Después del 30: reflexionar y corregir
Escrito por Trino Márquez C. | @trinomarquezc   
Jueves, 16 de Mayo de 2019 06:12

altEl escenario de la oposición después del experimento fallido del 30 de abril cambió.

El ascenso vertiginoso que se produjo después del 5 de enero cuando Juan Guaidó se juramentó como Presidente de la Asamblea Nacional y luego como Presidente encargado, se detuvo. Si la dirigencia política no se mueve en la dirección adecuada, podríamos regresar al estadio en el que nos encontrábamos a finales de 2018, cuando la nota dominante era el pesimismo.

Encontrar ese camino que permita recuperar la confianza y el optimismo no resulta sencillo. En el madurismo, a los grupos extremistas, con enorme poder de coacción, no les importa gobernar un país arruinado y desolado. No les importa que la gente huya, y que quienes se queden vivan en la indigencia. Eternizarse en el poder pasa por madar en medio de los escombros. Advertirles que las sanciones aplicadas por Estados Unidos, la Unión Europea y el Grupo de Lima harán que el país avance hacia la destrucción, que ellos serán los culpables de lo que ocurra y que pagarán por ello, resulta inútil. Sería parecido a amenazar a un fanático suicida islamista con la pena de muerte. Nada los conmueve, ni los lleva a rectificar. Prefieren vivir el apocalipsis, antes que propiciar la atmósfera que abra las puertas del entendimiento hacia un cambio democrático pacífico.

El extremismo madurista está dirigiendo la escalada represiva contra los dirigentes opositores que forman parte de la Asamblea Nacional. Como no pueden eliminar la presión externa, buscan anular los factores internos que ejercen fuerza sobre ellos. Sin dirigentes autóctonos, la comunidad internacional carecerá de un interlocutor válido que eleve el esfuerzo realizado por los países y organismos internacionales que apoyan la democracia venezolana. Al silenciar los dirigentes y los partidos en los cuales militan, se sofoca la presión interna. Solo queda el frente internacional, al que puede encararse sin las molestias causadas por atender las exigencias y denuncias formuladas por los parlamentarios democráticos.

El ariete de esa estrategia  ha sido el TSJ y la Asamblea Constituyente. Maduro y su carnal Cabello se han afincado en esos organismos con el fin de darle cierto revestimiento legal a los abusos que cometen. La justificación política la han obtenido del fracaso de la rebelión del 30-A. Según el régimen, el intento de ‘golpe de Estado’ frustrado que se produjo ese día, resulta suficiente argumento para decapitar la oposición. La arremetida ha sido feroz y continuará siéndolo mientras Maduro reciba apoyo inequívoco de Rusia, China, Irán y Turquía, unido al tradicional respaldo de Cuba. Maduro se convitió en una figura retadora. Arrogante.  El soporte que recibe de todos esos gobiernos autoritarios anula las amenazas y reconvenciones provenientes de  los aliados democráticos. Los asume como ladridos de perro echado.

La dirigencia opositora debería evaluar con serenidad el momento actual. Hay que evitar el voluntarismo. El activismo frenético. Que la gente salga continuamente a la calle de ningún modo significa que estemos bien. Cuando las movilizaciones se rutinizan, se vuelven cansonas y tienden a generar frustración porque por sí mismas no generan los cambios esperados. Las grandes concentraciones constituyen signos de vitalidad cuando se inscriben en una estrategia coherente y exiotosa. Deben constituir la excepción, no la norma.

Juan Guaidó, líder indiscutible de esta cruzada y quien merece plena confianza, tendría que dialogar con la nación en la actual coyuntura. Tendría que presentar un balance global que incluya los aciertos y errores cometidos durante esta etapa. Indicar lo que significa para el régimen el espaldarazo que recibe de las dictaduras más oprobiosas del planeta. De países donde se violan de forma sistemática los derechos humanos, no existe libertad de prensa, se persigue a los opositores y se proscriben los partidos políticos y las organizaciones sociales independientes. 

Conviene hablar con el país acerca de la complejidades de la relación con los militares y de los graves problemas que azotan a los ciudadanos. La hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, la crisis humanitaria, el problema de la electricidad, el agua y el transporte público, el éxodo de los venezolanos y su impacto nacional, por la descapitalización de recursos humanos tan acelerada y pavorosa que está provocando. 

Todos esos temas conviene ventilarlos de cara al país. Diagnosticar, analizar y proponer soluciones concretas y nuevas orientaciones para continuar la lucha por recuperar la democracia y la nación, pueden resultar más eficaces que convocar concentraciones frente a cuarteles o en plazas públicas, prometer soluciones utópicas o incurrir en aventuras desesperadas. 

Después del 30 de abril debemos reflexionar y corregir.

         


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