Venezuela: un caldo morado
Escrito por Emilio Nouel V. | @ENouelV   
Sábado, 25 de Mayo de 2019 05:53

altEn Venezuela, se dice que cuando en un problema se inmiscuye mucha gente, el “caldo” se puede poner morado, es decir, se complica o empeora.

En el “caldo” de la ya larga y penosa crisis venezolana se ha envuelto medio mundo, sin que eso signifique, por supuesto, que seamos o nos hayamos convertido en el ombligo del planeta, aunque sí, en un actor perturbador del entorno más cercano y con un potencial para generar desestabilización. 

La Unión Europea, EE.UU, el Grupo de Lima, las Naciones Unidas, la OEA, El Vaticano, rusos, chinos, noruegos, cubanos, iraníes, premios Nobel, analistas, cantantes populares, el ELN, Hezbolah y pare usted de contar, han tenido que ver con la crisis venezolana. 

Visto lo visto, alguien podría decir que efectivamente el “caldo” Venezuela se ha tornado morado, porque en lugar de encaminarnos hacia una solución de nuestra tragedia, todo se ha enmarañado más y no terminamos de ver claramente la salida y cuánto tiempo nos tomará llegar a ella, a pesar de que tengamos la certeza de que el proyecto demencial chavista ya está cancelado.

Y el enredo se ha hecho mayor, no solo porque mucha gente se interese en nosotros, lo cual está muy bien y debe agradecerse, sino porque se ha vuelto muy complicado conseguir un remedio viable, consensuado y definitivo, habida cuenta de tantas visiones y propuestas sobre la mesa tanto a lo interno como en el ámbito internacional. 

Ciertamente, son variopintos los intereses en juego. Y las prioridades también. No son los mismos ritmos, situaciones y urgencias los que tienen países como Colombia o Perú respecto de Venezuela que los de España o Noruega. Nuestra prisa angustiosa por salir de esta calamidad no la tienen los demás.

Son, igualmente, diferentes las visiones del problema y de su posible arreglo. 

Estos desencuentros o divergencias  internacionales perjudican, obviamente, y en primer lugar, a los millones de venezolanos que padecemos a diario penurias materiales y anímicas inimaginables, cada día más graves.  

Resulta irrebatible que todo este embrollo angustioso requerirá en algún momento de una negociación entre las partes enfrentadas. Un entendimiento pacifico es lo deseable, aunque albergamos muchas dudas de que el gobierno usurpador, o parte de él, quiera concretar uno. Tiene mucho que perder y temer.

Lo que no se presenta claro es el tiempo que exigirá, y es este un factor muy importante, quizás decisivo, no desdeñable, que debe tenerse muy en cuenta. Pues de prolongarse nuestra crisis podría ella desembocar en una explosión social de consecuencias catastróficas para todos, incluidos países del hemisferio. 

¿Están conscientes de ello todos los factores internacionales que han metido su mano en nuestro problema?  ¿Les permiten sus prioridades y urgencias particulares ver las nuestras?

¿Se han inteligenciado respecto de una solución? ¿El Grupo de Lima y la OEA, por lado, y el Grupo de Contacto europeo, por el otro, están en coordinación?

¿EE.UU y el Grupo de Lima van de la mano? ¿Los noruegos y el G. de Contacto están conectados?  ¿Todos están remando hacia una misma solución y con iguales herramientas?

A ratos pareciera que las respuestas a esas interrogantes son negativas, y eso constituye motivo de enorme preocupación para el ciudadano de a pie que no está al tanto de saber cómo se bate el cobre en esas instancias. 

Porque si bien los principales señalados para resolver nuestro problema son los venezolanos, el acompañamiento de la Comunidad Internacional es indispensable. La lucha política interna es marcadamente asimétrica. Los sectores democráticos enfrentan una tiranía corrupta e inescrupulosa. El Estado está al servicio de una camarilla militar-civil que se vale de cualquier método para perseguir, acosar, encarcelar y torturar a quienes se le oponen. 

Esta lucha desigual requiere ser equilibrada y el contrapeso es, sin duda, la Comunidad Internacional democrática, que afortunadamente se ha colocado al lado de los que quieren reestablecer la democracia venezolana.    

De allí que al ciudadano venezolano atribulado le  preocupe sobremanera que esa Comunidad no actúe siempre coherentemente.  Hay que reconocer que a ella le debemos mucho. Nuestros avances internos en el proceso de recuperación de las libertades no se hubieran logrado sin su participación y apoyo.   

Quizás sea conveniente este llamado de atención, que no excluye el que hacemos igualmente a los sectores democráticos venezolanos, en el sentido de que mantengan y fortalezcan su unidad, y robustezcan los lazos con los actores que en el ámbito externo nos han apoyado. 

Ojalá que el caldo no se ponga más morado.  

 

 

 

 

 

 

 

 


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