Revolución y gobierno
Escrito por Luis Alberto Buttó | @luisbutto3   
Martes, 11 de Junio de 2019 06:25

altLos movimientos revolucionarios son fundamentalistas y fanáticos por antonomasia.

Ninguna otra característica los identifica mejor en términos de teoría política. Por tal razón, una vez alcanzado el epítome de su trayectoria, vinculado como éste se encuentra con el objetivo de asegurarle a su liderazgo el poder político y económico derivado del control absoluto y despótico de la arquitectura institucional mediante la cual operan el Estado y el gobierno, utilizan todos los mecanismos disponibles que dicha condición les proporciona para, sin miramiento alguno y con la intransigencia propia de todas las malas causas, someter a la población a los dictados de aquello considerado bien común superior; léase, la revolución misma, la creación del «hombre nuevo», la edificación de una sociedad justa, o cualesquiera otras inconsistencias filosófico-conceptuales de igual tenor.

El apasionamiento irracional, y por ende desmedido, desarrollado por los movimientos revolucionarios con la finalidad última de que la cosmovisión excluyente y sectaria que caracteriza a las doctrinas que los inspiran se erija en pensamiento hegemónico dominante, al rompe anuncia y concreta el sufrimiento por el cual harán atravesar a la colectividad, entendida ésta sumida en exasperante grado de minusvalía de cultura política que le impide tener la claridad histórica que para sí se arroga la vanguardia revolucionaria. Solo Dios sabe y salva, y la revolución es la divinidad encarnada. Las privaciones de todo tipo impuestas a las masas en el camino que conduce a la edificación del orden emergente no desvelan en lo absoluto al liderazgo revolucionario, pues el dolor de la gente se asume parte de la puja implícita en el alumbramiento de las estructuras sociales por construir. El sacrificio de la gente se justiprecia inherente a la conquista del destino manifiesto.   

«Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada», es la consigna síntesis repetida a diestra y siniestra por los ideólogos de los movimientos revolucionarios. Así las cosas, si millones de personas deben experimentar hambre en la configuración del contexto requerido para que la revolución extienda su permanencia temporal, ello será inevitable y a la vez beneficioso en función de la utopía trazada. Lo mismo podría decirse de la desatención en salud, del desempleo, de la sumisión vergonzosa a intereses foráneos, de la persecución política, del desmontaje de las libertades correspondientes a la modernidad, y cese usted el conteo de los males asociados. En el hoy, el pueblo debe inmolarse en aras de que en el futuro su prosperidad sea alcanzable. La tragedia radica en que en las revoluciones sólo hay promesas constantes, nunca realizaciones ciertamente contabilizadas. En las revoluciones no hay progreso, al igual que no hay mañana. 

En las revoluciones triunfantes hasta la concepción de los Derechos Humanos se trastoca y estos pasan a relativizarse en el discurso que hace las veces de narrativa oficial u oficiosa. La visión revolucionaria sobre los Derechos Humanos se resume en el impúdico acto de obviar el hecho fundamental de que en su especificidad tales Derechos le corresponden a seres humanos tangibles por poseer nombre y apellido, motivo por el cual jamás pueden entenderse (los Derechos Humanos) a partir del manejo perversamente propagandístico de cifras desangeladas, en cada ocasión mostradas fuera de contexto. Esto es así porque a fin de cuentas lo único importante es que triunfe la «revolución», deliberadamente llamada en abstracto y con acento despersonalizado por sus propulsores, para dar a entender que no está asociada a la particular acción de personeros de carne y hueso, que no por proclamarse revolucionarios dejan de ser proclives, como cualquier hombre sobre el planeta, a comportarse con base en la defensa de intereses bastardos y/o para dar rienda suelta a inconfesables sentimientos alimentados con ruindad.

Los movimientos revolucionarios no pueden ser democráticos. Nunca lo serán. La democracia no se aviene con su esencia discriminatoria. En el desenvolvimiento cotidiano de una revolución no tiene cabida la aceptación de los opuestos, en virtud de que estos representan obstáculos a ser minimizados y sometidos a la invisibilidad, en tanto y cuanto se valoran contrarios a la estabilidad social, la cual no puede garantizarse si no es mediante la propia supervivencia de la revolución. Es la disyuntiva obtusa y perversa anunciada en el grito de guerra «o estás conmigo o estás contra mí», en la cual optar por lo último se traduce en disfuncionalidad a priori inadmisible. Con base en esta concepción polarizadora y desafiante, la acción gubernamental tarde o temprano se convierte en herramienta destinada a la conculcación de las libertades políticas y civiles en teoría garantizadas por el Estado a la totalidad de la población. Revolución es igual a autoritarismo o a totalitarismo. La diferencia estriba en que el derrotero particular de cada movimiento revolucionario marcará el destino obtenido en este sentido.

En las revoluciones la verdad no se descubre producto de la comprensión del mundo y de las cosas. En las revoluciones la verdad le es revelada desde el inicio a los prohombres que las dirigen y de cara al cumplimiento de la profecía no se admite discusión alguna. A los movimientos revolucionarios el pensamiento crítico les escuece y estorba. En las revoluciones triunfantes nadie tiene el derecho de denunciar excesos y/o de proponer correctivos a entuertos y políticas equivocadas, ni siquiera los propios revolucionarios, que en caso de hacerlo serán considerados traidores a la causa y por consiguiente execrados sin piedad y severamente castigados. Es mera cuestión de tiempo el hecho de que las revoluciones devoren a sus propios hijos: la autocrítica no es más que una excusa para desmalezar. De allí la solidaridad automática, el silencio cómplice, la sumisión sin vergüenza.

Es obvio que las revoluciones no hacen buenos gobiernos. El éxito de toda revolución es la desgracia del pueblo que la transita.


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