Las deudas de la Asamblea Nacional para con el país (16j)
Escrito por William Anseume | @WilliamAnseumeB   
Sábado, 20 de Julio de 2019 06:46

altEl 16 de julio de 2017 quedará como marca indeleble en la política nacional venezolana.

La Asamblea Nacional decidió y activó ese día una consulta, un plebiscito, a todo el país para establecer el derrotero en cuanto a temas cruciales: la Asamblea Nacional Constituyente –ese bodrio paralelo, del Estado paralelo, que se plantearon Nicolás Maduro y Diosdado Cabello para hacerle frente a su elocuente derrota en las elecciones legislativas, génesis de un disparate inconstitucional, “sin la aprobación del pueblo venezolano”, como rezaba una de las preguntas-; la defensa civil y militar de la propia constitución y de la Asamblea Nacional; la renovación de los poderes, elecciones libres y transparentes a la par de un gobierno de unidad nacional. 

Se volcó ese día, democráticamente, la ciudadanía a la calle en respaldo de la Asamblea a la que sí había elegido, contraria, en rechazo cívico a la impuesta por la dictadura. Al responder abrumadoramente que sí a todas las interrogantes, el mensaje implícito era no a la constituyente espuria y no a la tiranía.  

Pues bien, la Constituyente sigue ahí, sin redactar ninguna constitución sino ejerciendo a veces su papel de órgano legislativo paralelo, rechazado por la ciudadanía y por el mundo. Militares y civiles- en mayoría dominada- hacemos amagos en defensa de nuestra constitución, aprobada por sustancial número de venezolanos, sin alcanzar su cumplimiento casi en nada, porque ya sabemos de los profundos deslices dictatoriales con los fundamentos legales. Mientras: no se han renovado los poderes, sólo el Tribunal Supremo de Justicia, ubicado fuera del país, con un muy tibio, por no decir inexistente reconocimiento de la propia Asamblea Nacional que nombró a sus miembros y los expuso al exilio; sin elecciones hasta ahora ni gobierno de unidad. Este es el resultado, luego de dos años del pronunciamiento nacional ante un mundo sorprendido por los resultados y la hechura de ese acto de rebeldía civil ante el poder. 

Los ciudadanos cumplimos nuestro papel al pronunciarnos ante todo riesgo. El tiempo les ha fallado a los partidos políticos en la Asamblea, en su mayoría. Dialoguitos postergadores han dado al traste repetidamente con los deseos expresados en esa consulta que surgió de la propia Asamblea. No se ha desplazado al régimen tiránico con otra opción unitarista. No ha habido capacidad fáctica, pero a veces tampoco el deseo de procurar definitivamente esos cometidos que lucían enrumbados sin detención a su conseguimiento. 

Reconozco la dignidad de quienes, como diputados, dentro de la propia Asamblea Nacional se dividieron, formando de manera separada una fracción que lleva ese nombre, 16 de julio, y no sólo por una atención simbólica, sino práctica, le han hecho frente común con sus partidos a las veleidades del posible entreguismo, del cohabitar en los espacios del hemiciclo, aunque no sólo ahí, pero también en cuanto al adversar la idea de hacer gobierno conjunto con los criminales, con los verdaderos traidores a la patria que llevaron este país a esta bancarrota económica y moral que todos sufrimos hoy día. Me siento representado valientemente en esa fracción enjundiosa y laboriosa. No así en quienes, como diputados, están dispuestos a alargar más el sufrimiento diario de la población y han venido desconociendo el mandato de enfrentar políticamente al régimen sin junturas ni confusiones, porque de eso se trató la elección de esos diputados y de eso se trató la reafirmación del 16j. Todo lo demás constituye una burla que deberán pagar a diario políticamente sus hacedores. 

La Asamblea Nacional está en mora con la ciudadanía que votó por ella para el cambio radical de la situación compleja, sin duda, que padecemos políticamente. Alarga malamente la deuda después de movilizar al país para reafirmar con respuestas a las preguntas que la misma AN le hizo, al ignorarlas más o menos olímpicamente para salvar a un régimen insalvable en todos sus personeros, en todos los ejecutores de atrocidades humanas, pero también en todos sus cómplices. 

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