiones. Y todavía, con la fuerza del tintero, nonagenario, está dando el combate al que otros cómodamente renunciaron, aunque fueron exponentes de las más altas jerarquías en la primera plana de los periódicos y en el protocolo legislativo.
 
Fueron meses de un duro y difícil forcejeo que concluyó a finales de enero de 2000,  al imponerse el Congresillo, constando la activa resistencia de la mayoría de los parlamentarios opositores. El cierre no le fue fácil al chavismo en su vigorosa, popular y prepotente etapa miquilenista que lo arquitecturó. 
 
Hoy, lentamente, la dictadura se hizo dueña del Palacio Legislativo. E, incluso, invocando lo acaecido casi dos décadas atrás, le escribimos al otrora presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges,  objeto de una vil agresión del comandante de la unidad militar que ha enquistado la sede, exhortándolo a tomar las previsiones del caso: nunca recibimos respuesta. 
 
Los peligros que corre la representación popular ahora, no tienen precedentes históricos. Empero, al retrotraernos a los capítulos postreros de la centuria anterior, pretendemos punzar un poco más sobre los retos planteados y la reflexión compartida que ha de suscitar: los antecedentes, al menos, deben sacudirnos, aunque los hay que prefieren esconder la cabeza como avetruces. 
 
No queda otra opción que la de avanzar, en la ruta del coraje. La que logrará reivindicar definitivamente al parlamento, algo necesario de subrayar. 
 
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Reproducción: El Universal, Caracas, 28/08/1999.

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